Hay quien no ha escuchado un tango en su vida y eso, a la larga, se nota y pasa factura. Eso le ha sucedido a Angela Merkel esta semana con una niña palestina que le contó su complicada situación como inmigrante ilegal y terminó hecha un mar de lágrimas cuando la canciller le expuso la cruda realidad. Si Merkel se hubiera dejado deleitar por el deje criollo de Carlos Gardel en su desgarrador y sincero Cambalache, sabría que las lágrimas tienen un efecto casi milagroso en quien las contempla y que el archiconocido “ el que no llora no mama ”, ha adquirido tintes de verdad universal admitida por todos .

Pero el arte se tiene o no se tiene , se siente o no se siente.

Merkel no hubiera hecho buenas migas con Mary Poppins  que se dejaba la garganta de Julie Andrews con aquello de “Con un poco de azúcar esa píldora que os dan, pasará mejor ” ( aunque la versión original era más contundente, “Con un poco de azúcar esta purga endulzará, lo amargo quitará” ). Walt Disney hubiera terminado fibrilando con ella, más de lo que lo hizo con la rígida autora de Mary Poppins, Helen Lyndon Goff, más conocida por su seudónimo literario P.L. Travers. Sin embargo estas dos mujeres si se hubieran entendido . Merkel te mete la cuchara hasta la campanilla, te hace tragar el jarabe y te dice que aunque sepa amargo,  pasará y a la larga te hará bien. Y eso es así, no porque lo diga ella, sino porque lo pone en el prospecto del dichoso jarabe. Y todos a tragar la pócima en cuestión.

La sinceridad aplastante no tiene buena prensa. No da buenos titulares, no nos deja ponernos tontos ni ñoños a los periodistas.

La sinceridad aplastante no tiene buena prensa. No da buenos titulares, no nos deja ponernos tontos ni ñoños a los periodistas escribiendo sobre lo sucedido. No sé si alguien esperaba que Merkel se acercara a la niña diciéndole aquello de Supercalifragilisticoespialidoso. Pero los milagros no proliferan y , que se tenga constancia, Walt Disney sigue congelado. Nada que hacer.

Si se fija, Merkel tiene alma de dibujo animado.

Este fin de semana han estrenado la nueva película de dibujos animados de Disney-Pixar, Inside out. En ella, una hija le dice a su madre: “Mamá, sé positiva”, y la progenitora le responde: “Lo soy. Se positivamente que te vas a perder”. Esa es Merkel.

En la era de lo políticamente correcto , Angela Merkel , que hace del pragmatismo su bandera, encarna a la perfección a Mr Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens, el hombre frio, de corazón duro, con aparente falta de bondad, que odiaba la navidad, a los niños y a todo aquello que desprendiera un tufillo a felicidad. A Mr Scrooge se le cambia el gesto con la visita de unos fantasmas, uno de ellos el de las Navidades futuras, y comienza a dar muestras evidentes de humanidad. Pero por experiencia sabemos que la realidad supera la ficción y a Merkel no se le mudó el gesto ni con las lágrimas de la niña, aunque fue a consolarla y a decirle que había hecho un buen trabajo, como si estuviera en una de las plantas de Audi en la factoría de Ingolstadt.  No sé cuantas veces le dirían al personaje de Dickens que tenía un corazón de piedra, pero desde las redes sociales a Merkel se lo han dicho unas cuantas y en alemán, que impone más:  Haben Sie eine herz stein.

Sin embargo, no es bueno fiarnos de las apariencias. A pesar de su fama de tacaño , dudo que Mr Scrooge hubiera doblado el espinazo para recoger del suelo un trozo de queso, como hizo Merkel durante su visita a Santiago de Compostela cuando se le cayó un trozo al suelo y no dudó en recogerlo y volver a dejarlo sobre la mesa, como diciendo: “No están las cosas para tonterías”. La misma Merkel que  ni se inmutó cuando después de un acto en la ciudad de Demmi un camarero le tiró una jarra de cerveza por la espalda. Mostrando un aplomo teutónico, sonrió, se sacudió su chaqueta y se atusó el pelo. No hubo más turbación, para tranquilidad del camarero que ya se temía lo peor.

