Ayer fue Jim Carrey quien se convirtió en trending topic en Twitter por sus chaladuras sobre la toxicidad de las vacunas que van a ser obligatorias en California, y los expertos saltaron oportunamente para desmentir sus memeces. Pero el mismo día se publicaba un texto que nos pilla más cerca. Se trata de un artículo publicado en el blog de Ahora Madrid sobre los motivos que, supuestamente, les llevan a convertir a Madrid en una “zona libre de transgénicos”.

Afortunadamente, los comunicadores científicos del país no han fallado en su deber de desmontar este tipo de argumentos poco argumentados a medida que se van publicando.

En Hipertextual, Ángela Bernardo escribe un concienzudo recopilatorio de opiniones científicas sobre la materia que podríamos resumir en “paparruchas”. Me quedo con esta opinión de Jorge Barrero, director general de la Fundación Cotec y antiguo director adjunto de la patronal biotecnológica Asebio: “No hay argumentos científicos, ni se me ocurre ningún motivo más allá del exhibicionismo de creencias, que no de ideas, para incluir esta medida en un programa electoral municipal“.

La opinión de los científicos es muy simple: incluso aunque sean sólo declaraciones sin impacto jurídico, para la parte de la población que tiene a Ahora Madrid como referente moral, se está generando una desinformación severa que amenaza de forma severa a medio y largo plazo la investigación sobre la materia en España. Afortunadamente, ha habido un movimiento casi unánime para gritar el equivalente del eppur si muove antes de que opiniones sin más fundamento que las de los chemtrails sigan expandiéndose como un tumor.

En todo caso, este “brindis al sol”, como lo define J.M.Mulet en Naukas, no es exclusivo de Madrid. Otras regiones con distintas opciones políticas como País Vasco, Canarias, Asturias y Baleares han hecho este tipo de declaraciones, y en Europa es una posición muy predominante. Lo que demuestra que la ignorancia no tiene ideología.

En Europa hemos tratado a los transgénicos como al demonio, cuando en otros países se están utilizando con una normalidad que les está haciendo ganar en eficacia y competitividad. Aquí apenas los utilizamos y, cuando lo hacemos, no tienen absolutamente ningún riesgo, incluso si estás convencido de que son malos, en tanto que sólo están aprobados para el consumo animal y es imposible el traspaso al resto de la cadena alimentaria. Sin embargo, es popular criticarlos y basta con eso, tengan pruebas o no. Es como permitir que los tripulantes más magufos de la nave del misterio de Iker Jiménez escriban los libros de texto de nuestros hijos. “Es que a los científicos los tiene a todos a sueldo la empresa malvada x” es el argumento imbécil más repetido por el gran libro de Petete de las pseudociencias.

La raza humana lleva modificando genéticamente las semillas desde que practica la agricultura; simplemente ahora lo hacemos mejor. Nuestra actitud hacia los transgénicos, a pesar de que jamás se ha documentado un caso de intoxicación debida a su uso (algo de lo que no puede presumir la agricultura llamada ecológica) es el equivalente a que Europa nunca hubiera desarrollado la tecnología GSM, perdiendo la gran oportunidad que supuso, por miedo a los agoreros que hablaban de cómo las antenas producen cáncer.

Estudiemos los transgénicos, etiquetémoslos si hay una demanda social para hacerlo, seamos todo lo cautos que haga falta. Pero una cosa es ser cuidadosos en la piscina y otra muy distinta quedarse en el borde, acongojados, en pleno verano, mientras los otros niños se divierten. Si ya somos incapaces de nadar como el resto, al menos refresquémonos un poco aferraditos al borde.

el texto de ahora madrid

En Europa, cada vez más ciudades, regiones y municipios se declaran Zonas Libres de Transgénicos en la Unión Europea. En España, País Vasco, Canarias, Asturias y Baleares lo son. La UE permite a los estados y regiones prohibir el cultivo de nuevos OMG en su territorio.

