“ Siempre recuerdo ese día horrible en el que corrí de la vida a la muerte”.

Son las palabras que esta semana ha pronunciado Kim Phuc, la mujer que protagonizó una de las imágenes más famosas de la Guerra de Vietnam hace 43 años, cuando el mundo se conmovió al ver a una niña desnuda de 9 años corriendo por una carretera, con el cuerpo quemado, muerta de miedo y huyendo de una muerte segura a causa del bombardeo de un avión estadounidense. Esa niña del napalm, que fue sometida a 17 operaciones de injertos de piel, es hoy una mujer de 52 años, una activista que trabaja por la paz y a favor de las víctimas de la guerra. La convirtieron en un símbolo nacional de la guerra y dedicó su vida a luchar contra ella.

43 años más tarde de esa imagen y del germen de ese recuerdo, sigue habiendo personas que corren de la vida a la muerte, como la de ese hombre de mediana edad vestido con un bañador azul cuyo cadáver aparece boca abajo sobre la arena de una playa tunecina de la localidad de Sousse atacada este viernes por el Estado Islámico. Y el resto del mundo le contempla, mientras seguimos haciéndonos la misma pregunta que el científico y escritor francés, Blaise Pascal, planteó hace casi 400 años: “¿Puede haber algo más ridículo que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita al otro lado del agua y porque su príncipe tenga una querella con el mío aunque yo no la tenga con él?” . Difícilmente lo habrá, pero la afición al ridículo parece una moda de proporciones mundiales y que no aspira a ser pasajera.

Hace 48 horas, el mundo volvió a ver como personas que podíamos ser cualquiera de nosotros caminaban de la vida a la muerte: un atentando islamista en Francia, en una empresa de gas industrial cerca de Lyon con la macabra decapitación de un hombre , otro ataque terrorista en un complejo turístico en Sousse, Túnez, una bomba en una mezquita de Kuwait y otro atentado en una base militar de Somalia. Es como si la historia de la humanidad fuera una continua guerra, con algunos periodos de descanso, algo que ya elucubró Immanule Kant al reconocer que “el estado natural de los hombres no es de paz, sino de guerra; cuando no de guerra abierta, de guerra que puede estallar en cualquier momento”.

Las guerras no empiezan ni acaban. Todas dejan heridas abiertas para siempre, por mucho tratado de paz que firmen unos señores trajeados, utilizando plumas de marca para la rúbrica y posando sonrientes para los fotógrafos.

Hay muchas maneras de mantener viva una guerra, quizá no de manera incendiaria pero sí de una forma durmiente y silenciosa

Hay muchas maneras de mantener viva una guerra, quizá no de manera incendiaria pero sí de una forma durmiente y silenciosa, como lo hace un cáncer en un proceso de metástasis con consecuencias letales. Y ésta última manera es casi la más peligrosa. Éste es el caso del terrorismo islamista. Durante siglos, se ha estado cocinando a fuego lento una receta de venganza y de odio que ha terminado por estallar. Pero esta guerra no empezó el 11-S en Nueva York, ni el 11-M en Madrid ni el 7 de julio en Londres. Esta sinrazón, ajena totalmente a cualquier ideología y religión, comenzó siglos atrás. La mecha ha estado ahí, impregnada de gasolina, esperando al incendiario de turno que la prendiera en cualquier lugar. Una guerra puede empezar a gestar una batalla en el vagón de un metro de la línea 6 del metro de Madrid. Allí una española , Raquel Burgos, conoció a un hombre que llevaba años preparándose para el papel de su vida. Se llamaba Amer Azizi y lejos de ser el gran amor de la vida de la madrileña que soñaba con ser periodista y corresponsal de guerra, era en realidad un líder de Al Qaeda, para muchos el ideólogo del 11-S y del 11-M. Su gran virtud no era el amor, como se empeñaba en hacer creer a Raquel, sino la paciencia. No tenían prisa en conseguir su objetivo: “Volveremos a la senda de Alá, reinstauraremos el Califato, todos los países ampararán regímenes musulmanes y tendremos una sociedad perfecta regida por la Sharia, liberaremos los lugares sagrados del islam colonizados y ultrajado por Occidente”. Su verdadera conquista no era amorosa, sino silenciosa, desde dentro, de forma camaleónica. Seguramente leyera a Adolf Hitler: “Desmoralizar al enemigo desde dentro, por sorpresa, terror, sabotaje, asesinato. Esta es la guerra del futuro”. Y el futuro ya está aquí, y con él, los incendiarios.

Para prender la mecha se justificarán en lo que tengan más a mano. Una sura del Corán les servirá. “Preparad contra ellos todas las fuerzas y guarniciones de caballos que podáis, así atemorizaréis a los enemigos de Alá”. Aleya 61, sura 8 del Corán. Da lo mismo que lean en el Corán 2:256 : “No cabe coacción en asuntos de fe”. Ellos lo tergiversaran lo suficiente para interpretarlo de la manera que mejor que les convenga. Siempre encontrarán una justificación y si no, la fabrican. Mañana lunes 29 de junio , se cumple un año de la declaración del Califato del Estado Islámico y los descerebrados de los que hablaba Voltaire cuando decía que “lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace 
bendecir sus banderas e invocar 
solemnemente a Dios antes de 
lanzarse a exterminar a su prójimo” , decidieron celebrarlo en pleno viernes de Ramadán. La manera da igual: un terrorista suicida, una bomba en un centro turístico, una jaula en llamas, un cuchillo cortando la garganta del infiel. Albert Einstein lo tenía más claro. “No sé con qué armas se luchará en la tercera guerra mundial, pero sé con cuales se hará en la cuarta: arcos y flechas”. Vamos camino de ello.

El escritor Alexander Solzhenitsyn, que sufrió el Terror Rojo de Stalin y que pasó una larga temporada en el gulag, creía que la próxima guerra , bien puede enterrar para siempre la civilización occidental”. Dudo que el autor del extraordinario libro “Archipiélago Gulag” conociera a Eleanor Roosevelt pero habría estado de acuerdo con ella cuando dijo que Nadie ganó la última guerra, y nadie ganará la próxima”. Quizá todo sea cuestión de leer más aunque sea porque solo hay dos maneras de curar el fanatismo: viajando más y leyendo mejor.