El poder omnímodo de Joseph Blatter y la FIFA son puestos en tela de juicio por un libro y un documental recién llegados a España; los últimos escándalos son sólo el principio.

La historia moderna de la FIFA no podría entenderse sin los hoteles, y no sólo por el lujo y los banquetes. En los congresos, cuando toca votar, conviene separar a los partidarios, a los rivales y, sobre todo, a los indecisos. Cada sector, en un ala, o aún mejor, en un edificio distinto. Thomas Kistner estaba en el hotel Le Mèridien Montparnasse de París el 8 de junio de 1998, sólo unas horas después de que Joseph Blatter fuera elegido para suceder a Joao Havelange al frente del máximo organismo del fútbol. Allí habían alojado a los representantes de las federaciones africanas con derecho a voto, entre quienes se repartieron algunos “sobres gordos” la víspera de la elección. Con Kistner como testigo, el representante camerunés, Issa Hayatou, se disculpó con el otro candidato a la presidencia, Lennart Johansson, por el vergonzoso comportamiento de algunos de sus colegas. Uno de ellos, además de corrupto, era despistado y se olvidó en el hotel su sobre lleno de billetes.

Hace tres años, Kistner publicó en Alemania FIFA Mafia, un dossier de casi 500 páginas que pone en perspectiva los escándalos de la institución y llega a España -casualmente, pues la edición ya estaba en marcha- sólo unas semanas después de las detenciones practicadas por el FBI en otro hotel de cinco estrellas, el Baur aur Lac de Zúrich, con vistas a los Alpes. “Sólo se conoce un 5% de lo que está por salir”, aventura el veterano periodista en la línea de la fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch, que cree que estamos al principio de un proceso y no al final.

Un voto en las elecciones de sedes para la Copa del Mundo puede llegar a costar 1,5 millones de dólares, a entregar en mano

Además, Canal+ emite estos días El informe Blatter, un documental de ESPN que parte de esas detenciones y pone el foco en los escándalos más recientes: las elecciones de Rusia y Catar como sedes de la Copa del Mundo en 2018 y 2022. Phaedra Almajid, que fue despedida de la candidatura catarí, asegura ante la cámara que se compró el voto de al menos tres miembros del comité ejecutivo de FIFA. La transacción, por supuesto, se cerró en una suite. El precio, 1,5 millones por voto, coincide con el que concreta otra de las investigaciones periodísticas al respecto: el libro The Ugly Game. Sus autores, dos periodistas de The Sunday Times, grabaron con cámara oculta cómo les pedían entregar dinero en mano para allanar el camino de una falsa candidatura de Estados Unidos para organizar de nuevo el Mundial.

Todos coinciden en señalar a la FIFA, una sociedad sin ánimo de lucro según sus estatutos, como un ente opaco que no rinde cuentas a nadie y se considera por encima de la justicia. En palabras de Kistner, una “red de vividores” integrada por “gente de valores flexibles abierta al trato con socios clandestinos”. El soborno “forma parte del modelo de negocio” y cualquier cosa puede comprarse, ya sea con un maletín, un cheque o a cambio de una fotocopiadora. Las decisiones a menudo no se votan, simplemente se toman. Es el poder omnímodo de Blatter, un hombre al que tratar con presidentes de federaciones le parece poca cosa y prefiere hacerlo con jefes de estado, mientas alberga la esperanza de que el Premio Nobel de la Paz le sea concedido algún día.

Horst Dassler lo inventó todo

De todos modos, Blatter no ha inventado nada. Ese honor le corresponde a Horst Dassler. El hijo del fundador de Adidas, el hombre que concibió el deporte como un gigantesco negocio mediante los derechos de emisión y marketing, es la piedra fundacional del engranaje mafioso descrito por Kistner. Dassler colocó a Juan Antonio Samaranch en el COI (1980), a Primo Nebiolo en la IAAF (1972) y a Joao Havelange en la FIFA (1974). Éste, hijo de un traficante de armas belga y accionista él mismo de las empresas proveedoras, se acercó a los delegados africanos gracias a Dassler, cuya firma les equipaba. Con sus votos, captados en un hotel de Frankfurt por el mismo procedimiento que habría de emplear Blatter un cuarto de siglo después, Havelange desbancó al anterior presidente, Stanley Rous. Aún hoy, casi tres décadas después de la muerte de Dassler, dos hombres afines a él presiden el COI y la FIFA: Thomas Bach y el propio Sepp Blatter.

Una anécdota de juventud define a Blatter. Su hermano era concejal y él disponía de un coche en una época en la que eso no era frecuente en su cantón, así que se ofrecía a llevar a la gente a votar. Le interesaban especialmente los indecisos, que al salir del vehículo ya no eran tales. No sorprende que Dassler viera potencial en él cuando trabajaba como relaciones públicas de una firma de relojes. Antes, se había buscado la vida como botones, cantante de bodas y, más pintoresco aún, periodista deportivo. Blatter fue instruido a mediados de los setenta en la sede de Adidas en Alsacia. De hecho, fue Dassler quien pagó sus primeros sueldos en la FIFA, que apenas superaba entonces los diez empleados. Gracias a su mentor, aprendió “los pequeños detalles de la política deportiva”. Dassler miraba a Blatter como a una marioneta y Blatter a Dassler, como a un Dios. No en vano, le había permitido alcanzar un cargo para el que no tenía ninguna posibilidad. Kistner sostiene que ese tipo de hombre es, precisamente, el más idóneo para un puesto así.

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