Aunque evite con sumo cuidado aceptarlo en público, Mariano Rajoy vive en un sin vivir por miedo a que el Gobierno de la Comunidad Europea (por llamar de alguna manera a la ristra de chupatintas y tiralevitas, increíblemente pagados con nuestros impuestos, de Merkel y, en grado menor, de Hollande) cierre la crisis griega con una bajada de pantalones de las que hacen época. Y a la Administración de Syriza le bastaría con lograr entre el 30 y el 35 por ciento de sus objetivos para cantar victoria; incluso, con menos.

 

 

Si pegan ese cantazo, dejarán hechos polvo a los dirigentes –pocos; importante, quizá sólo nuestro Presidente- que siguieron la disciplina impuesta por Berlín. Y ensancharán el pasillo hacia la cima a los que, como Podemos, aseguran que el seguidismo de la austeridad  y los recortes denuncia una falta de pelotas propia de pardillos que no han sabido resistir la presión del tigre de papel germano y optaron por echar sobre los hombros del ciudadano el martirio de una crisis que amenaza no tener fin.

Viendo cómo actúan los de Atenas, para mí está claro por qué esa agonía va a prolongarse: si al final se vieran forzados a firmar alguna concesión, retomarían enseguida los enredos para incumplirla. Y vuelta a empezar. Mientras, buena parte de los europeos erre que erre con lo de los pobrecitos griegos reducidos a la miseria por los prepotentes alemanes.

Tendemos a olvidar que los recursos a disposición son vasos comunicantes: saca de aquí, y te faltará por allí. En “La Riqueza de las Naciones” Adam Smith enunció (en 1776, nada menos que hace dos siglos y un largo pico) la quizá más breve y acertada definición del concepto economía: Administración de bienes escasos.  Cualquier rendición de los eurócratas y del FMI a Tsipras significaría para España y otros países un seísmo que afectaría a su solvencia bancaria, a la Bolsa, a la prima de riesgo y otras zarandajas, que a muchos ya suenan a cuento chino pero que forman la urdimbre final que arbitra si el dinero termina por llegar o no a los presupuestos familiares.

Tengo el pálpito de que, en el forcejeo diario de unos con otros, Alexis Tsipras, un Ulises listo y correoso, lleva las de ganar. Es genial utilizando al chulapo de Varufakis como un Ayax cuando se abría camino con su hacha entre las filas troyanas, y a sus disimulados compadres Néstor, Diomedes y Palamedes, que encabezan (por supuesto, con otros nombres más de hoy) las distintas fracciones del Parlamento heleno, para facilitar su victimismo cuando comparece ante Palas Merkel (“firmar eso me cuesta la cabeza, Ángela, y será el caos”, imagino que le dirá). Este es un juego de astucias, y la astucia, como todo lo que permite aplicar el pensamiento abstracto a los intereses concretos, es un invento heleno.

Nos han vendido, y nos venden, que la UE les lleva como a putas por rastrojos

Nos han vendido, y nos venden, que la UE les lleva como a puta por rastrojos. ¡Y nos lo creemos! Seamos serios, la realidad es que los griegos de hoy llegaron a un nivel de vida injustificadamente alto a base de chulear a los europeos occidentales. Entraron en la moneda común presentando unas cuentas más falsas que un euro de madera, y siguen trucándolas porque así les va de cine. Y seguirán, porque piensan, y con razón, que, si se salen con la suya, ¿quién puede pararles después?

Desde que fueron admitidos, se dedicaron a ponerse un salario mínimo y a dotarse de un sistema de pensiones cercanos a los del currante alemán, si consideramos la diferencia del coste de la vida entre ambos países; disponen de un clima amable y de unas costas paradisíacas, su jubilación llega entre los 60 y los 63 años (67 para los trabajadores germanos; en su mayoría, sometidos al frío, la lluvia y la falta de sol diez meses al año, y sin practicar el metódico absentismo laboral de los otros)  Manejan, además, con mano maestra el chorreo de prejubilaciones a los 58. Su productividad es casi inexistente, y aplican sus talentos creativos a un desarrollo próximo a lo científico del vivir del cuento.

