Armado de una poderosa calva y una nariz ganchuda a la que cabalgan dos ojos arteros y maliciosos, Varoufakis habría nacido para ser en la vida real la personificación de Gru, el protagonista de “Gru, mi villano favorito”. Tiene hasta minions, 6 millones de helenos que votaron OXI en el referéndum ese de papeleta ilegible, incluso si sabes griego . Los minions, por supuesto, no tenían ni la más remota idea de lo que estaban votando, porque todo el mundo sabe que el populacho vota lo que le dicen por la tele, faltaría más.

Varoufakis ha nacido para supervillano, pero no estilo Doctor Maligno, sino de los molones, de los que rompen los elásticos de las bragas según entran en la habitación. No hay fémina pijoprogre de Vladivostok a Finisterre que no desee un combate horizontal a cinco asaltos con Varoufakis. Esas gafas de sol, esos labios gruesos, esa sonrisa harrisonfordesca de medio lado, esos hombros anchos, esa frente, oh sí.
 
Un momento, que voy a bañarme.
 
Disculpen la interrupción. Gracias por la espera. Como les decía, el sex-appeal que Varoufakis exudaba hubiese bastado para polinizar toda la selva amazónica. Digo hubiera porque a Gru le han robado el mojo. Resulta que el truco estaba en la erótica del poder del “NO”, en esa versión macarra, moto entre las piernas y gafas de sol de espejo, de la teoría económica anticapitalista. Ahora Varoufakis ya no es el melofo favorito de las bases indignadas a lo largo y ancho de Europa, pero sigue siendo el auténtico ideólogo, el hombre en la sombra detrás de Alexis Tsipras, el Teseo que descabezará al Merkeltauro en el laberinto del eurogrupo.
 
Varoufakis es un genio de las finanzas, un estratega experto en teoría de juegos, un crack sin comparación, de tal altura intelectual que darle el Nobel de Economía sería un insulto. Su estrategia de oposición total a los acreedores ha traído grandes éxitos a su país, como el cierre de los bancos, de los mercados de valores, el control de capitales y su propia destitución que, no lo duden, es una victoria. El voto del OXI en el referéndum emocional es también una victoria, no se crean, que esto de quemar los barcos siempre es muy útil, así se le puede echar la culpa a otros. Por ejemplo, las colas de pensionistas bajo la canícula helena no son sino consecuencia de la avaricia de los acreedores, que no quieren ser comprensivos con las estrecheces del griego y pretenden ensancharle la estrechez a base de austeridad. 
 
La estrechez del griego no es consecuencia sino de las malas políticas de los partidos anteriores, que no dilataron bien la cosa económica con toda la liquidez que les untó la Unión Europea y el FMI. Por supuesto, el pueblo que les votó no es en absoluto responsable de nada de lo que hicieron los líderes a los que ellos votaron, porque la democracia no funciona así, faltaría más. Si el gobernante al que tú votaste no se asegura de que no evadas impuestos ni hace nada por evitar que un tercio de la economía de tu país no aporte un solo euro al erario, la responsabilidad es únicamente del gobernante. Si el gobernante no persigue al defraudador y baja los impuestos al mínimo en año de elecciones, es culpa única y exclusivamente del gobernante, porque eso es la democracia, para eso se le pone ahí. Lo de que la deuda pública implique unos 30.000 euros por habitante quiere decir que es Grecia quien los debe, no los griegos uno a uno, eso sería antidemocrático. ¿Observan la genialidad de la teoría económica de Varoufakis, en la mejor tradición de la astucia de Ulises y de la sangre fenicia que corre por las venas de todo mercader griego?
 
El éxito último de las políticas de Varoufakis llegará el día en que aparten al pringao ese de Tsakalotos al que han puesto de hombre de paja y el bueno de Yanis llegue a lomos de su moto a la plaza Syntagma para imprimir los billetes de dracma. La moto irá empujada por todos los griegos, ya que no tendrá gasolina, y la imprenta estará accionada por cabras al trote, porque no habrá electricidad. Lo cual aumentará la épica del momento, no me digan ustedes que no.