“Los partidos políticos seguirán prohibidos hasta el pueblo diga lo contrario”. Estas bellas palabras fueron pronunciadas en 2007 por Su Majestad Mswati III, rey absoluto de un país, Suazilandia, cuya población carece de canales legales adecuados para expresar su opinión y que tiene el trágico honor de albergar el mayor porcentaje de casos de sida del mundo.

Según diversas fuentes, se estima que el 26 por ciento de los 1,2 millones de habitantes de este país, ubicado entre Sudáfrica y Mozambique, sufre sida o es portador del VIH. Entre las mayores afectadas destacan sobremanera las mujeres jóvenes. El 14 por ciento de las jóvenes de entre 18 y 19 años y el 31 por ciento de las que tienen entre 20 y 24 años son portadoras del VIH. Entre los hombres de las mismas edades, los porcentajes en ambos tramos son el uno y el siete por ciento, según revela un reportaje de la emisora Free Speech Radio News (FSRN).

Una de cada tres mujeres menos de 18 años sufre violencia sexual

Estos porcentajes, como era previsible, casan perfectamente con los datos del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) sobre la violencia sexual: una de cada tres mujeres suazis es víctima de alguna violación antes de cumplir los 18 años.

¿Lacra social? Sin duda. Pero el problema asciende hasta la cúspide misma del poder. Su Majestad Mswati III nació en 1968, cuatro meses antes de que Reino Unido concediera la independencia a Suazilandia. Segundo de los 67 hijos del rey Sobhuza II y único hijo varón de la reina Ntombi Tfwala (una de las 70 esposas de aquél), ascendió al trono en 1986, a los 18 años, cuatro años después de la muerte de su prolífico padre.

En septiembre de 2014, el rey Mswati III, de 46 años, contrajo matrimonio con una mujer, a la que los medios internacionales conocen como Naughty Sindi, pero que en realidad podría llamarse Sindiswa Dlamini.

La feliz nueva “reina” es una belleza de 19 años de edad a la que el monarca había elegido como esposa entre un grupo de miles de jóvenes vírgenes que habían sido obligadas a danzar semidesnudas delante de él en 2013, durante la celebración anual de la Danza de la Caña (Umhlanga).

 

 

Mediante este tan digno procedimiento, el rey ya tiene, contando a Naughty Sindi, catorce esposas, aunque algunas fuentes dicen que realmente son quince, una confusión excusable en un país en el que los matrimonios reales se consideran un secreto de Estado y en el que incluso se considera una falta de patriotismo hablar sobre la poligamia que reina en Suazilandia.

El 26% de la población es portadora del VIH, el mayor porcentaje del mundo. El Estado no tiene dinero para comprar antirretrovirales, pero sí para financiar palacios reales

De acuerdo con las leyes dinásticas suazis, corresponde a un consejo especial tradicional independiente llamado Liqoqo la elección de la Gran Esposa, cuyo hijo se convierte en el sucesor automático del rey. Aparte, un consejo nacional elige a otras dos (de los clanes Matsebula y Motsa) que ejercen funciones rituales especiales y cuyos hijos nunca pueden heredar el trono. La tradición establece que el rey solo puede casarse con sus prometidas cuando éstas quedan embarazadas y, por tanto, demuestren que pueden darle un hijo. El objetivo global es que el monarca se case con una mujer de cada clan para garantizar la unidad nacional, de ahí la fuerte raigambre de la poligamia en el país.

Con estos principios, todas las actuales esposas del rey llegaron a la alcoba real de la misma forma, después de haber sido sometidas al mismo derecho de pernada que el monarca se reserva sobre todas las jóvenes vírgenes de su país. Se estima que alrededor de 30.000 mujeres jóvenes participaron en la Umhlanga de 2012. Los medios del país, la mayoría de ellos pertenecientes a Mswati III, han escrito que “es muy natural” que un hombre de mediana edad se case con una virgen más joven que muchas de sus propias hijas (Mswati tiene más de veinte hijos, dos de los cuales, según la prensa sudafricana, tuvieron relaciones con la decimocuarta esposa del monarca).

Cuentan los medios internacionales (nunca los nacionales) que dos de sus esposas lograron escaparse hace años a Sudáfrica y que al menos una tercera había intentado huir y fue sometida por ello a arresto domiciliario. 

Los medios del país, en todo caso, nunca informan sobre el rey sin el permiso de éste. Cualquier persona del mundo, si lo quisiera, podría estar mejor informada sobre cualquier cosa que sucediera en Suazilandia mucho mejor que los suazis.

El régimen prohíbe los partidos y los sindicatos y califica de “terroristas” a los opositores

¿Y la oposición? ¿Qué hace la oposición? Se preguntaría cualquier ciudadano del mundo para quien esa pregunta tenga algún sentido. La oposición, sencillamente, está catalogada oficialmente como “terrorista” por el simple hecho de serlo y es, por ello, objetivo militar legítimo para las autoridades del pequeño rey de Suazilandia.

Según Frank LaRue, director del Centro Robert E. Kennedy de Derechos Humanos en Europa y relator especial de la ONU para la promoción y protector de los Derechos de Opinión y Expresión entre 2008 y 2014, en Suazilandia “están prohibidas las críticas a la familia real, los grupos sindicales y de derechos humanos no pueden registrarse legalmente, los partidos políticos están prohibidos y los activistas en favor de la democracia están acusados de terroristas”.

“Los jueces actúan al capricho del rey Mswati, con el resultado de un sistema judicial absurdo que nunca ha respetado un solo derecho humano básico en toda su historia”, añade LaRue en un artículo. En Suazilandia, el monarca nombra a todos los ministros, reúne en su persona los poderes ejecutivo y legislativo y ninguna ley puede ser aprobada sin su firma personal y la de su madre, la Indlovukazi (”Mujer Elefante”). Según expertos sudafricanos, el rey (de exquisita educación británica) sigue teniendo gran predicamento entre los sectores más tradicionalistas, sobre todo de las áreas rurales del país.

 

La bandera de Suazilandia

 

El 60% de la población vive con menos de un dólar al día; el rey dispone de una fortuna personal de 200 millones de dólares

Toda esta regia superestructura da cobertura legal a un orden de cosas en el que el treinta por ciento la población padece malnutrición y el sesenta por ciento vive por debajo del umbral de la pobreza, mientras el mujeriego Mswati vive, como corresponde, a cuerpo de rey, con una fortuna personal estimada en alrededor de 200 millones de dólares.

El gobierno de este país que reserva unos “generosísimos 19 dólares” por persona como fondo social de atención a los ancianos, cuyo crecimiento económico pasó del 0,7 al 0,2 por ciento del PIB entre 2012 y 2013 y cuyos hospitales carecen de medicinas y cuyos numerosísimos seropositivos no tienen acceso a antirretrovirales sencillamente porque el Estado no dispone de fondos para importarlos, aprobó en 2014 un incremento en más de un diez por ciento de los presupuestos del Estado, hasta los 61 millones de dólares, para gastos tan imprescindibles como las necesidades de la reina madre, el pago de los salarios de los asesores reales y la construcción de varios palacios cuyo coste está valorado en alrededor de 12,6 millones de dólares procedentes de los adinerados súbditos del monarca.

Recientemente, según recuerda el citado Frank LeRue, Mswati III adquirió un jet privado por el módico precio de 30 millones de dólares. Era el segundo, ya que el primero le había sido incautado en Canadá. Varios documentos hechos públicos recientemente revelaron que el avión había sido comprado con fondos teóricamente públicos.

 

 

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