No estoy diciendo que el griego, en general, sea vago. Simplemente, aprovechando la mala conciencia teutona por sus tropelías en la Guerra Mundial, se fabricaron un hábitat de amor y lujo que no se correspondía con el esfuerzo que requería la integración en una comunidad donde la moneda compartida exige unas conductas que poco o nada nada tienen que ver con la suya.

Y que no vengan con que la culpa es de La Casta, como también argüimos por aquí, olvidándonos del aserto que un día pronunció un tal Churchill: “Cada país tiene la clase dirigente que su sociedad produce”. Es un problema de educación y malas costumbres alimentadas por un estímulo y tutela de la hipocresía por parte de las Iglesias Católicas, llámense Romana u Ortodoxa. Sólo que “La Casta” de ellos tiene mucho más callo que la nuestra, y es piramidal: abarca desde el oligarca naviero con isla propia hasta el pescador de El Pireo. Sólo se cabrearon cuando la crisis les cortó en seco la mamandurria.

¿Quieren pruebas? Fíjense: Estonia, Lituania, Letonia, Polonia y otros Estados partieron de peores situaciones que la griega, pero utilizaron el apoyo de la CE para sanear sus cuentas y ajustar el nivel de vida según se lo fueron permitiendo esas mejoras. Hoy, son Estados en vías de abierto progreso. En Grecia, se comenzó a construir la casa por el tejado de las subvenciones, el pide más y un victimismo de manual. Es el mismo rollo clientelar en el que la Andalucía seguidora del diseño socialista se siente igual de cómoda; el del famoso verso de Góngora:

Ándeme yo caliente

y ríase la gente.

Traten otros del gobierno

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno;

y las mañanas de invierno

naranjada y aguardiente…

 

Bien, pues ahí subyace, latente, la filosofía generalizada entre los helenos: una mayoría notable entre ellos se declara fervorosa partidaria de seguir en el euro y en la CE, y la misma mayoría se afirma dispuesta a votar de nuevo a Siryza. ¿Qué nos dice esta paradoja? Que no se creen  que los eurócratas tengan huevos para forzar su salida del sistema.

¿Cómo van a medirse las medianías de la eurocracia con los descendientes de Zenon de Elea, el que inventó las aporías y las inmortalizó con aquella de Aquiles y la Tortuga, según la cual el homérico héroe de los pies ligeros nunca alcanzaría al quelonio si le daba una ventaja mínima en la salida porque, al estar ambos en movimiento, el bicho siempre le llevaría al belicoso figurón la fracción de tiempo correspondiente al hándicap inicial? Puede sonar a parida, pero es la base táctica en que Tsiripas mueve su tira y afloja en lo que se ha dado por llamar “negociación entre Atenas y la CE”.

Pienso que Rajoy, cuyo esquema anticrisis se vendría abajo de triunfar Tsiripas o de prolongar sine die la prueba de fondo si obtiene entretanto la pasta que necesita para ganar unos meses, debe de haber habilitado una capillita en La Moncloa donde se arrodillará a diario delante de una foto a tamaño natural de Christine Lagarde para que la lideresa del FMI siga plantando cara al nuevo Ulises, como hizo en su último encuentro al dirigirse al vicario Varufakis con esta frase lapidaria: “La criminal en jefe te saluda”.  Ella, y sólo ella, puede ser la Tetis (una diosa menor, madre de Aquiles) que interrumpa la tramposa carrera de la tortuga, volcándola y dejando que sus patitas caminen el aire.

Eso, o vayan preparándose en Bruselas para la llegada al poder del Siryza español, Podemos; lo que probablemente sería para Europa el definitivo requiescat in pace (RIP).

 

Imagen | Flickr – Gabriel Garcia