Fue el dominico Alonso de Ojeda quien convenció a la reina Isabel de la conveniencia de crear un tribunal para erradicar las prácticas judaizantes. Pedro González de Mendoza, y de otro dominico, Tomas de Torquemada, corroboraron las sospechas de Ojeda. Así fue como, en 1478, se fundó el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

La Inquisición fue definitivamente abolida el 15 de julio de 1834 a propuesta del Presidente del Consejo de Ministros, el liberal Francisco Martínez de la Rosa.

Pero en España el espíritu (y las prácticas) del Santo Oficio no se han ido nunca del todo y vuelven, como la burra, al trigo a la primera ocasión, aunque todas aquellas miserias parecieron desaparecer para siempre a manos de la Constitución democrática de 1978, la primera aprobada mediante un consenso vivificador.

Sin embargo, no tardaron en reaparecer las viejas querencias justicieras e inquisitoriales de la mano del escándalo mediático y judicial.

¿Pero qué es el escándalo mediático-judicial?

Los actores de ese “procedimiento” dicen pretender la condena pública de una infracción y su objetivo es la restaura­ción del orden roto. Al mismo tiempo, pretenden también llevar adelante un proceso que conduzca a una condena.

Un buen escándalo exige para sí la presencia de fiscales, jueces y abogados. Amén de policías, detenciones y registros espectaculares con la presencia masiva de todo tipo de medios de comunicación para que contemplen al reo, antaño tenido por persona respetable, maniatado y escarnecido. Antes de cualquier otra cosa el escándalo busca el espectáculo y después acabar definitivamente con la presunción de inocencia, con el derecho al honor, a la privacidad, etc.

El artículo 520 de la vigente Ley de Enjuiciamiento Criminal dice: “La detención deberá practicarse en la forma que menos perjudique al detenido en su persona, reputación o patrimonio”. ¿Con qué derecho, pues, ciertos funcionarios pisotean sistemáticamente el citado artículo? (y no digamos las mangas y capirotes que esos funcionarios hacen del artículo relativo al secreto sumarial) sin que nunca les pase nada. Que se sepa, jamás se ha abierto una sola investigación en pos de empapelar y juzgar a tanto filtrador como existe en los Juzgados y en la Policía.

La crisis y sus destrozos sociales, junto a esas trapacerías llenas de cuentas millonarias en el extranjero (Bárcenas, Pujol, Granados…), compusieron una materia más explosiva que la nitroglicerina… que no tardó en estallar… y aparecieron los “regeneradores” y bajo ese síndrome no se tardó en importar de Italia los “Grillos”. Los tonos, los discursos, los odios y las “limpiezas étnicas” llevaron en derechura a la instalación de una renovada Inquisición.

Uno de los más graves problemas que afectan hoy a la política española se ha producido a causa del evidente deterioro profesional de los actuales representantes en las distintas instituciones, tanto del PSOE como del PP: Gobierno, Alcaldías, Diputados, Concejales, etc., etc. Baste contemplar los curricula de los actuales ocupantes de esos puestos con los homónimos de hace treinta años para comprobar ese deterioro. Un deterioro que también se detecta viendo, simplemente, que la mayor parte de los actuales representantes políticos no han cotizado jamás (fuera de sus partidos) a la Seguridad Social por cuenta propia o ajena.

Todo lo cual reclama una solución que no puede ser otra que la renovación mediante la entrada en esos cargos de personas con sus vidas ya hechas antes de ocuparlos.

¿Y quién estaría dispuesto a tomar esa opción para convertirse, ipso facto, en sospechoso y perseguido por la nueva Inquisición? ¿Quién dejaría un puesto seguro y/o relativamente bien remunerado, al que quizá le esté vedado volver (las “puertas giratorias”, ya se sabe, las prohíbe el Nuevo Santo Oficio), para recibir un sueldo que no se compadece con las responsabilidades públicas que esa persona ha de asumir? Pues, en efecto, bajar los sueldos de los “políticos” es uno de los mensajes más demagogos y destructores de cuantos lanza hoy la nueva Inquisición.

Si alguien cree que el Nuevo Santo Oficio va a traer de la mano la “regeneración” política, que espere sentado, pues del odio y de la demagogia nunca salió nada bueno.