Seguro que ya sabes hay una nueva película sobre dinosaurios en la cartelera y que está arrasando en la taquilla como un Tyrannosaurus rex hambriento en un gallinero. Eso significa que dentro de poco tendremos nuevos capítulos de experimentos genéticos con lagartijas gigantes cruzadas con asesinos en serie. ¿Por qué no? ¿Qué puede salir mal? Dejemos a los guionistas de Hollywood esnifar pegamento y aprovechemos esta dinomoda para revisar alguno de esos secundarios de la Historia, aquellos que a veces por casualidad y a veces por obsesión, se tropezaron con los dinosaurios.

En 2015 hablamos de dinosaurios como de los futbolistas [Messi es mejor que Cristiano, que vale como dos Suárez y dos Triceratops pueden contra un Stegosaurus]. Nadie duda ya de su existencia. Pero hace tan sólo dos siglos la cosa no estaba tan clara, principalmente porque no se había visto ninguno. Ahora los museos históricos nos lo ponen muy fácil, pero imagina lo revolucionaria que era una idea de bichos gigantes viviendo en el mismo en el que después surgiría la inteligencia de mujeres y hombres y viceversa. Y para el rizar el rizo, la idea revolucionaria no era que existieron, sino que además por alguna razón desconocida dejaron de existir.

Es evidente que lo que sabemos [cuñita] ahora no se supo de golpe, así que también es difícil encontrar el momento exacto en el que se descubrieron los dinosaurios como tales. Más bien fue una idea que creció alimentada por teorías disparatadas de las cuales alguna, sorprendentemente, resultó cierta. Y aquí voy a usar como guía un libro que sigue vendiendo muchísimos ejemplares y que se llama Breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Una delicia para leer y releer. De hecho, puedes dejar de perder el tiempo con este artículo aquí mismo y pasarte al libro. No te lo tendré en cuenta, sobre todo, porque está lleno de nuestros secundarios favoritos. Si sigues leyendo, allá tú. Te aclaro, eso sí, que como los dinosaurios nos van a regalar varias entradas, vamos a empezar por uno de los casos más llamativos de descubridores de dinosaurios, la pequeña Mary Anning.

MARY ANNING (1799-1847). Lo primero que hay que decir es que no siempre fue pequeña, pero sí que empezó las aventuras que aquí analizamos con apenas diez años. Nació en la ciudad inglesa de Lyme Regis, al sur de las islas británicas, en el seno de una familia humilde. Y decir eso en 1799 significaba muy muy humilde. Su padre, que era ebanista, sacaba un dinero extra por la venta de fósiles. En los alrededores había unos yacimientos costeros llenos de esas “huellas” del pasado, que no significaban mucho para él pero que los turistas compraban ávidamente.

Todo le salía mal a esta familia. Eran religiosos pero no anglicanos y por ello se enfrentaron a una discriminación social y también legal. Tuvieron varios hijos, pero pocos sobrevivieron a aquellas condiciones de vida. Apenas Joseph y Mary. De hecho, Mary, recibe el nombre de su hermana mayor, fallecida el año anterior en un incendio.

Cuentan algunos libros, aunque es difícilmente comprobable, que con apenas un año de vida protagonizó un acontecimiento extraordinario

Cuentan algunos libros, aunque es difícilmente comprobable, que con apenas un año de vida protagonizó un acontecimiento extraordinario. Mary Anning se encontraba en los brazos de una vecina junto a dos amigas bajo un olmo, cuando un rayo cayó sobre el árbol. Las tres mujeres fallecieron en el acto pero la pequeña Mary sobrevivió. El médico local consideró su supervivencia un milagro, y con el paso de los años, los habitantes de Lyme Regis atribuyeron su inteligencia y personalidad a aquel eléctrico incidente.

