Había oído hablar mucho del fenómeno de las bandas de música, sus rivalidades y lo que significaban sus agrupaciones para los músicos valencianos, pero todo parecía estar revestido de una leyenda que este pasado fin de semana ha dejado de serlo para mí porque me he visto imbuida por el mayor de los certámenes de este género en el mundo, el Certamen Internacional de Bandas de Música “Ciudad de Valencia”, con 129 ediciones a sus espaldas y en el que he ejercido como presidente del jurado.

129 CIBM – CIUDAD DE VALENCIA

Una banda de música es una agrupación musical formada básicamente por instrumentos de viento y percusión, aunque en las bandas sinfónicas también se incluyen violonchelos y contrabajos e incluso pueden contar con piano y arpa. En sus orígenes las bandas estaban íntimamente ligadas al mundo militar, pero el movimiento inspirador de estas bandas actuales, que se han convertido en parte fundamental de muchos de los pueblos y ciudades del Levante español, nace con aquellos soñadores de finales del siglo XIX que quisieron crear un “Concurso Musical” en Valencia con una misión bien distinta: transmitir la música culta del repertorio orquestal a la gente del pueblo. Por ello gran parte de su repertorio se basó, en un principio, en las transcripciones de piezas de los grandes compositores y cuentan que el propio Maurice Ravel estuvo en Valencia escuchando la versión para banda de algunas de sus creaciones.

En el CIBM son más de 2.000 personas las que cada año se suben al escenario del Palau de la Música de Valencia para defender -a través de una obra obligada y otra de libre elección- su estandarte, que preside la interpretación de cada agrupación, como si se tratara de una “contrada” italiana ofreciendo la mejor carrera de su caballo en “il Palio” de Siena. Cada una de las bandas está rodeada por sus incondicionales seguidores que reciben y aplauden con un entusiasmo sólo comparable al que manifiesta la afición balompédica, porque para ellos significan el orgullo de su localidad, la expresión del talento de sus gentes y el sacrificio de quienes dedican lo que para otros serían sus horas de asueto a su pasión por la Música. Una pasión vehemente que comparten con sus familias y que heredan desde su más tierna infancia, que forma parte de los actos institucionales y de cualquier actividad relevante que se lleve a cabo en el lugar en el que desarrollan su vida.

Cada sociedad musical es un paraguas que abarca escuela de música, banda e incluso, en muchos casos, la orquesta ligada a su banda que en puede llegar a traducirse en varias orquestas: sinfónica, infantil y juvenil. Muchas de estas sociedades tienen su coro asociado y en alguna localidad hasta su propio instituto de enseñanzas medias, lo que da cuenta del espectacular entramado que durante años han construido y que abarca una actividad que trasciende el plano meramente musical y explica un fenómeno de estas características, en el que las inversiones económicas que realizan cada una de ellas para asistir a este certamen -con preparadores especiales, músicos de refuerzo, encargo de composición de obras y transportes, entre muchas otras cosas- multiplican por cinco el valor del premio que puedan recibir.

Una actividad de tal importancia ha convertido a esta zona en “La Masía” musical (continuando con el símil futbolístico) que nutre de magníficos instrumentistas de viento a las orquestas sinfónicas más relevantes de nuestro país e incluso más allá de nuestras fronteras. En los últimos años, especialmente cuando las instituciones públicas han perdido su capacidad de impulsar la creación musical por problemas presupuestarios, sólo las bandas de música amateurs valencianas están realizando más encargos de composición que las propias orquestas profesionales españolas.

El respeto y el cariño con el que un público de todas las edades atiende las actuaciones de su banda y la empatía que suscita el que su familia, sus amigos y sus vecinos sean los artífices del milagro musical, ejerce otro milagro que desearíamos para todos los auditorios de música de esta España en la que la edad media del público se envejece progresivamente y por lo que, cada día más, proliferan los proyectos pedagógicos impulsados por las orquestas sinfónicas profesionales y los teatros de ópera.

Pero como todo tiene su cara B, también esta pasión exacerbada ha generado rivalidades y desencuentros que en ocasiones enfrentan a los seguidores de bandas de un mismo pueblo y ha llevado, en alguna edición de este certamen, a reacciones extremas frente a decisiones del jurado no coincidentes con las aspiraciones de determinadas agrupaciones. Es por esta razón y para evitar susceptibilidades por la que los miembros del jurado fuimos citados un día antes del comienzo de la competición y recibimos una serie de consignas que deberíamos llevar a cabo durante los días en que tendría lugar el CIBM: todos deberíamos trasladarnos juntos del hotel al Palau de la Música, no deberíamos hablar con nadie relacionado con las bandas que competían, una vez realizada la deliberación y antes de ser anunciada al público en la sala deberíamos regresar al hotel evitando así cualquier situación complicada. Y en su cuidado extremo por la imparcialidad y el prestigio del concurso, la organización reunió un jurado integrado por profesionales reconocidos y alejados de este entorno: el director de orquesta  y profesor de dirección de la prestigiosísima Sibelius Academy en Helsinki Peter Ettrup Larsen, el director de orquesta, percusionista y profesor de dirección del Conservatorio de Maastricht (Holanda) Pieter Jansen, el compositor japonés Satoshi Yagisawa, el clarinetista y director de orquesta español José Luis Estellés y yo como única representante femenina a la que designaron el papel de presidir el jurado del certamen, otorgando -como dicta la tradición- el permiso a los directores para iniciar la interpretación de cada obra.

