La viscosa y resbaladiza sustancia que hace entrar a una película en la categoría “de culto” es complicada de definir.

No digamos ya en un contexto industrial raquítico y renqueante como el español, donde hemos tenido bajos presupuestos pero no Serie B, donde hemos tenido actores y actrices de éxito, pero no star-system, donde se han aprobado leyes que han mutilado los géneros populares y donde, por supuesto, hemos vivido décadas de dictadura que han amordazado la expresión de los artistas menos conformes con las directrices del poder.

Fernando Fernán-Gómez, pese a ser uno de nuestros actores más populares, como creador incidió una y otra vez en un riesgo artístico implacable que era, sencillamente, el de contemplar lo que sucedía a su alrededor. Sin complacencias hacia la perfumada fantasía social que quería vender el régimen, sin genuflexiones hacia el espectador. Lo que hay es lo que se ve también en El mundo sigue, una película prohibida por las circunstancias, y en la que Fernán-Gómez, como hicieron Azcona o Bardem, toma lo que necesita del neorrealismo italiano e ignora lo que no le interesa de lo que se dio a llamar el Nuevo Cine Español.

Aunque la inconmesurable El extraño viaje sigue estando en la cima de su filmografía, el reestreno y restauración de El mundo sigue es motivo de celebración gracias a esa insobornabilidad creativa de la que hizo gala el mejor Fernán-Gómez. Se estrenó de mala manera en un cine de Bilbao dos años después de rodarse, tras una concepción turbulenta que pasó por adaptar una novela despiadada de Juan Antonio de Zunzunegui, al que se consideraba un gafe de tal calibre que la sola mención de su nombre producía escalofríos.

El tratamiento de temas como la prostitución, el suicidio o la miseria de las familias más humildes en la España de los años sesenta llevó a ‘El mundo sigue’ a un punto de ostracismo

El tratamiento de temas como la prostitución, el suicidio o la miseria de las familias más humildes en la España de los años sesenta llevó a El mundo sigue a un punto de ostracismo que arruinó a Fernán-Gómez y obligó a los propios actores a poner dinero de su bolsillo para sacarla adelante. El resultado: una película literalmente invisible durante décadas y material de primera para esa denominación “de culto” que decíamos al principio, si no fuera porque El mundo sigue es cruel hasta con sus espectadores.

Ni moraleja, ni asideros reconfortantes: en El mundo sigue solo hay desesperanza con la historia de una humilde familia cuyo núcleo lo conforman dos hermanas, Eloísa (Lina Canalejas) y Luisita (Gemma Cuervo) que no se soportan. La primera depende de los birriosos ingresos de un marido ludópata. La segunda se gana la vida como acompañante de lujo de banqueros maduros de paso por Madrid. Si algo cuenta una película áspera y sin ganas de sermonear a nadie es que algo de mano ancha en lo moral otorga confortabilidad e incluso respeto. Nada que no supiéramos ya, pero que Fernán-Gómez hace tragar al espectador con una serie de elementos infalibles: algo de amarguísimo humor (los consejeros, los hijos de los consejeros y todas sus familias son todos personas inteligentísimas); unas interpretaciones teatrales, engoladas e impecables; unos diálogos en perfecto español, de ese tan perfecto que los actores lo mastican al declamarlo y se queda rebotando en los tímpanos del espectador muchas horas después de que este abandone la sala; y cierta experimentación formal, con un empleo extraordinario del flashback y determinados recursos narrativos y de montaje bastante avanzados para la época en España.

El resultado supone un feliz reencuentro con nuestro mejor cine y unos años sesenta madrileños y ocultos. El reestreno en 13 salas de esta obra maestra perdida hace justicia a una película que nunca pudo ser de culto. Cómo va a serlo si parece murmurar al espectador, desde sus títulos de crédito, que la esperanza es lo primero que se pierde.

ficha

El mundo sigue

Fernando Fernán-Gómez

1963