“Nos gobiernan los símbolos . Los logros del hombre descansan sobre el uso de símbolos.” Así lo afirmaba Alfred Korzybski, el fundador de la teoría de la semántica general. Y algo debía de saber de símbolos, de gobiernos y de comportamiento humano, no sólo porque fue oficial del ejército ruso durante la Primera Guerra Mundial , sino porque el Ejército de los Estados Unidos empleó en la Segunda Guerra Mundial su sistema para tratar la fatiga y el desánimo durante los combates.

La publicidad ha hecho mucho daño y los fabricantes de muebles suecos aún más, con campañas como “Redecora tu vida” y “Bienvenido a la república independiente de tu casa”. Así de primeras, está muy bien, apetece salir corriendo y sumarse a la invitación. Pero luego la realidad lo estropea todo. Lo que no cuentan los de Ikea es que una vez dada la bienvenida al asunto, luego hay que montarlo uno solito en casa, y eso es un circo en el que no encaja nada porque siempre falta una pieza y, no pocas veces, un tornillo.

Y en esas están algunos políticos recién llegados que, o no saben por donde se andan, o están obsesionados en redecorar el patio como si fuera particular, olvidando que es de todos. Unos cambiando el nombre de las calles, de los polideportivos, otros poniendo banderas, quitando estandartes, colgando retratos, retirando bustos, retratos,… redecorando su vida, que no la de los ciudadanos. Ya se sabe que cuando uno no tiene o no sabe qué hacer, se lanza al bricolaje.

Me sorprende lo preocupados que andan los políticos por el callejero con lo poco que se lo patean. Ese interés por quitar y poner nombres a la calles contrasta con lo poco que las pisan. El primer día fueron todos como locos en bici, en metro, andando o en volandas, pero al día siguiente ya iban en coche oficial, aunque eso no les privó de pisar mierdas y entrar en jardines de los que, a día de hoy, todavía no han sabido salir. Lo que da de sí una calle. Es como si les hubiera imbuido el espíritu del Monopoly. Y no es de ahora.

Me cuentan que cuando la actual alcaldesa de Madrid, Manuel Carmena, llegó al Consejo del Poder Judicial su principal obsesión fue hacer un Monopoly, una especie de juego de mesa sobre la justicia española, lo cual no deja de ser significativo. Por ese detalle la recuerdan y también por desestimar el uso del coche oficial aunque, eso sí, cuentan y no acaban que fue coger el coche de incidencias y no soltarlo. El oficial no, pero el de incidencia sí. Son detalles, al fin y al cabo, estamos hechos de detalles, como decía Stendhal. Casualidad o no, el Monopoly cumple este año 80 años y para celebrarlo han hecho una edición mundial en la que ha incluido 20 ciudades, entre ellas Madrid. Con el bonito detalle de que la han situado en el barrio más pobre, en el color marrón, junto a una ciudad de Holanda. Lo único a tener en cuenta es que los gestos, las decisiones pretendidamente simbólicas , esos detalles impostados y las actitudes de cara a la galería caducan antes que los yogures que popularizó en su día Arias Cañete.

Está todo muy entretenido. Da mucha vergüenza ajena, esa es la verdad, pero el patio lo tenemos muy animado

Está todo muy entretenido. Da mucha vergüenza ajena, esa es la verdad, pero el patio lo tenemos muy animado. Lástima que los problemas de los ciudadanos sigan siendo eso, problemas, porque los representantes políticos están tirándose confeti e inflando globos. Y ni siquiera eso saben hacer. Alguien con coherencia y sentido común a quien tuve la suerte de conocer y tener, lo explicaría como falta de profesionalidad. Mi abuela tenía dos grandes frases con las que solía atajar todos los problemas que le llegaban por la escuadra: “Yo no pongo la lavadora para un pingo”, que le soltaba a mi abuelo cada vez que amenazaba con ponerse tontorrón, y la que más me llamaba la atención cuando apenas era un mico que no levantaba tres cuartas del suelo: “Hasta para ser puta hay que valer y formarse”. Eso sí que es pura calle. Mi abuela hubiera gobernado el mundo y lo hubiera hecho estupendamente, sin teatros, sin caretas, sin demagogias, sin tonterías banales que solo buscan la foto o el minuto de telediario. Pero no lo hizo porque era muy sabia y entendía que una de las cosas más difíciles de conseguir es saber estar cada uno en su sitio y no invadir territorios que no le corresponden.

Para ser político, como para ser puta – siguiendo el sabio razonamiento de la abuela y , ya puestos, el tema de exposición de la alcaldesa de Madrid en el Vaticano , preguntándose porque el personal se iba de putas – también hay que valer y formarse. Lo que se conoce como profesionalizarse en un oficio. Y el de político, lo es. Es cierto que últimamente anda algo defenestrado pero igual de cierto es que la generalización peca de injusta y a la larga se vuelve en contra nuestra, como cuando escupimos al cielo: nos va a caer encima, por muchas piernas que echemos en el intento de huir y esquivarlo. Que algunos políticos, de todos los colores, ideologías y latitudes, hayan afanado y engañado de todo y en su orden, no quiere decir que todos lo hagan. Pero de ahí a decir que cualquiera puede hacerlo, bien porque se aburre, porque no tiene trabajo o porque en casa le han dicho que es el salva patrias oficial del reino y que esto lo arregla él o ella “en dos patadas, porque si lo hacen estos tampoco debe ser tan difícil”, hay una enorme diferencia. Tiene la misma lógica que si decidiéramos dejar de confiar en los médicos o en los cirujanos porque alguno de ellos haya hecho mala praxis o cortado la pierna equivocada, y en respuesta decidamos que cualquiera que pase por ahí puede entrar en quirófano para abrir y cerrar al pobrecito que espera sobre la mesa de operaciones.

O porque en un día aciago un copiloto de avión estrelle de manera deliberada un Airbus de Germanwings contra los Alpes franceses, empecemos a prescindir de todos los pilotos profesionales y decidamos que el que primero se siente a los mandos, allí lo lleva. Seré rara, pero cuando se me estropea la lavadora, el coche o la rodilla prefiero ir a un profesional, que para chapuzas siempre hay tiempo. No todos valemos para todo y eso es importante tenerlo claro. La profesionalidad es un grado y degradarlo con personal que ni quiere ni puede y que se enorgullece de no tener un cierto nivel, es como escupir hacia arriba, nos va a caer en toda la cara.

Siempre he sido muy fan del genial escritor de teatro y actor Darío Fo. Decía el premio Novel de Literatura de 1997 que “creer que se es payaso por ponerse una pelotilla roja en la nariz, un par de zapatos desmesurados y aullar con voz aguda, es una ingenuidad de idiotas”. Y tenía toda la razón, porque el payaso y la payasada no viene precedida de ningún anuncio o indumentaria previa. En cuanto lo ves, lo reconoces. Puro bricolaje de fin semana.