Los primeros días las cosas se hicieron tal y como nos habían pedido y fue un placer compartir escucha y deliberaciones con un grupo tan fantástico de colegas que se sentían muy responsables ante el gran nivel de las actuaciones. Y ocurrió algo excepcional: las decisiones del jurado fueron bien acogidas por todos.  

Ya es sabido por aquéllos que me conocen que sólo me gustan las normas que puedo justificar y no acababa de entender el beneficio de esa ausencia exigida al jurado al finalizar cada sección, así que hablé con todos los miembros del mismo y propuse que estuviéramos presentes en la entrega de los premios de la última jornada, idea que fue aceptada por unanimidad. Y así es cómo se hizo Historia y por primera vez en 129 ediciones, en la entrega de premios de la Sección de Honor del CIBM, sobre el escenario estaban el Alcalde de Valencia, los responsables de Cultura del Ayuntamiento y la Comunidad Valenciana, y el jurado en pleno recibiendo y felicitando a los premiados, entre los que se alzó con el máximo galardón la Sociedad Musical Instructiva Santa Cecilia de Cullera. Me pregunto por qué en décadas anteriores no hubo una representación institucional tan importante y me congratulo de que las cosas hayan cambiado también en este sentido, ya que no se merece menos la clausura de la “Champions” de las Bandas de Música, como lo denominara José Miguel Vigara hace unos días en el periódico Levante.

Toda esta maravillosa locura, que se inició hace más de un siglo, no sería posible sin personas comprometidas que trabajan incansablemente por mantener una actividad de dimensiones tan extraordinarias, por lo que desde estas líneas envío un merecido aplauso a Daniel Belloví, miembro del Comité Organizador del CIBM y a todo su equipo que han puesto en marcha esta espléndida edición y han cuidado cada uno de los detalles de la misma.

Tras cuatro jornadas de máxima intensidad, no puedo explicar con palabras la emoción que he vivido estos días –y que guardaré para siempre con un afecto muy especial- en un Certamen Internacional en el que, por encima de todas las pasiones, el máximo vencedor es la Música que, como ya dijo Ravel en su Esquisse autobiographique, “puede emprenderlo todo, atreverse a todo y a pintarlo todo, con tal encanto que al final permaneciese siempre la música”.

Certamen Internacional de Bandas de Música

“Ciudad de Valencia” 2015

Resultados: SECCIÓN DE HONOR – Domingo 19 de julio

1º Premio: (392 puntos)

  • SOCIEDAD MUSICAL INSTRUCTIVA SANTA CECILIA DE CULLERA (VALENCIA)

2º Premio: (373.5 puntos)

  • SOCIETAT UNIÓ MUSICAL ALBERIC (VALENCIA)

3º Premio: (367.5 puntos)

  • SOCIETAT UNIÓ MUSICAL SANTA CECÍLIA DE GUADASSUAR (VALENCIA)

 

Resultados: SECCIÓN PRIMERA – Sábado 18 de julio

1º Premio: (372.5 puntos)

  • CENTRE ARTÍSTIC MUSICAL SANTA CECÍLIA DE FOIOS (VALENCIA)

2º Premio: (365 puntos)

  • BANDA SINFÓNICA DEL CENTRO INSTRUCTIVO MUSICAL DE MISLATA (VALENCIA)

3º Premio: (356 puntos)

  • BANDA SINFÓNICA DEL CENTRO INSTRUCTIVO DE ARTE Y CULTURA – LA VALL D’UIXÓ (CASTELLÓN)

 

Resultados: SECCIÓN SEGUNDA – Viernes 17 de julio

1º Premio: (370 puntos)

  • STADTMUSIK ST. GALLEN (SUIZA)

2º Premio: (353 puntos)

  • BANDA CORPORACIÓ MUSICAL DE LA POBLA DE VALLBONA (VALENCIA)

3º Premio: (345 puntos)

  • UNIÓN MUSICAL SANTA CECILIA DE CANALS (VALENCIA)

 

Resultados: SECCIÓN TERCERA – Jueves 16 de julio

1º Premio: (361.5 puntos)

  • UNIÓ MUSICAL “EL XÚQUER” DE SUMACÀRCER (VALENCIA)

2º Premio: (338 puntos)

  • CORPS PHILARMONIQUE DE CHÂTILLON – AOSTA (ITALIA)

3º Premio: (321 puntos)

  • SOCIETAT MUSICAL BENIRREDRÀ (VALENCIA)