La colección ‘Hooligans ilustrados’, editada por Libros del KO, recoge la crónica sentimental de escritores y periodistas con su equipo, una relación muy marcada por la figura paterna.

Sin pretensiones científicas, pero seguramente con buen ojo, Hernán Casciari cifraba en un 90% los casos en que la pasión por el fútbol se contagia en la infancia y de padre a hijo. Aunque cada aficionado es un mundo, existen unos lugares comunes en la memoria sentimental. El trayecto de casa al estadio y sus paradas conformaban un viaje iniciático: el momento mágico en que se franquean los tornos, el instante aún más mágico en que el verde de la hierba asoma tras el vomitorio. Los puros, las pipas, el bocadillo. La grada sonando como un solo hombre. Y por supuesto, el éxito o la decepción tras 90 minutos, que no tienen que ser necesariamente los más importantes de la temporada.

Frente a la épica dominguera de las finales, la vida del aficionado tiene más que ver con la rutina. El primer recuerdo de Enric González (Una cuestión de fe) es “una banal estampa urbana”, la de “un hombre cabizbajo que espera en una esquina”. Su tío-abuelo. No es capaz de precisar si su padre y él le recogían en un Renault Dauphine o en un Seat 1500, pero sí que las conversaciones de camino a Sarriá rezumaban pesimismo, ya fuera sobre el Espanyol -siempre anticipaban que iban a presenciar un desastre- o sobre la dictadura. Cuando creció lo suficiente como para ir solo a la general del Gol Norte, prefirió tomar distancia.

Frente a la épica dominguera de las finales, la vida del aficionado tiene más que ver con la rutina

A José Lobo (Yonkis y gitanos) entrar al Ramón Sánchez Pizjuán junto a su padre le parecía “el como de la masculinidad”. Atajaban por la vía del tren, “el camino de los sevillistas de pro”, así que… “¿cómo no enamorarte del Sevilla si eras el único niño de la guardería que no sólo iba al fútbol todos los domingos, sino que además había pisado una traviesa?”.

Antonio Luque (Marchito azar verdiblanco) se quedó con las ganas de saltar al Benito Villamarín. Se lo impedían, por este orden, un foso, la falta de habilidad necesaria para sortearlo y la falta de desprecio a la autoridad, ya fuera policial o paterna. De todos modos, cree que a su viejo no le habría disgustado esa travesura, verle correr por el campo formando “parte de la algarabía, como una partícula en disolución”. Le faltó que alguien le diera el empujón, como a Quique Peinado (¡A las armas!). En ausencia de su padre, al que perdió siendo muy pequeño, su tío y su padrino le sentaron por primera vez en la grada de Vallecas. Aquella soleada mañana acabó con un 4-0 al Deportivo, el ascenso del Rayo a Primera División y una invasión de campo. Le preguntaron si quería participar, y claro que quiso. Tomó unas briznas de césped que conservó “durante décadas, ya convertidas en paja, dentro de una bolsita de plástico”. Para un chaval de 10 años, todo un tesoro.

Maneras de enamorarse

“Siempre el padre y el fútbol”, escribe el culé Marcos Abal (Una insolencia); “digamos que se apiada de nosotros, él, nos salva llevándonos al fútbol”. Nadie le preguntó nunca si quería ir; se daba por hecho: “Al niño le va a gustar el fútbol y no se hable más”. Pero a veces las expectativas no se cumplen. Al padre de Antonio Agredano (En lo mudable) le regalaron en el trabajo unos abonos para ver al Córdoba toda la temporada. Tan aburrido fue el partido contra el Sevilla B, tan largo se les hizo, que acabaron “agotados de no sentir nada” y no volvieron. Su afición por el Córdoba no se fraguó hasta años más tarde. No es lo normal.

Lo normal es lo de Ramón Lobo (El autoestopista de Grozni), que con siete u ocho años tuvo una “revelación religiosa al pisar el Santiago Bernabéu”: “No hablé ni grité: sólo abrí los ojos hasta dolerme las órbitas”, recuerda. Tan fuerte resultó el flechazo con aquel Real Madrid de comienzos de los años sesenta que él, que se había jurado no profesar nada de lo que defendió su padre, militar, tuvo que saltarse un apartado. “Ideas, idelogía, religión, literatura, música… Nada excepto el equipo de fútbol”.

No nos engañemos: la sucia victoria recluta más fieles que la mística del estadio

Las razones del enamoramiento no siempre son tan claras. El padre de Ignacio Martínez de Pisón (‘El siglo del pensamiento mágico’), que también era militar, fue destinado a Logroño y luego a Zaragoza. Como el Real Zaragoza jugaba en Primera y el Logroñés en Tercera, Pisón no tenía que elegir… hasta que ambos se encontraron en Segunda en 1971. Entonces, dos goles de Ocampos que hicieron estallar La Romareda terminaron de inclinarles a él y a su hermano: “A los niños no les gustan los equipos que pierden”, razona.

No nos engañemos: la sucia victoria recluta más fieles que la mística del estadio. Ander Izagirre (Mi abuela y diez más) comenzó a sentir como propia la Real Sociedad entre cuatro paredes, lejos del viejo Atocha. Si llegaba a casa un uniforme del equipo, él lo atribuía a los Reyes Magos; pero si llegaban noticias de que el equipo había ganado la Liga en El Molinón gracias a un gol de Jesús Mari Zamora, eso era gracias su familia. ¿Cómo no iba a ser así? La radio que escupía esos goles sus padres y tíos cantaban como locos estaba en el salón de los abuelos, junto a la cocina en la que le hicieron su primera bandera azul y blanca. Si todo se fraguaba allí, ¿de quién iba a ser el mérito si no?

Enrique Ballester (Infrafútbol) comenzó a padecer en otra habitación: el cuarto de baño. Estaba en remojo cuando su padre le sobresaltó: “¡Ha subido el Castellón!” A Primera, se entiende. Un cuarto de siglo después, con el equipo perdido en Tercera, Ballester ejerce más de padre que de hijo. Asume que a él ya se le ha pasado el arroz y no podrá marcar el gol que dé a su equipo la primera Copa del Rey, como tantas veces soñó al poner la mesa y retirar de ella una especie de caliz metálico con flores de su madre, que levantaba como si fuera el trofeo. Ahora, tiene las esperanzas puestas en su hijo, que si nada se tuerce será al nacer guapo, zurdo y mediapunta. Y si no es así, siempre le quedará su nieto.