Doce años han pasado desde el extraordinario Si la muerte me mira de frente me pongo de lao , que abrió un paréntesis en la discografía ilegal solo interrumpido por el integral 126 canciones ilegales (2009), el recopilatorio de inéditos -superior, eso sí, a la mayoría de los greatest hits de tantas bandas de rock nacionales- 11 canciones ilegales (2010), y el directo Ni un minuto de silencio (2012).

En ese tiempo, Jorge Martínez, líder inapelable del grupo, abrió un proyecto musical de talante educativo y arqueológico, Jorge Ilegal y los Magníficos, y disfrutó de la merecida reivindicación que Internet y la fama en los países latinos han proporcionado a una de las escasas bandas actuales que pueden presumir de haber permanecido rabiosamente fieles a sí mismos, rayando a veces el inmovilismo militante, durante más de tres décadas.

Por eso, La vida es fuego supone el regreso más lógico posible: más que un disco es una recopilación de lugares comunes ilegales, aferrados a ese sonido sólido y contundente que ya refinaron y definieron en Si la muerte me mira de frente me pongo de lao, pero con guiños al universo de la banda. Por ejemplo, la soberbia y atmosférica Las rosas trepadoras asesinas recuerda a los momentos más experimentales del injustamente olvidado El corazón es un animal extraño. La increíble y solo aparentemente banal El teléfono y el mal es puro medio tiempo ilegal. Aquel boogie pesado recuerda en mensaje e intenciones a la histórica Suena en los clubs un blues secreto que clamaba que dejáramos de joder la música a los negros. Regresa a Irlanda, en fin, es el habitual exabrupto ilegal contra la moñez, lo cursi y lo bello y melódico entendidos como concesión conformista hacia los tópicos del pop.

Ilegales siguen siendo capaces, después de todo este tiempo, de describir un bar como un purgatorio que, después de décadas y décadas de tópicos gastados, aún puede inspirar sensaciones nuevas y rugosas. O de crear inmersiones en el yo (en este caso, literales) como la que describe Hacia las profundidades, un ejercicio casi de escritura automática, un divagar de Jorge Martínez en dirección a los abismos de la consciencia cuando bucea en las negras profundidades del océano. Si alguna evolución hemos detectado es este nuevo clásico es la de ser capaz de mostrar cierta compasión (siempre al estilo Martínez, es decir, una compasión deslenguada que pondría de rodillas a un cromagnon) por la juventud moderna en Hipster, pero salvo ese mínimo detalle de humanidad, en todo lo demás La vida es fuego es puro Ilegales. Es decir, el mejor disco de rock en nuestro idioma que puede uno echarse a los tímpanos en 2015.