El escritor Hernán Casciari, que acaba de publicar Messi es un perro , asegura que el delantero del Barça le salvó de no ver fútbol nunca más tras la muerte de su padre.

Hernán Casciari es hincha de Racing porque, en 1915, un barbero cortó el pelo a su bisabuelo calabrés, recién llegado al puerto de Buenos Aires con una mano detrás y otra delante. “Te lo corto gratis si te hacés de Racing”. Y se hizo. Y como él, su hijo, su nieto y, por supuesto, el pequeño Hernán.

Opina Casciari que la pasión por el fútbol se transmite en la infancia y por vía paterna en el 90% de los casos. Su epifanía a lo Nick Hornby tuvo lugar en el Monumental, estadio de River Plate, un día de invierno argentino de 1978. Allí llegó de la mano de su ‘viejo’ para ver un Italia-Austria de la Copa del Mundo. “Ver ese pasto verde iluminado de esa forma a los 7 años… ¿cómo no te va a gustar? ¡Es magia absoluta!”, confesaba hace unos meses en el encuentro ‘Letras y fútbol’, organizado por la Fundación Athletic.

Casciari -escritor con talento y seguidores suficientes para mandar a hacer gárgaras a la industria editorial- aún se pregunta cómo sería su vida con un padre culto que le hubiera llevado a la ópera. El fútbol era el único tema de conversación entre ambos, y eso le hizo amarlo. Tras morir su padre, en 2008, le costaba ver un partido “porque sabía que no tenía conversación telefónica después”. Si consiguió recuperar el gusto tiempo más tarde fue gracias, principalmente, a un único jugador: “Leo Messi me salvó de no ver más fútbol nunca más”.

La estrella del Barça encabeza el último libro del escritor, Messi es un perro. Así se titula el relato que abre esta recopilación de textos escritos entre 2010 y 2014, que vende él mismo, sin intermediarios, a través de su editorial, Orsai. Si no han leído el cuento, es bastante probable que hayan visto la adaptación audiovisual que un admirador hizo para YouTube; las versiones más vistas superan los 9 millones de reproducciones.

Antes que la fijación de Messi con la pelota, calcada a la del perro Totín, a Casciari le sorprendía el rechazo que el ídolo provocaba en su país. Como emigrante argentino en Barcelona, no lo podía entender. A su juicio, Messi es “un rasgo paradigmático de estos tiempos”, el primer héroe argentino sin la camiseta de Boca, River, Rosario Central o Independiente. “Con la globalización y esto de comprar ídolos con 13 años, nos tendremos que acostumbrar a verle llegar en barco a jugar a veces en nuestra tierra”. Por ejemplo, para jugar el Mundial.

Messi es un perro recoge también un diario de Brasil 2014, en el que Argentina regresó a la final 24 años después, y ‘10.6 segundos’, la anatomía del instante en el que Diego Armando Maradona decidió convertir un melón lanzado por el ‘Negro’ Enrique en la jugada de todos los tiempos. Fuera de esta recopilación han quedado ‘Teníamos un juguete’, una reciente metáfora sobre la degradación del fútbol argentino por culpa de la violencia, o ‘Tan lejos del dolor y de la fiesta’, que ya incluyó en uno de sus anteriores volúmenes, España, perdiste.

En este último, Casciari recuerda cómo vivió el primer título de Racing en 35 años, el único que él ha podido festejar hasta hoy. Desde niño, su padre le había dicho que su equipo saldría campeón algún día. Hernán le creyó a pies juntillas (“¿No vas a creer a tu padre cuando tenés 10 años?”) y siempre se había imaginado la celebración, los dos juntos en alguna plaza de su ciudad, Mercedes. Nunca sospechó que, llegado el momento, la fiesta le iba a pillar a miles de kilómetros, en un bar desangelado de Barcelona, a la que acababa de llegar. Era 2001. Faltaban cuatro años para el debut de Messi, y él se sintió fuera de sitio, ridículo, como el delantero que corre a celebrar un gol sin darse cuenta de que el juez de línea tiene levantado el banderín. “Esos cinco segundos de humillación absurda, eso, es ser inmigante. Estar en orsai”.

Imagen | Flickr – Nica