La semana pasada y gracias a la taquillera película “Ocho apellidos jurásicos” empezamos a desenterrar los huesos de los pioneros en eso de localizar dinosaurios. Seguro que recordarás la historia de la joven Mary Anning , una gran olvidada en la búsqueda de los primeros fósiles. ¿Pensabas que me costaría encontrar otro secundario? Para nada. Y su historia es tan patética que merece la pena ser recordada.

Antes de decir su nombre quiero que pienses un poco [un poco, venga]. Puede que en un futuro nos encontremos con seres inteligentes de otros planetas, puede ser. Si finalmente ocurre abrirá un gran debate religioso y teológico [entre otras preguntas como si nos defendemos o les atacamos], ya que habría que explicar de nuevo las preguntas básicas en las que se basa cualquier religión como la creación del hombre y esas minucias. Pues eso ya ocurrió. Pero no pensando en el futuro, sino en el pasado. El descubrimiento de que hubo especies de animales que se extinguieron antes de la existencia del hombre fue una revolución, un cambio en las reglas de lo establecido. ¿Cómo se podía compatibilizar la idea de un Dios de todas las criaturas de la Tierra junto con la idea de la extinción? Todavía alguno lo achacaba a que fueron animales que no entraron en el arca de Noé [claro, elmegalosauro no cabía en la bodega] y por eso se ahogaron, y otros los veían como ejemplo del pecado original y su serpiente [si hubieran aparecido fósiles de manzanas, todavía]. Los más, veían en aquellos huesos gigantes la prueba irrefutable de la existencia de dragones [los Targaryan estaban seguros]. Pero no. Alguien tenía que darse cuenta de lo que había ocurrido. Y ese alguien es nuestro secundario de hoy.

GUIDEON ALGUERNON MANTELL (1790-1852) era un médico rural en la región inglesa de Sussex. No está aquí por sus virtudes. Según cuentan las crónicas de la época, Mantell fue lo que ahora bautizaríamos como un loser. Vanidoso, egoísta, no se ocupaba de su familia… Evidentemente se casó con una mujer más perspicaz que él, y en realidad ella fue la que hizo el gran descubrimiento.

Empecemos. A Mantell le encantaban los fósiles, había seguido los pasos de nuestra querida secundaria de la semana pasada y no perdía ocasión para buscarlos, extraerlos y almacenarlos. Por supuesto, contagió su curiosidad a su mujer. Ella, un día en el que su esposo estaba pasando consulta, se tropezó en su paseo matutino con una piedra marrón curvada del tamaño de una nuez. Pensó que sería un fósil y se lo llevó a su marido.

Mantell, y esto hay que reconocérselo, enseguida vio que era algo especial. Tras estudiarlo llegó a una conclusión audaz: se trataba de un diente de un animal herbívoro, un reptil de varios metros y del periodo cretácico. Acertó en todo, pero nadie le iba a creer, porque eso que estaba describiendo no existía. Ya se hablaba sí de animales marinos, pero nunca de bichos terrestres.

Le pidió ayuda al reverendo William Buckland, aficionado también a la captura de fósiles, que le aconsejó que se lo tomara con calma ya que suponía una gran revolución. Mantell se pasó tres largos años estudiando aquel diente. Un día, otro investigador amigo le dijo que se parecía mucho a los de un animal que estaba estudiando: la iguana de Sudamérica. De verdad se parecía, así que aquel animal que estaba estudiando y del que sólo tenía un diente se pasó a llamar IGUANODONTE, cuando en realidad no tenía nada que ver con la apacible iguana.

Mantell preparó un detallado informe para presentar a su animal en sociedad, pero justo antes de hacerlo resultó que otra persona descubrió otro dinosaurio

Mantell preparó un detallado informe para presentar a su animal en sociedad, pero justo antes de hacerlo resultó que otra persona descubrió otro dinosaurio. Se trataba del MEGALOSAURIO, y esa otra persona que pasó a la historia como el primero en describir un dinosaurio completo fue el reverendo Buckland. Sí, el mismo que tres años antes le había pedido que se tomara su tiempo para investigar aquel diente. La vida se reía de Mantell como Nelson de Bart Simpson [señalando con el dedo: “Ha Haa”].