Lo de recoger fósiles estaba de moda en aquellos tiempos, quizá como un pasatiempo más, pero poco a poco las sociedades y clubes de la época vieron en esas piedras una huella importantísima de nuestro pasado. Como el pueblo se había convertido en un destino costero para las clases medias y altas, su padre conseguía algunos chelines extra y sus hijos Joseph y Mary le acompañaban. Cuando su padre murió, siendo todavía unos niños, decidieron dedicarse a tiempo completo.

Los dos hermanos visitaban la zona costera donde más fósiles había para rescatarlos en buen estado y poder luego venderlos. Y un día, en 1810, Joseph encontró algo que iba a cambiar su historia y la Historia. No se trataba de un pequeño fósil de una antigua estrella de mar, no. Era algo parecido a una cabeza de cocodrilo. Pero estaba suelta, a su lado no había ningún cuerpo. Joseph decidió aparcar la búsqueda de fósiles pero su hermana, con apenas 11 años siguió intentándolo. Al año siguiente, una tormenta provocó un desplazamiento de tierras y ahí estaba nuestra pequeña Mary para descubrir el cuerpo que le correspondía a aquella cabeza. Un esqueleto fosilizado de casi cinco metros y medio. Era lo que hoy conocemos como un ictiosaurio.

Durante el resto de su vida se dedicó buscar, extraer, dibujar y clasificar todo lo que se encontraba en aquel escarpado lugar del Canal de la Mancha. Encontró también al primer Plesiosaurio [eso que dicen que es el monstruo del lago Ness, en Escocia], que esperó pacientemente enterrado unos 175 millones de años para que una niña sin estudios pero muy curiosa lo descubriera. Tardó diez años en completar la cuidada excavación. Diez. Lo plasmó en varios bocetos, pero en ese momento no recibió ningún reconocimiento de la Sociedad Geológica. Visto desde nuestros ojos es casi tan increíble la existencia de los dinosaurios como que una niña sin estudios, que apenas sabía leer y escribir, se convirtiera ella sola en la punta de la lanza de la paleontología mundial.

Si visitas el Museo de Historia Nacional de Londres, sección reptiles marinos antiguos, apreciarás lo que consiguió está jovencita que trabajó casi sin ayuda y sin las herramientas adecuadas. Extrajo y clasificó por primera vez restos que la comunidad científica no se imaginaba ni que existían. Una comunidad científica a la que dejó en evidencia, y que pocas veces la reconoció. No sólo era una persona joven, pobre y de religión equivocada, además era una mujer. En la Inglaterra del comienzo del siglo XIX una de esas cosas te dejaba sin derecho a voto. Todas juntas te convertían en apestada.

A su muerte, con 47 años por cáncer de mama [vida rápida como un rayo] sí que había conseguido un nombre entre los estudiosos y las sociedades paleontológicas. Tenía sus padrinos que no permitieron que se arruinara. Su amigo Henry de la Beche, presidente de la Sociedad Geológica de Londres, escribió el siguiente texto en las actas trimestrales de la Sociedad: “No puedo cerrar esta noticia sobre nuestras pérdidas sin recordar la de alguien, que aunque no pertenecía a las clases incluso más acomodadas de la sociedad, tenía que ganarse su pan de cada día con su trabajo, y contribuyó con su talento e incansables investigaciones en no poca medida a nuestro conocimiento de los grandes saurios y otras formas de vida orgánica enterradas en las cercanías de Lyme Regis”. No sólo fue la primera persona que no era miembro de la Sociedad Geológica a la que se recordó sino también la primera mujer. Y es que esta Sociedad, como otras muchas, no admitió mujeres hasta medio siglo después.

En realidad, si sabes algo estos bichos del pasado, te habrás dado cuenta de que Mary Anning no descubrió ningún dinosaurio. O mejor dicho, lo que descubrió ahora no se denomina dinosaurio, pero sí que puso encima de la mesa una visión muy diferente del mundo: antes de nosotros hubo otros animales en el planeta. Algunos de ellos gigantes. Ah, y que se extinguieron [para que tomemos nota].