La tibia, blandengue, edulcorada, repulsiva, indignante y cobarde, hasta unos niveles difícilmente mensurables, condena (es un decir) que usted ha hecho de las conversaciones grabadas a algunos protagonistas de la “Operación Púnica”, diciendo en las Cortes que “no son nada edificantes” y sí “absolutamente reprochables”, Sr. Presidente del Gobierno de España, constituyen la más fehaciente demostración de un meapilismo impresentable que hayan escuchado los oídos de quien esto suscribe, que, por desgracia, ya no volverán a cumplir los cuarenta, ni los sesenta tacos. ¡Y ya son tacos!

En un momento en que el sentimiento de burla, cachondeo, descojone, cruel tomadura de pelo acompañada de alevosa patada en las pelotas, invade a la ciudadanía de sur a norte y de este a oeste de España por tanta zafiedad, propia de una espaguetada de sábado noche de “Los Soprano” después de hacer la recaudación por el barrio a putas, camellos, dueños de bares y otros gremios, usted va y nos suelta una gilipollez de ursulina ñoña para quién la interjección “¡caray!” suena a horrible taco que exige inmediata visita al confesionario porque linda con el pecado mortal.

¡Usted no vive este país, ni es de este país, ni muchísimo menos se merece dirigir este país! Ahora mismo, el español de a pie, cuando habla de Granados, Marjaliza, ese otro subproducto humano que se metió a diputado “para no tocarse los cojones” y otros miembros del clan cuyo lenguaje deja como aristócratas del hampa a los de la “Operación Malaya”, Bárcenas, los ERE y (fíjese bien a dónde llego!) hasta a los Pujol , lo hace con nostalgia no sólo de la vigencia de la cadena perpetua sino del restablecimiento puro y duro de la pena de horca.

Y usted va y califica de “absolutamente reprochable” las palabras grabadas a quienes se han dedicado a saquear implacablemente los bolsillos de unos contribuyentes desangrados por su Gobierno para arrimar el hombro al esfuerzo de salir de la crisis, sin ni siquiera dedicar unos párrafos tajantes a asegurar que desde su poltrona dedicará las horas que hagan falta a que hasta el último gramo del peso de la Ley caiga sobre sus cabezas. Dispuesto a aplastarlas como se hace con las garrapatas, las ladillas o las moscas cojoneras.

No dudo que esa moderación responda a su talante personal, a su sentido prudente de la vida, a su concepto cuasi religioso de la tolerancia y del perdón; pero, verá, a los ciudadanos comunes nos suena a desconexión con el estado de ánimo general, a desdén hacia un sentimiento de indignación colectiva que empieza a alcanzar índices peligrosos para la estabilidad que España necesita como el comer si quiere abandonar definitivamente el hoyo en que nos dejó su peligrosísimo predecesor José Luís Rodríguez Zapatero (entre quienes le añoramos, “Zapatitos el Grande”).

Porque su mayor problema, estimado don Mariano (y ya me disculpará la confianza) es que también, y sobre todo, entre los que empezamos a estar hasta los mismísimos de su pachorrería con la corrupción lampante que a cada poco salpica a su partido nos hallamos los que asumimos que las reformas y la austeridad que se nos exigió como precio para salir de un hoyo económico-financiero que amenazaba con devorarnos.

No es a los españoles “marginales” y a los que siguen la “ocurrencias” (términos suyos) a los que debe temer como un sarampión que amenaza con enviar en las próximas elecciones al PP a una cuarentena profiláctica que lo mantenga alejado del poder hasta que haga una limpia interna de la que poquísimo de sus cabezas de huevo actuales sobrevivan, sino a los que aceptamos que no había otro remedio que apretarse el cinturón, apoyamos la reforma laboral, la fiscal y otras, y aprobamos algunas duras medidas más que usted adoptó durante lo que lleva de mandato.

Esos somos los más peligrosos para su continuidad y la de su política. Porque si nosotros abandonamos sus filas -hartos de cobardía, de frasecitas propias de obispos que amparan a sus curas seductores o violadores de niños, de proxenetas que justifican a sus explotadas diciendo que es que “son un poco putas, qué le vamos a hacer”- ¿quiénes van a quedar dispuestos a votarle en las próximas elecciones, Sr. Rajoy? Se lo voy a decir claro y directo: la derecha pura y dura, los que ingresen por encima de los 100.000 euros al año (y no todos), los que todavía crean en la infalibilidad del Papa y unos cuantos despistados con los que usted no logrará formar una mayoría de gobierno “ni jarto de grifa”, como decíamos en un pasado no tan lejano. Y nadie más.

Verá: cuando se le detecta tanta cobardía a la hora de acometer la limpieza del salón de su propia casa (el PP) mientras saca pecho por las cifras macroeconómicas, y le oímos asegurar que con usted en el timón de la nave del Estado español no corre ningún riesgo de descuajeringarse, los creyentes ya corren como posesos a encargar una novena a la Virgen del Perpetuo Socorro y los no creyentes nos ponemos a telefonear a los amigos que viven en otros países en petición de consejo de dónde nos convendría afincarnos con posibilidades de ganarnos la vida lejos de la purria, la impudicia y la falta de valor imperantes en la clase dirigente de aquí.

Desengáñese, Sr. Rajoy, cada vez que usted califica de “reprochables” las demoledoras horteradas que sus correligionarios emiten para comentar sus atracos al contribuyente y usted los castiga con esas irrelevantes y –discúlpeme- estúpidas sentencias, el desprecio general a su persona y a su opción política crece como las aguas que obligaron a Noé a botar su Arca.

Pero usted no es Noé. Ni de lejos.