La información que publica hoy El Español sobre la investigación de una presunta trama corrupta en el seno de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), justo en un verano en el que hemos vivido un rebrote de la punica granatum es especialmente descorazonadora.

Durante años, uno de los pocos argumentos que hemos tenido los españoles a la hora de justificar nuestras corruptelas es que, en realidad, no afectaban en demasía a los ciudadanos. Dinero público malversado, adjudicaciones a gran escala que, de igual forma, se hubieran llevado otros. La deuda, vista a lo grande, se diluye como las culpas. Podíamos ponernos la excusa que quisiéramos, porque en el día a día nadie pedía al españolito de a pie una mordida por quítame aquí este registro, porque nos secuestran poco y porque la Policía actúa con una notable entereza a la hora de hacer su trabajo.
 
Pero con el mes de agosto tan próximo y la canícula cayendo a plomo, cada vez gotas más grandes colman vasos más pequeños. Si el árbitro de la Bolsa está bajo sospecha, la actividad económica del país, en general, está en entredicho. Podíamos pensar que casos como el de Gowex, en el que hubo una notable inoperancia por parte de los reguladores, y que afectó a muchos ahorradores, españolitos de a pie también, fue culpa de la incompetencia, de una regulación insuficiente o de la brillantez de Jenaro García y su club de estafadores wifi. O que los bancos fueron las únicas manos negras en el escándalo de las preferentes.
 
Pero otra cosa muy distinta es que se investigue cómo un grupo de funcionarios se han dedicado, siempre presuntamente, a conceder licencias para operar o imponer sanciones a cambio de sobornos. Amigos, esto es otra cosa. Especialmente si pensamos que los investigados están o han estado adscritos a uno de los departamentos más sensibles para el mercado financiero español: la supervisión de las Empresas de Asesoramiento Financiero (EAFI) y las agencias de valores. Que son, como explica bien El Español, las sociedades utilizadas por miles de inversores para canalizar su dinero.
 
A partir de aquí, como si fuésemos espectadores de un partido de fútbol apañado a final de temporada, gritamos al árbitro y nos enfurecemos no por la confirmación de su culpabilidad, que aún está sin probarse, sino porque ya desde hace tiempo notábamos que nos metían demasiados goles injustos de penalty y no queríamos creer que algo así pudiera pasar en la que antes era, aunque sólo para nosotros, la mejor liga del mundo. Es entonces cuando salimos del estadio, apesadumbrados, y nos damos cuenta de que no somos tan diferentes de un fan del Panathinaikos.