De esta forma, William Buckland pasó a ser el descubridor oficial del primer dinosaurio, cuando en realidad nuestro secundario se lo merecía mucho más. A pesar del duro golpe, Mantell siguió buscando dinosaurios y publicando libros sobre ellos que ya casi nadie compraba. (Sus primeros libros sí que fueron exitosos, hasta el rey Jorge IV pidió cuatro ejemplares de uno de ellos. Los fósiles estaban de moda). Se arruinó y su mujer, la que encontró el diente que le cambió la vida, se largó con sus cuatro hijos. Y sin embargo, y aunque no te lo creas, su mala fortuna no había hecho más que empezar.

Y aquí surge otra figura potente, la del entonces joven y talentoso paleontólogo Richard Owen, que se cruzó en la vida de Martell para convertirla en un infierno [tampoco había que esforzarse mucho]. Owen cosechó gran prestigio entre los médicos de la época, se especializó en animales contemporáneos pero también extintos, y alcanzó gran fama gracias a los dinosaurios. De hecho, fue él que bautizó a aquellos animales como “dinosaurios” que por si no lo sabes significa lagarto terrible. Una doble mentira: ni eran lagartos y el tamaño medio de aquellas criaturas era como un perrillo [¿Spielberg sabía esto?].

Y es que su vida estuvo llena de falsedades, sobre todo porque se atribuyó descubrimientos e incluso cargos que no le pertenecían. Y con su poder e indiscutible talento persiguió a aquellos que le hacían sombra. Y ahí volvemos a nuestro Mantell. Nuestro descubridor del iguanodonte sufrió un grave percance. Se tropezó en un carruaje y fue arrastrado enganchado a las bridas de los caballos por las calles de Londres [que sepamos no le empujó Owen]. Su espalda quedó como el interrogante final de la pregunta que siempre se hacía: ¿Por qué a mí?

Owen, el malvado, aprovechó el mal estado físico de Mantell para eliminar de los archivos todas sus aportaciones, rebautizar especies descritas por nuestro poco afortunado secundario y finalmente rechazar todos los artículos que Mantell seguía escribiendo a pesar de su estado. Fue una especia de hacker de los archivos paleontológicos y a la vez un hater de aquellos que también tenían talento. Owen habría triunfado en twitter [al final de su vida, el malvado Owen también sufrió y se pasó al lado brillante de la vida, pero eso es otra historia].

No se sabe si por descuido o intencionadamente, Guideon Mantell perdió la vida tras una sobredosis de opio que tomaba para aguantar sus terribles dolores de espalda.

Y si crees que su desgracia acabó con su muerte vuelves a estar muy equivocado. Aquí van tres hechos que lo demuestran a modo de zarpazo de velociraptor.

-Se publicó una necrológica sin firmar en la que se minimizaba sus descubrimientos y su valor como paleontólogo. El texto tenía el estilo, nadie en la época lo dudó, de Richard Owen. ZAS.

-Su columna vertebral dañada se envió al Real Colegio de Cirujanos donde se expuso en el Museo Hunteriano al cuidado de, sí, lo has adivinado, Richard Owen. ZAS.

-Durante la Segunda Guerra Mundial, casi cien años después, una bomba alemana acabó con el museo y con la columna vertebral de Mantell. Y ZAS.

Pero quedémonos con algo positivo para acabar. Si hoy visitas Londres, puedes ser de los pocos que se acerque al sur de la ciudad, al distrito de Sydenham, para visitar el llamado Crystal Palace Park. Fue la primera colección del mundo de reproducción de dinosaurios a tamaño natural. En tiempos fue una de las atracciones más populares de la ciudad, y de hecho parece que fue el primer parque temático de la historia mucho antes de que se escribiera sobre la isla Nublar. Ahí está la firma inmortal de Mantell. Que las reproducciones no sean exactas, que midan el doble de su tamaño real, que el iguanodonte tenga el pulgar a modo de espolón en la nariz y que esté a cuatro patas cuando en realidad se apoyaba sobre dos, no nos debería importar demasiado [las películas también tienen muchos fallos]. Son construcciones de hormigón que se construyeron en el siglo XIX con la misma fascinación por aquellos animales que la que tenemos ahora. Esa fascinación que quizá algún día nos lleve a poder clonar alguno de ellos… ¿Qué podría salir mal?

PD: No puedo dejar de recomendar el libro Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Además de que me ha servido de guía en muchos pasajes [¡plagio, plagio!], el autor da muchos más detalles de aquellos primeros señores que dedicaron sus vidas a buscar lo que no se sabía que existía: dinosaurios. Lectura obligatoria. Y la semana que viene cerramos la trilogía jurásica.