Se suele decir que Mondo Brutto ya no es lo que era. En un vistazo superficial, está claro que no: comparado con los tiempos en los que tenían un arsenal de colaboradores, el núcleo central del fanzine incluso era mucho más amplio, trataban la actualidad y salían varias veces al año, pues no, las cosas eran distintas, esto no es lo que era.

En una publicación como el actual Mondo Brutto no se habrían ganado tantos enemigos, sobre todo porque ahora sus responsables están algo por encima de esas cosas. Puede que las ventas hayan bajado, puede que no, pero de lo que estoy seguro es de que muchos lectores que la compraban por postureo o por buscar su nombre en sus páginas temblando de pánico y excitación han dejado de hacerlo. Porque es que ahora, Mondo Brutto está a otras cosas.

O no. O quizás sí que siga siendo lo que era, porque Mondo Brutto siempre ha sido lo que es: una espiral de obsesiones en torno, en realidad, a un puñado de temas que cada vez están más compactos y pivotan sobre a una curiosa cosmovisión donde cabe política radical, ocultismo pop, drogomanía responsable, las raíces del blues y costumbrismo ácrata. De algún modo, todo eso conforma Mondo Brutto ahora mismo, y quizás lo conformó también al principio.

Recuerden que Mondo Brutto escribía sobre Aleister Crowley mucho, mucho antes de que se pusiera de moda; y reivindicólos discos de pizarra mucho, mucho antes de que el vinilo fuera pasto de hipsters. Pero ahora, con muchos menos colaboradores, unaperiodicidad holgadísima y más páginas que nunca, ese cómputo global del mundo, tan parcial y tan genérico a la vez, adquiere sentido.

Después de 43 números, la cosmovisión de ‘Mondo Brutto’ tiene todo el sentido del mundo

Es decir, un sentido que sobre el papel no tiene: la increíble biografía del histórico anarquista madrileño Cipriano Mera de casicincuenta páginas (cincuenta páginas de Mondo Brutto: he leído ensayos en tapa dura y a veinte euros la pieza mucho menos densos) y la iluminadora semblanza del experto en cohetes, explosivos y ocultismo Jack Parsons tienen pocos rasgos en común (que sepamos). Tampoco se parecen demasiado las entrevistas a personalidades como Eloy R.B., gerifalte de Madrid Comics, y Servando Rocha, capo de la imprescindible editorial La Felguera, con el extraordinario repaso al satanismo europeo de finales del siglo XIX que Grace & Galactus titulan, con ese inenarrable talento para el dardo verbaloportunísimo, “Satanismo del bueno”. O quizás sí, quizás sí lo tienen, quizás al final, después de 43 números, la cosmovisión de Mondo Brutto tiene todo el sentido del mundo.

Navegando por este número me regocijaba leyendo a gente muy sabia escribir sobre temas muy íntimos (el espectacular artículo de Grace sobre Parálisis Permanente, quizás lo mejor que se ha publicado sobre una de nuestras bandas más imprescindibles, es espectacular en ese aspecto). Y en el proceso me di cuenta de que todos los artículos, humorísticos o no, venenosos o apasionados, desgarradores o frívolos, tenían una buena carga de verdad y honestidad, en quienes los escriben y en quienes los protagonizan.Todos los textos de Mondo Brutto, superados los tiempos de los artículos cuya única misión era dar palos y hacer temblar los cimientos de la modernidad madrileña (y perdón por el oxímoron), hablan de gente entregada, de gente admirable por lo suyo, de gente de verdad. Unos más por unas cosas que por otras, unos por lo lateral y otros por lo frontal, pero gente de verdad.

Y eso es lo que íbamos a buscar a los fanzines, al final. Una bofetada de verdades.