“El valor del pasado se niega con arrogancia

cada vez que aparecen los heraldos

que anuncian con énfasis una nueva era”

John Galsworthy

El grupo de universitarios que puso en marcha el partido Podemos ha tenido, a falta de otras, la virtud de despertar interés entre los analistas, no por sus ideas políticas, que son viejas y desechadas allá donde se ha pretendido ponerlas en práctica, sino para intentar explicar su relativo pero milagroso éxito electoral.

Manuel Arias Maldonado hizo a finales de julio en Revista de Libros una aproximación bastante alejada de lo leído hasta entonces basándose en el concepto psicosocial de resentimiento. “Llevamos varios años conviviendo con esa ambigua emoción moral […] que puede verse como un producto de la frustración, pero no es ésa, ni mucho menos, la última palabra que puede decirse al respecto”.

En efecto, el alemán Peter Sloterdijk señaló hace ya algún tiempo que la “indignación” precede a la ideología y añadía que “distintas compañías extractoras aparecerán para competir entre sí a fin de controlar este recurso del resentimiento”. Históricamente –subrayaba Arias Maldonado-, el período de entreguerras en Europa nos ofrece un ejemplo bien gráfico. Pues bien, ahora mismo, sin necesidad de salir de la ribera mediterránea, observamos cómo Podemos a la izquierda y el Frente Nacional a la derecha pugnan por el control de los yacimientos de resentida cólera aparecidos durante la crisis.

En cualquier caso, conviene tener presentes tres conceptos que no se deben confundir, aunque estén próximos: envidia, emulación y resentimiento.

Próximos porque son miembros de la misma familia moral, aquella que mantiene el ojo puesto en el bien ajeno, pero no son exactamente lo mismo. Y es importante diferenciarlos para diferenciar también la respuesta que corresponde dar a cada uno. Por ejemplo, Rawls ya distinguía entre una envidia general, que experimentan los desventajados hacia los aventajados, y una envidia específica, que es inherente a competición: al reparto entre ganadores y perdedores.

¿Podemos otorgar la misma validez al resentimiento en un régimen democrático que al resentimiento generado en una sociedad no democrática, injusta desde su raíz?

Maldonado se plantea, en suma, una pregunta pertinente: “¿podemos otorgar la misma validez al resentimiento en un régimen democrático que al resentimiento generado en una sociedad no democrática, injusta desde su raíz?”. Maldonado concluye asegurando que sería deseable andar con más cuidado en aquellos casos en que el resentimiento se expresa en regímenes democráticos.

Lo malo es que en España el virus del resentimiento lo ha inundado casi todo, comenzando por las llamadas redes sociales, donde se pretende imponer el resentimiento (y la mentira) como una obligación, pero también se han contaminado buena parte de los medios (periódicos, radios y televisiones) y hoy se compra como verdad aquello que es –como fácilmente puede demostrarse- mentira. Y, así, por ejemplo, si te niegas a comulgar con esas ruedas de molino te pueden llamar de todo menos guapo.

Pondré dos ejemplos: si no te crees que en España vive casi la cuarta parte de la población “bajo el umbral de la pobreza” es que eres “un facha vendido a la mafia financiera” y empeñados como están en hacernos creer que en España no se vive mejor que en Burkina Faso, si te atreves a negar semejante barbaridad eres un desalmado vendido al capital.

Por otro lado, ¡ay de ti! si dudas de los bienes que traería consigo la República. Y así, días atrás, apareció en todas las televisiones un termocéfalo nacido en Tucumán y apellidado Pisarello y, según él, con “fuertes convicciones republicanas” (¿las del peronismo?), anunciando que van a “reequilibrar” los nombres de los homenajeados en el callejero de Barcelona a favor de los “héroes republicanos” (¿quizá Buenaventura Durruti, que era leonés o los hermanos Ascaso, que habían nacido en Zaragoza?).

Por supuesto, quienes nos opusimos a Franco y, con alguna presencia intervinimos en la Transición y en la reconciliación nacional tenemos que callarnos cuando oímos a Pablo Iglesias y a sus discípulos decir que: “la Transición fue una bajada de pantalones ante los franquistas”.

Un Profesor de Historia Contemporánea ha dicho de este Iglesias júnior que “es un vástago directo de la crisis y de la descomposición de valores que la ha acompañado, bien cocinada en los años de frivolidad que precedieron a la cólera”. Eso es lo que también yo creo y ojalá que este soufflé lleno de resentimiento y de odio sea pasajero y se vaya (como ha venido) con la crisis.