O mucho me equivoco o el nuevo Ayuntamiento de Madrid va a devenir, de aquí a nada, en una jaula de grillos donde todos sus miembros/as concursarán para transformarlo en la casa de Tócame Roque . Es decir, que cada uno competirá con fiereza para dilucidar quién grita o hace la mamarrachada más estridente con el fin de probar al mundo mundial que nadie va a dejarle atrás a la hora de épater le bourgeois (traducción: desencajar las mandíbulas del ciudadano de a pie por un invencible asombro).

Y no digo esto por los tuits con chistes propios de nazis o recogiendo gracias dignas de Jack el Destripador (concejal Zapata) enviados en un desinhibido pasado, o los del edil a cargo de los ciudadanos, un tal Pablo Soto, pidiendo guillotina para Ruíz Gallardón. Tampoco por irrumpir en una ceremonia religiosa amenazando con reducir a cenizas a los oficiantes (simpática tradición hitleriana, también) como hizo, medio en bolas, esa beibi tan mona, con el aire de una ex de Modigliani a la que Drácula hubiese desangrado, la concejala Maestre. No. Eso son minucias.

Tampoco aludo a otras barbaridades que el equipo de la alcaldesa Carmena (¡Dios, qué decepción personal me está resultando, yo que la tenía en una peana!) ha ido deslizando para que nos enteremos de que han llegado, enviado a la casta al quinto carajo y, en su lugar, se han instalado ellos: la caspa.

Quiero ser claro: con este palabro aludo a ese conjunto de anarcos modernos dispuestos a probar que las tareas ejecutadas por una sucesión histórica de personas normales, aunque la mayoría con inevitables defectillos y hasta alguna querencia al trinque, han jodido la cosa pública durante años y años. Pero ellos las arreglarán en un pis pas, con su fórmula mágica de que “aquí hay pa tós o no hay pa naide”, “las madres a barrer las escuelas” y a las actuales limpiadoras que les vayan dando por donde tengan a bien recibir… Etc. Eso intento resumir con lo de caspa, que uso como simple licencia cariñosa.

Pero, insisto, en el fondo tales cosas son minucias.

En serio, chiquilladas. Algo propio de unos chicarrones/as sanos/as que en el pasado (aún muy fresco, por cierto) se divirtieron de lo lindo retroalimentándose con las animaladas que hacían o escribían, y que ahora tienen a muchos de ellos en un sin vivir por las huellas que hayan dejado en la mensajería informática. Pero, oigan, detestan la palabra dimitir con el mismo sentido heroico que ponían los apparatchiks de la derecha o del socialismo clásico. El socialismo moderno (que, como todos sabemos, arranca con Pedro Sánchez) todavía no ha tenido ocasión de demostrar esos afanes numantinos, salvo cuando se dedican a mirar para otro lado sobre sus imputados y sus ERES; amén de los cantazos que está dando con ciertos pactos municipales y autonómicos, que dejan a la altura del betún el respeto a su propia palabra del Aclamado de este domingo.

Pero, permítanme que insista, todo eso podríamos tomarlo como parte del folclor que siempre produce un revolcón profundo de una situación establecida. Minucias.

El mensaje final es lo alarmante. Más: el mensaje final acojona.

Porque ese mensaje es, ¡átenme esa mosca por el rabo!, que ellos, la caspa, se pasan por el mismísimo arco de triunfo las leyes que les perjudiquen en sus casos puntuales pendientes. Es como si, de la noche a la mañana, por arte de birlibirloque, hubiesen sido abolidas o caído en desuso. Y sigan, si no, los argumentos que oponen a que se les apliquen aquellas normas con las que han puesto, ponen y pondrán a caldo a la casta.

RITA MAESTRE (en adelante R.M.).- “La religión tiene su espacio, y no es el de los espacios académicos”.

