Me gusta la música, pero no como a los protagonistas de Alta Fidelidad, de Nick Hornby. En realidad, de adolescente siempre me avergoncé un poco de mis variopintos gustos y, aún hoy, mi playlist de Spotify es caótica e impulsiva. Disfruto igual con Woodkid que con Lorde, con Yngwie Malmsteen que con Gnarls Barkley, con Fun que con Janelle Monae o Eminem. Pero no suelo conocer canciones que no hayan sido singles o, en su defecto, que no hayan aparecido en una película, una serie o un videoclip.

Si estuviésemos hablando de videojuegos yo sería un ‘casual gamer’, un picoteador, un diletante bisoño. Ni en los tiempos antes de Napster me compré más que un par de discos al año, y a regañadientes. Fui un niño de la generación de grabar en VHS los vídeos musicales de la tele que parían estrellazas como Michel Gondry, Spike Jonze, Chris Cunningham o Mark Romanek (que acaba de descolgarse, por cierto, con el enorme Shake it off, de Taylor Swift).

Y, pese a todo, pago casi 120 euros al año por Spotify.

Apple Music o Tidal, los imitadores del modelo de música en streaming que le han salido a Spotify en los últimos meses, son una tentación para muchos usuarios. La propia Taylor Swift, la gran fugada de Spotify, ha confirmado que su último disco, 1989, estará en la plataforma de los chicos de Cupertino y no en la europea. ¿El argumento? Uno con el que resulta difícil estar en desacuerdo. “Hay que pagar a los artistas”.

La única pega que se me ocurre es que, sin Spotify, no existirían Apple Music o Tidal. El círculo verde, por mucho que quieras criticar su sistema de reparto de ingresos, sin duda mejorable, salvó la industria de la música de la piratería abriendo la puerta a todos los usuarios y haciendo de las descargas ilícitas un fenómeno irrelevante. ¿Quién va a descargar canciones cuando tienes el mundo de la música entero en tus manos?

Quizá Spotify no habría salido al mercado de no ser sueca, porque la idea se le podría haber ocurrido al mismísimo Olof Palme. El grueso de los usuarios de la plataforma escucha las canciones de forma gratuita a cambio de tener que soportar inserciones publicitarias que no dejan mucho dinero. Si quieren disfrutar de la música en el móvil, se ven obligados a escuchar temas de forma aleatoria sin un control real de la experiencia. A cambio, la empresa realmente gana dinero gracias a usuarios premium que están dispuestos a pagar por una experiencia relativamente superior.

Es el modelo de la redistribución aplicado a la música. Pero con una variante importante: la economía tradicional no tiene nada que ver con esto.

Uno de los principales problemas económicos es la gestión de la escasez. Y aquí no existe escasez. Las canciones son un commodity que no tiene valor intrínseco. Bits infinitos a disposición de cualquiera con una conexión a Internet. Ni siquiera tuvieron nunca el mismo problema de las películas en alta calidad: puedes meter cualquier discografía, por mucho síndrome de diógenes musical que tengas, en casi cualquier dispositivo.

Spotify no hizo que la música fuese gratis. Creó una experiencia gracias a la cual algo que ya era gratis volvió a tener algún valor.

El problema es que ciertas empresas se dieron cuenta de que parte del negocio era muy rentable. Pero sólo una parte. Por supuesto que puedes pagar más a los artistas si sólo ofreces un producto de pago para gente que puede permitírselo y esquivas a los usuarios gratuitos. Yo podría pagar el mismo dinero a Apple del que pago ahora y contar con el catálogo de Taylor Swift. No estaría haciendo mal a nadie, ¿verdad?

¿Verdad?

El problema es que Spotify funciona como un ecosistema. Como el Amazonas, si quieres verlo así. Es raro que todavía exista, y si metes demasiado la mano probablemente termines por destruir mucho más de lo que esperabas.

La situación me recuerda al proverbio del clavo, sabiduría popular recopilada por George Herbert.

Si Apple Music erosiona los ingresos premium de Spotify, estará parasitando a los clientes rentables que hacen viable (apenas), el modelo para el resto de usuarios. Si Cupertino paga mucho más a los artistas habrá muchos que (con toda lógica) optarán por hacer un Swift y Spotify se vaciará de contenido. Con menos dinero y menos canciones, perderá progresivamente relevancia y se enfrentará a la extinción.

Y entonces, cuando algunos ya canten victoria pensando en que por fin se pagará con justicia a los artistas, veremos pasar una sucesión de cosas a gran velocidad. La primera es que todos los usuarios gratuitos volverán a la piratería en masa y que se desarrollarán herramientas mucho mejores para que lo hagan, probablemente parecidas a Spotify. Si no está pasando, es porque la fórmula Spotify hace que sea innecesario. El segundo, es que todos los usuarios de pago dejarán de pagar porque ni quien tiene mucho dinero está dispuesto a pagar por algo que, como todo el mundo sabe, es gratis.

Y así se perdió todo un reino, todo por falta de un clavo.