El iPhone 6 es un buen teléfono, puedo garantizarlo. Desde octubre hasta hace un mes ha sido mi compañero en el día a día, hasta que finalmente el curvilíneo Galaxy S6 me hizo cambiar de dispositivo. Pero soy un periodista que escribe de tecnología y al que las marcas le prestan los teléfonos. Los diputados valencianos los compran (se los regalan) recurriendo a unas arcas cada vez más vacías.

Puede que este volumen de gasto sea el chocolate del loro, pero no deja de ser simbólico. En España la cuota de mercado del iPhone está en el 7,5% según los últimos datos trimestrales facilitados por la consultora Kantar Worldpanel. Los diputados valencianos se están colocando en el 7,5% de la población que puede comprarse un iPhone y están optando, por definición, por operar con un sistema diferente al que usan el 90% de los españoles. Por más que desde que salió la noticia los interesados hayan puesto paños calientes y recordado otras medidas de ahorro, si la medida ha tenido tanto eco es porque mucha gente sabe que no puede permitirse lo mismo que sí le van a dar a sus representantes. Llámalo envidia, si quieres. Pero una muy razonable.

El iPhone es un terminal aspiracional, lo que se demuestra por cosas como que se trata del producto más buscado en portales como segundamano.es. Algo que, por cierto, también juega a favor de uno de los argumentos de los servicios técnicos de las Corts: la excelente durabilidad y buen servicio técnico de los productos de Cupertino. Pero es que si uno de los teléfonos más caros del mercado no dura mucho y funciona bien, apañados vamos.

Pero la clave no es ésa. Está en el lujo, en el capricho de presumir de que tienes lo mejor y no lo segundo mejor. Vivimos en la España que se compró a puñados los Porsche Cayenne metidos de rondón en la hipoteca cuando los albañiles cobraban 3.000 euros. Sabemos una cosa o dos sobre caprichos. Insisto: no se trata de criticar al dispositivo. De hecho, el iPhone 6 ha resuelto muchos de los problemas que a lo largo de los años me habían alejado de la marca, como el tamaño de la pantalla o la posibilidad de utilizar distintos teclados al que viene de serie. Ahora, ciertos aspectos como la estabilidad del sistema y la sencillez me parecen argumentos mucho más poderosos. ¿Pero tan simples son nuestros representantes como para necesitar un sistema operativo simple? ¿Tan cutres que no van a saber cuidarlos en condiciones? ¿Tantas ventajas incorpora frente a otros terminales del mercado? ¿Necesitan hacerse los mejores selfies de la Cámara?

Fiabilidad y estabilidad son rasgos que son parte de Apple, eso es innegable, pero en muchas empresas la solución de compromiso suele ser ponerle teléfonos con Android a los trabajadores y dejar los iPhone como capricho para los jefes. Como los Audi o BMW en las flotas de coches de empresas. Samsung, por ejemplo, tiene la solución Knox para dispositivos de empresa, que sin duda se puede adaptar a las condiciones de cualquier concurso de la administración.

En todo caso, un diputado puede necesitar un teléfono de empresa para hablar, para revisar sus correos, o para jugar al Candy Crush. Nada que requiera de una certificación de la NASA o que no se pueda hacer con un dispositivo con un precio más ajustado.

¿Quién ha sido la gran vencedora en todas esta historia? Sin duda alguna, ha sido la valenciana MyWigo, que monta sus teléfonos en China y que ha conseguido colar su nombre en todas las informaciones sobre el concurso valenciano de telefonía, afirmando que podría prestar los mismos servicios por cinco veces menos dinero. Y ahí ya tengo mis dudas, porque una cosa es evitar que los diputados tengan un Porsche y un iPhone, y otra muy distinta es dejarles con un Lada y un N95.