De acuerdo a morir, sobre todo para los oídos obstinadamente laicistas que adornan la cabeza de quien esto escribe. Pero es una prueba del nueve de cómo esos muchachotes/as aplican la ley del embudo. ¿Alguno de ustedes se ha dado una vuelta por la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense…? Les sugiero que lo hagan. Las fachadas del París de mayo del 68 eran un juego de bebés en la propaganda de la religión marxista y revolucionaria al lado de lo que verán en aquel territorio Monedero-Chavista-Leninista-Gramsciano. Lo que ya no les aconsejo es que se les ocurra colgar allí una convocatoria política que no suene a consigna radical-jacobina (de las que se gasta el edil Soto), porque dudo de que salgan enteros. No es la tolerancia con las ideas ajenas lo que distingue a esos muchachotes/as, aunque Carmena y su porquero repitan lo contrario hasta abrumar.

R.M.- “Esa imputación no afecta a mi trabajo”.

¡Acabáramos! Rita es ahora quien decide cuándo una imputación por salvajadas cometidas con premeditación y alevosía (“ejercicio de la libertad de expresión”, según la angelical jueza-regidora) afecta o no a la actividad edilicia. No quiero ni pensar con qué estado de ánimo se acercaría un católico practicante a solicitar cualquier servicio municipal a alguien que jalea lo de “¡os quemaremos como en el 36!”. Yo, sinceramente, en su lugar, lo dejaría para otra ocasión, a ver si se encuentra con caras nuevas.

R.M.- “Somos gente normal que tenemos un pasado activista”.

Creyentes-activistas eran también los que asistían al oficio religioso que Rita y sus chicas de sello “Femen” dispersaron a las bravas. Pero ellos no se metían con nadie. Si los radicales que ahora son el nuevo establishment consideran injustas las reglas que amparan esos rituales, promuevan democráticamente un cambio de esas reglas. Pero, un poquito de por favor, sin usar métodos propios de la policía de Franco.

Es cierto que se trata de hechos que pertenecen al pasado de los muchachotes/as, y que ahora no repetirían porque pondrían en peligro el pellizco de erario público que van a percibir todos los meses. Pero, me pregunto, ¿han presentado excusas por tales desmanes? ¿Se han comprometido a impedir que sus sucesores en las pandillas y en las comunas sigan su ejemplo, y más viendo cómo reditúa? No he oído ni lo uno ni lo otro, ¿y ustedes?

La guinda, sin embargo, la puso en la misma cresta de la tarta el Profeta de la fe podemita, el mismísimo Pablo Iglesias (en adelante P.I.), cuando, para advertir con excepcional solemnidad que nadie le toque a Rita, dijo lo que dijo.

P.I.- “La imputación es algo grave en los políticos cuando se trata de corrupción”.

¡Eyaláaa…! Llegamos a donde teníamos que llegar. Una imputación es grave cuando el delito encaja sólo a miembros de la casta; los únicos que, por anteriores elecciones populares, tocaban poder y, por tanto, manejaban presupuesto público; verbi gratia: la corrupción. El resto de fechorías (malos tratos, abuso de la fuerza, coacción, amenazas, escándalo público, injurias descarnadas, etc.) ha desaparecido del Código Penal por decisión de un solo individuo, invento de La Sexta y de alguna otra cadena, que ahora, se queja, para más inri, de “acoso mediático”. Y que representa, en el mejor de los casos según lo contrastado hasta hoy, al 15% de los españoles en edad de votar. Ojo al dato.

Imagínense si ese clan llegara a manejar el poder de verdad. Acabarían imponiendo dos Códigos Penales: uno, para ellos, que se estiraría y se encogería como la goma según la acusación que se les hiciera; y, otro, para los que no puedan enseñar su misma patita blanca por debajo de la puerta. ¿Son o no tipos ideales para dar lecciones de democracia?

¡Jesús, María y José…! (permítanme, por favor, esta jaculatoria de ateo asustado).