Una de mis actividades favoritas del verano es sentarme delante del televisor y esperar a que den las noticias de rigor sobre las diferentes fiestas curiosas que hay a todo lo largo y ancho de nuestro país durante la época estival. Desde la Tomatina en Buñol a la Batalla Naval de Vallekas, pasando por la temible guerra del merengue en San Sebastián. España se convierte en un aparatoso territorio comanche, donde dependiendo del día y el lugar, se hace necesario mirar en todas direcciones, no sea que recibamos una solanácea en los morros solo por salir de casa.

Se suelen escuchar comentarios que dicen que estas fiestas son absurdas; que ya están los de siempre haciendo lo de siempre; que para qué, que qué tontería; y así ad infinitum; porque si hay algo que nos gusta a los españoles, es criticar y lo hacemos extraordinariamente bien. Es un deporte sencillo de practicar, solo necesitamos una mirada de suficiencia y dejar que las palabras fluyan, sin filtros, sin que se nos ocurra, ni por asomo, darle dos vueltas a nuestra innecesaria opinión, no sea que encontremos otro punto de vista que arroje algo de luz a estas cosas que nos parecen tan estultas. Ojalá una batalla de críticas a nivel nacional, pueblos criticando a pueblos en un combate sin piedad. El pueblo ganador recibiría un año de hacer lo que le diese la real gana sin recibir comentarios por parte de ningún cuñado tocapelotas.

Empezaré hablando de la celebración que más dolor me causa, que no es otra que la Batalla del Vino en Haro, la Rioja. No negaré que ver tanto vino derramado me hace llorar más que el final de Titanic, película en la que lloré océanos, no por tristeza, si no porque no acababa nunca. Pues bien, este multitudinario crimen contra el vino, tiene lugar todos los años el día de San Pedro (29 de junio) en los Riscos de Bilibio y atención, aquí viene el detalle que se les suele escapar a los críticos: está declarada de Interés Turístico Nacional. A esta infame batalla acuden más de 10.000 personas que se arrojan la nada desdeñable cantidad de 130.000 litros de vino. Se trata de una batalla pacífica en la que solo sufrimos el vino y yo; y durante la cual, los participantes se arrojan este rojo néctar de dioses sin descanso, siendo todas las armas válidas para esta incruenta batalla. Botas, cubos, odres, pistolas de agua… Todo sirve para lanzar miles de litros de vino que transforman los Riscos en un espectáculo impresionante. Solo diré que espero que la muerte de esas inocentes uvas no sea en balde y que cada año acudan más personas a disfrutar de esta fiesta, y de paso a incrementar los ingresos por turismo en el pueblo que la celebra.

Los madrileños podemos pasar un día bastante simpático y fresquito el próximo 19 de julio si nos acercamos al Puente de Vallecas, donde se celebra la Batalla Naval de Vallekas. Su origen data de 1981: imagina un sofocante día, el termómetro marca 40 grados a la sombra, son las cinco de la tarde y un grupo de jóvenes que están participando en las Fiestas del Carmen, comienza a mojarse y a mojar a los demás con las bocas de riego del Bulevar. De este baño improvisado y de la vieja reivindicación del “Puerto de mar para Vallekas” nació la Batalla Naval. Hoy en día la batalla es organizada por la Cofradía Marinera de Vallecas con el objetivo de fusionar su carácter reivindicativo y utópico con la diversión y participación masiva del vecindario de Vallecas. Este año el lema es “Mójate por Alfon” y más de 15.000 personas se darán cita el 19 julio ataviados con bañador, pistolas de agua y cubos para arrojarse el líquido elemento los unos a los otros. A mí, hasta que Carmona sea Alcalde y nos traiga las anheladas naumaquias, ya me vale. Esta fiesta cumple más una función social y comunitaria que turística. Es un día único para conocer a tus vecinos, creando un sentimiento de comunidad que puede resultar muy útil a la hora de reivindicar mejoras más serias para el barrio.

Una de las fiestas más famosas de España es la Semana Grande de San Sebastián, que este año tendrá lugar del 8 al 15 de agosto. Durante estos días, la ciudad entera se viste de fiesta y se realizan cientos de actividades que no pasan desapercibidas para nadie. Entre ellas hay que destacar la guerra de merengue en la que más de 200 niños distribuidos por edades, de 6 a 10 años, de 11 a 16 años y mayores de 17, armados con mangas pasteleras se lanzan cerca de 300 litros de merengue. El premio aquí es acabar lo más limpio posible y para ello un jurado valora la hazaña. Se trata de una celebración más joven que sus participantes, ya que solo tiene dos años, pero no deja de ser divertida y con la debida promoción, puede servir para atraer más público tanto nacional, como internacional (en este caso familias) a una de las ciudades más bonitas del país.