La verdad duele, golpea y satura , y escucharla o leerla en boca o en mano de otro, incluso hace más daño, aunque hay maneras y maneras de decir las cosas.

Somos contradictorios. Nos pasamos el día exigiendo a los políticos que no nos mientan, que digan la verdad, que no oculten la realidad ni la maquillen por dura que ésta sea porque para resolver los problemas hay que afrontarlos de cara. Y eso es lo que hizo ella. Merkel no mintió, ni edulcoró la realidad en su respuesta aunque quizá se le olvidó que hablaba con una niña de 14 años. No fue políticamente correcta, no echó mano de la demagogia, tampoco de la diplomacia, ni le dijo, como hubieran hecho muchos otros que todos tenemos en mente, que no se preocupara porque estudiaría personalmente su caso y vería que se podía hacer, para luego no hacer nada. La canciller fue clara, sincera y llana. Como lo fue la niña que acabó llorando, más que por las palabras de la canciller, porque vio que el milagro que esperaba no llegó.

Los felices existen y los necesitamos.

Pero los finales felices existen y los necesitamos. De hecho debemos exigirlos incluso cuando la pesadilla de la inmigración es aún peor , y el viaje a un mundo mejor se hace a bordo de una maleta. No sé qué hubiera ocurrido con Abou si la frontera que intentó cruzar en un trolley  hubiera sido alemana en vez de española. Seguramente la familia no estaría reunida como lo está ahora porque en Alemania las leyes se cumplen tal y como están, sin interpretación, sin lugar para el sentido común ni para el sentimentalismo. Y no les vengas con cuentos , aunque sean de Dickens. Los alemanes no tienen el encanto del mediterráneo, pero a rigidez no les gana nadie. Y quizá por eso Merkel prefiere ver llorar a una niña por decirle la verdad a ver enfadados a millones de alemanes ante una mentirijilla.

Se podía haber callado, porque como decía el personaje de Omar Shariff en la película El señor Ibrahim y las flores del Corán : “No responder también es una respuesta”. Pero ya no sería Merkel.

El debate de las lágrimas de la niña palestina no ha sido la crisis humanitaria, la política de inmigración, las cuotas de inmigrantes a repartir entre los estados miembros, ni que el mediterráneo se haya convertido en un cementerio o haya millones de personas asentadas en campos de refugiados que desean doblar el mapa del mundo y vaciarse en él. El debate se ha centrado en las formas, no en el fondo. En una época donde el populismo parece ser el ejemplo a seguir, un chute de realidad y sinceridad clama al cielo y nos hace poner en él millones de gritos indignados. Lo cual está bien siempre que no olvidemos que el populismo es como el suflé,  que se desinfla en cuanto toca la realidad, en cuanto se airea y sale de su hábitat, bastan unos segundos en el mundo real para venirse abajo y desparecer.

Merkel debería escuchar más tangos e incluso debería escribirlos ya que condiciones le sobran. “El mundo fue y será una porquería 
ya lo sé. 
En el quinientos seis 
y en el dos mil también”. Seguramente no le falte razón al argentino nacido en Francia. Pero quizá para expresarlo así, tienes que ser Gardel, tener un encanto que traspasa fronteras y una sonrisa ladeada que ya te puede estar diciendo de todo y todo malo , que lo asumes sí o sí. Y me temo que no es exactamente el caso de la canciller alemana.

Merkel, Dickens,  Mary Poppins,  Mr Scrooge, Disney, Gardel. Vaya mezcla,  aunque nada que no se haya cantado ya en un tango. “Mezclao con Stavisky va Don Bosco 
y “La Mignon” , 
Don Chicho y Napoleón,  
Carnera y San Martín.  Igual que en la vidriera 
irrespetuosa 
de los cambalaches 
se ha mezclao la vida”