Pero… ¿qué significa esto? Las Zonas Libres de Transgénicos son espacios donde no se permite el cultivo de variedades transgénicas, ni se admiten alimentos manipulados genéticamente, y se promueven medidas activas con el uso de Organismo Modificados Genéticamente (OMG) en la agricultura y alimentación.

España es el mayor productor de la UE del único cultivo autorizado con fines comerciales y que se destina a alimentación animal, el maíz Transgénico MON810, que se cultiva en las zonas de Cataluña y Aragón.

Pero, ¿por qué?

Los cultivos transgénicos suponen un riesgo para el medio ambiente y para la salud. El cultivo de transgénicos ha provocado un aumento masivo del uso de herbicidas en los últimos 16 años, y el glifosato (un herbicida no selectivo de amplio espectro) se encuentra dentro de las plantas transgénicas, lo que lleva a su detección en personas. La contaminación genética también está probada: el viento y los insectos dispersan el polen y contaminan los cultivos no transgénicos.

Los transgénicos suponen una amenaza para un modelo de agricultura y alimentación más sostenible. Francia prohibió hace años el cultivo de maíz transgénico, pero en España su cultivo se ha incrementado un 30% en este año.

La normativa del etiquetado de la UE exime de la obligación de etiquetar los derivados de animales que han sido alimentados con piensos transgénicos, y estos entran en la cadena alimentaria. Por supuesto, Madrid no tiene la capacidad legislativa para modificar la normativa, pero la declaración de zona libre de transgénicos constituye un método de información a la sociedad y presión a las autoridades responsables.

Independientemente de los efectos que los cultivos transgénicos tienen sobre la salud, está sobradamente probado su impacto en el medio ambiente. En numerosos estudios se ha demostrado la relación de los agrotóxicos con malformaciones genéticas, tumores y otras enfermedades (ver PDF). El uso de agrotóxicos es perjudicial para el ecosistema ya que el suelo absorbe el producto filtrándolo a acuíferos, ríos y completando el ciclo, además afecta a otros animales parte del ecosistema. Para las poblaciones que viven cerca de las plantaciones ya que ven su entorno fumigado, sus cosechas y agua contaminada. Es perjudicial también para las y los consumidores ya que los productos llegan a la cesta de la compra infestados de pesticida.

No estamos en contra de biotecnología sino de la liberación de agrotóxicos en el medio ambiente y su aplicación en la industria alimentaria donde ha quedado probado su ineficacia para la mejora de los alimentos y el medio ambiente y el hambre en el mundo. La privatización de las semillas por parte de multinacionales como Monsanto o Syngenta supone adueñarse de algo que es el bien público más esencial. Lejos de acabar con el hambre, mercantiliza los ciclos de producción naturales y empobrece a quienes producen, quienes se ven obligados a someterse al dictado de las multinacionales que buscan su máximo beneficio.

La producción de transgénicos está ligada también a la explotación de monocultivos en países como Argentina, Paraguay y Brasil. dichos monocultivos son los responsables del grave daño a la biodiversidad que sufren estas áreas del planeta: deforestación, contaminación, extinción de especies y desplazamiento de comunidades de población que ven eliminados sus derechos a la tierra, vivienda y abastecimiento. La introducción de los transgénicos supone la total mercantilización de la vida por parte de multinacionales. Ahora Madrid no quiere ser cómplice de esta usurpación de la tierra ni del deterioro del medioambiente ni de las prácticas en detrimento de la salud en ninguna parte del planeta. No queremos una mayor mercantilización de la vida ni apoyar ejercicios que se basan en la lógica del beneficio de unos pocos por encima del bien común.

Defendemos que Madrid sea una ciudad libre de transgénicos porque pensamos que los municipios y regiones tiene que tener derecho a decidir si los transgénicos pueden o no ser cultivados en su territorio, la ciudadanía debe ser informada sobre lo que consume, qué características tiene, de dónde procede y cómo se ha obtenido, para llevar a cabo un consumo responsable y sostenible.

Imagen | Flickr – Miran Rijavec