Y si la Batalla del Vino de Haro me hace llorar, con el Desembarco Vikingo de Catoira, en Pontevedra, me ocurre todo lo contrario, es una fiesta que me llena de orgullo y satisfacción ¿Que por qué? A ver, seamos serios, no hay nada mejor que los vikingos. Si acaso los dinosaurios, pero hasta que consigan clonarlos y que alguien organice carreras de cuadrigas tiradas por velociraptores, los vikingos se llevan el primer premio en el ranking de mis cosas favoritas. El desembarco vikingo de Catoira tiene lugar el primer domingo de agosto en las Torres del Oeste, un conjunto fortificado del siglo IX que es uno de los legados arqueológicos más importantes de Galicia y que durante siglos resistió el ataque de ejércitos. A este evento que se celebra desde 1960, acuden miles de personas de todos los rincones del mundo y bien lo merece. Hordas vikingas atacando las costas de Catoira a bordo de una réplica de un barco del siglo XI (y otras naves bárbaras) mientras los romanos aguardan en la orilla con rodillas temblorosas, a que los dicharacheros atacantes les caigan encima. Es, sencillamente, maravilloso. Como mensaje a los críticos y aguafiestas, este desembarco vikingo fue declarado de Interés Turístico Internacional (léase bien: INTERNACIONAL) en 2002.

Llegados a este punto, es obligatorio hablar de una de las fiestas más odiadas a la vez que queridas de nuestro país: la Tomatina de Buñol, localidad situada en Valencia, que es, posiblemente, una de las más conocidas a nivel internacional. Del nivel nacional ya no hablo, porque si vives en España y no conoces esta fiesta, es probable que vivas en lo alto del Monte Perdido y solo bajes para ver la final de Masterchef y claro, son eventos que no coinciden en tiempo y espacio. La Tomatina se celebra el último miércoles del mes de agosto (este año será el día 26) y congrega a miles de personas dispuestas a pasar un buen rato de risas y diversión a base de tomatazos. A las once suena el disparo que indica el inicio de la lucha, y al fondo de la calle aparece el primer camión cargado con la “munición” (tomates) anunciando su entrada con la bocina. Los que van en el remolque empiezan a lanzar los primeros tomates. Por fin, el vehículo se detiene y suelta su carga, es entonces cuando la multitud se abalanza para aprovisionarse de “balas” y, en pocos segundos, todo se tiñe de rojo. Uno tras otro, van llegando camiones con tomates hasta llegar a las 120 toneladas que se suelen lanzar antes de que se produzca el segundo disparo que señala el fin de la Tomatina. La batalla de tomates dura solo una hora, pero se ha convertido en una de las imágenes festivas más internacionales de España. El origen de esta multitudinaria “batalla” de tomates se remonta a una pelea juvenil sucedida en el año 1945 y, desde entonces, no ha dejado de celebrarse. Como consecuencia de la popularidad adquirida en los últimos años, se ha establecido un aforo máximo de 22.000 personas y se cobra 10 euros por entrar en el recinto. Este municipio recibe 40.000 visitantes durante sus fiestas; destaquemos que su población habitual no llega a los 10.000, por lo que podemos hacernos una idea de lo que significa la Tomatina en términos económicos para este municipio; a la misma acuden visitantes de Corea, Japón, China, Francia, Reino Unido, etc. Para un pequeño pueblo de apenas 10.000 personas, no está nada mal.

Esta lista de fiestas no es exhaustiva, hay muchas más, todas divertidas e interesantes si nos remontamos a sus orígenes. Estas celebraciones que nos parecen tan estúpidas, cumplen varias finalidades: a nivel turístico sitúan la localidad en el mapa y atraen visitantes… Y ya sabemos que los visitantes, suelen traducirse en ingresos por una sencilla regla de tres. A nivel social, crean una oportunidad de afianzar y unir a la comunidad local. Y a nivel lúdico, proporcionan un buen rato a los participantes. Aunque solo fuese por esto último, ya merecería la pena que se celebrasen. Así pues, ¡oh, cuñado! la próxima vez que critiques estos acontecimientos aludiendo a su estulticia y vaciedad, dale una segunda vuelta y piensa en los beneficios que pueden generar en la población que los acoge.

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