La frase que encabeza esta crítica de la última entrega de la saga Terminator no solo es uno de los momentos más inspirados de un guion que funciona mejor cuando más metarreferencial se pone, sino un pequeño resumen de los defectos y virtudes de la película: Terminator. Génesis es directamente ininteligible para cualquiera que no haya visto (que no tenga frescas, me atrevería a decir) las otras entregas de la serie, especialmente las dos primeras; pero si entra en ese juego de espejos que propone Génesis se llevará unas cuantas sorpresas, varios puzles de viajes en el tiempo y realidades alternativas y un refrescante cargamento de diversión intrascendente para iniciados.

Terminator. Génesis. Alan Taylor 2015

Terminator. Genesis arranca replicando la primera entrega desde unas horas antes de su inicio: una precuela inmediata del clásico de 1984 que, cuando se cruza con su modelo, juega al despiste. Un Schwarzenegger joven y desnudo se cruza con los punks, los primeros humanos con los que se encontraba al viajar al pasado. Pero ahí acaban las coincidencias. La realidad que conocíamos se bifurca en un sorprendente giro de impecable magnetismo conceptual, y no será el único: el 1984 de Terminator. Génesis es distinto al de la primera Terminator, y tanto Sarah Connor y Kyle Reese, su supuesto rescatador, como un avejentado Terminator encarnado por el Schwarzenegger de hoy parecen divertirse con el desconcierto del espectador. Toda Génesis, de hecho, es así: un simpático codazo-codazo-guiño-guiño en el que la apasionada historia de amor transtemporal de la Terminator se ha convertido en una screwball comedy con actores mucho menos carismáticos (el combo Linda Hamilton-Michael Biehn no es algo que se pueda igualar así como así). Y no solo a la primera Terminator lanza Génesis homenajes indiscriminados: el cyborg como una figura paterna (de manera más acertada a como lo hizo el James Cameron más amante de los subrayados locos de la segunda parte), las disquisiciones sobre la inevitabilidad del futuro de la tercera o la figura mesiánica y algo adiabolada de John Connor de la cuarta. Génesis, de todos modos, parece atender sobre todo a las dos entregas dirigidas por James Cameron -y es una pena: la cuarta era un desastre, pero la visión de cómo se generó el Día del Juicio de la tercera entrega era estupendo-, y el fan más tradicional puede respirar tranquilo en ese sentido: Génesis es una película, aunque ligera y humorística por momentos, respetuosa con su legado.

Génesis no es una película ni remotamente perfecta: su desesperada intención de ser el arranque de una nueva trilogía deja tantas preguntas sin responder que más de un espectador se sentirá estafado. Su fobia al progreso no es épico como en la segunda parte, satírico como en la tercera o bienintencionado como en la cuarta, sino directamente conservador y reaccionario. Las referencias a la deshumanización de nuestra especie parecen salidos de un debate matutino de expertos entre resúmenes de Gran Hermano. Y Kyle Reese es un desastre, un mendrugo, un alcornoque. Sin embargo, hay escenas de acción extraordinarias (la del autobús escolar, toda la huida del Terminator de metal líquido del inicio), Schwarzenegger está entonadísimo, el humor juega con tópicos de la ciencia-ficción muy bien traídos y hay alguna que otra disquisición sobre realidades alternativas y la inevitabilidad del desastre futuro que perdurarán en el canon de la ciencia-ficción apocalíptica moderna. Hace tiempo que las películas de Terminator asumieron su imposibilidad de replicar el impacto cultural de las dos primeras entregas: una vez asumido que la réplica y la parodia son sus mejores armas en estos tiempos clónicos que vivimos, Terminator. Génesis se perfila sin problemas como un entretenimiento veraniego más que decente.