Slava Fetisov, la mayor leyenda del hockey soviético, es la estrella de Red army , disponible en DVD desde el 12 de junio. El senador de la Asamblea Federal rusa, antiguo ministro de deportes, ha recibido un curioso encargo del presidente.

Unas semanas atrás, Vladimir Putin se dejó ver en compañía de algunas viejas glorias del hockey ruso. Se trataba de conmemorar los 70 años de la victoria soviética ante la Alemania nazi, pero los titulares pusieron el foco en el presidente: no sólo ganó su equipo, sino que él se lució marcando… ¡ocho de los doce goles! ¡Qué bárbaro! Y eso que, según contaban los teletipos, hasta hace cinco años ni siquiera sabía patinar.

Putin -63 años- pertenece a una clase dirigente nacida en plena Unión Soviética, educada en escuelas soviéticas y en las juventudes del Partido Comunista. “Fueron forjados en aquel sistema y muchos de los problemas actuales están anclados ahí”, opina Vladimir Posner, experto en la Guerra fría. Su testimonio forma parte del documental Red Army, en el que el director Gabe Polsky -estadounidense de raíces ucranianas- analiza el empleo del hockey como herramienta de propaganda soviética. “Era el deporte más popular porque representaba la cima de cuanto aquel sistema había alcanzado”, explica Posner en la película. No se trataba sólo de difundir que ese equipo era el mejor del mundo, sino que era así de excepcional porque había sido moldeado por el sistema soviético y no por otro.

Lástima que ‘Red Army’ no abarque también la etapa de Fetisov como ministro de deportes, entre 2002 y 2008

Quizá los rápidos progresos de Putin con el stick se deban a su profesor: Slava Fetisov, la mayor leyenda del hockey ruso. Su carrera, de casi dos décadas, vertebra ‘Red Army’. Lo que iba a ser una entrevista de 15 minutos con Polsky se estiró hasta las 18 horas de rodaje. Un puntazo: Fetisov no da precisamente el perfil de exdeportista necesitado de atención. Es senador en la Asamblea Federal y antes fue ministro de deportes, nombrado por el propio Putin -cómo si no-, entre 2002 y 2008. Lástima que la película no abarque también estos años.

Si Fetisov es el rebelde de la historia, el hombre al que el sistema no dejaba cruzar el telón de acero para jugar en Estados Unidos, su antagonista es Viktor Tikhonov, la marioneta que el KGB puso en 1977 al frente de la selección nacional y del CSKA de Moscú -el club de Fetisov y del Ejército Rojo, que da título a la película-. Sus métodos eran extremos y él mismo proclamaba su intención de “perpetuar la tradición soviética de que a la victoria se llega por el entrenamiento despiadado”. Los jugadores bromeaban a sus espaldas: si alguna vez necesitaban un trasplante de corazón, se lo pedirían a Tikhonov, porque lo tenía sin usar.

El equipo soviético era motivo de orgullo, y como tal era exhibido en torneos y giras por el extranjero. Agentes del KGB formaban parte de la expedición; entregaban el pasaporte a los jugadores antes de pasar el control y se lo quitaban justo después. La liga profesional norteamericana (NHL) era demasiado tentadora y convenía prevenir fugas que pudieran dar a entender que la URSS no era un lugar idílico para cualquiera, incluidos los deportistas. El pionero fue Alexander Mogilny: sólo un rato después de recibir en Estocolmo la medalla de oro del Mundial 1989, desertó con ayuda de los Buffalo Sabres. Desde entonces, más de 500 jugadores rusos han sido elegidos en el Draft.

Una laguna en el relato

Cuando Moscú se resignó a ver marchar a sus talentos, comenzó a pactar con ellos para aparentar fortaleza: no se iban, sino que les dejaban irse. Fetisov cuenta que le ofrecieron la libertad a cambio de entregar al estado el 90% de su sueldo. Se negó y le bajaron al 75%. Se volvió a negar y amenazaron a su familia, siempre según su versión. Hasta que un día cedieron y le dieron el pasaporte. ¿Por qué? Polsky sabe subrayar esta elipsis, una laguna en el relato de Fetisov. ¿El gobierno cambió de idea así, sin más?

Lo que más apreciaba Putin del curriculum de Fetisov era su experiencia como atleta formado en el sistema soviético

Por supuesto, para disfrutar Red Army no hace falta el menor interés por el hockey; basta tener el mismo que Putin. Tras los Juegos Olímpicos de Salt Lake City 2002, el presidente llamó a Fetisov y le encargó gestionar el deporte como un asunto prioritario. De su currículum, según le dijo, lo que más apreciaba era su experiencia como atleta formado en el sistema soviético. Eso tenían en común Fetisov y Putin, exagente del KGB y exdirector del Servicio Federal de Seguridad, el organismo que le relevó.

Entre sus méritos políticos, Fetisov cita las 4.000 instalaciones construidas y la concesión de los Juegos de Invierno de Sochi 2014. Entre los de Putin, subraya el de recuperar el “orgullo patriótico” que desapareció con la URSS en los noventa. Cree que la represión a la comunidad homosexual rusa no es más que “propaganda”, aunque reconoce que tratan de impedir que estas tendencias “se promuevan entre los jóvenes”. Y opina que el castigo a las Pussy Riot —dos años de cárcel por su espectáculo crítico con Putin en la catedral de Cristo Redentor— “pudo ser excesivo”.

Ahora, como miembro del órgano legislativo que aprobó por unanimidad el uso de la fuerza en Ucrania, ha recibido un curioso encargo: adoptar medidas que impidan la fuga de jugadores de hockey hasta los 28 años. En sus propias palabras, se trata de “retener a los chicos con más talento, aquellos a los que la gente viene a ver”. El profesor de hockey de Putin también es su alumno.