Tras 10 ediciones, el Premio al Inventor Europeo del Año no está tan lejos de la ambición de los organizadores, “ser el premio Nobel de la innovación”, cree el presidente de la Oficina Europea de Patentes (EPO), Benoît Battistelli. De hecho, ha habido tres nominados a los prestigiosos galardones suecos que habían sido reconocidos ya por la EPO.

Aunque no tengan la relevancia de los Nobel, los premios que entrega la EPO aportan un valor fundamental: poner cara al progreso, a los equipos detrás de la innovación que nos salva la vida o que, al menos, nos la facilita.

Los inventores no son estrellas del rock; de hecho, casi todos son extremadamente humildes e incluso entrañables. Pero en ocasiones es importante tratarlos como auténticos artistas, alfombra roja incluida, por ponerle tanto corazón a su trabajo. La organización de los premios lo ha conseguido, con una recepción en barco por el Sena y una ceremonia en el parisino Palais de Brongniart, la sede histórica de la Bolsa de la capital francesa.

Y la elección del espacio no es baladí: las patentes son un instrumento fundamental de transmisión de la investigación al ámbito empresarial, como ha subrayado la comisaria europea de Mercado Interno, Industria, Emprendimiento y Pymes, Elzbieta Bienkowska. “En Europa, necesitamos más innovación”, ha añadido.

El jurado ha estudiado más de 400 candidaturas, de campos tan diferentes como la medicina y la construcción

Ha sido una decisión difícil, porque las candidaturas eran maravillosas -también cuantiosas, más de 400– y porque no eran comparables entre sí, como explicó el presidente del jurado, Louis Schweitzer, a unos pocos periodistas.

Entre los nominados había inventos tan dispares como el cemento que se repara a sí mismo y los mosquitos modificados genéticamente para evitar la transmisión del dengue. Un auténtico cubo de rubik para los que tuvieron que decidir quién se llevaba los galardones. Por cierto, que el inventor del cubo infernal, Ernö Rubik, también estaba en el jurado.

Los ganadores

Entre los galardonados este año, la Oficina Europea de Patentes ha destacado varios campos de actividad.

El premio del público, fallado por los internautas que han votado en la web de la EPO, ha sido para el australiano nacido en Escocia Ian Frazer, por su patente sobre la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano (VPH). En una entrevista con Sabemos, antes de saber que es uno de los ganadores de este año, Frazer explicaba lo que significa para él su invención: “Estoy muy orgulloso de que la ciencia haya producido una solución para el problema del cáncer de cuello de útero. Porque eso es la ciencia, ese es el motivo por el que decidí ser científico”.

El premio a una vida entera de investigación se lo ha llevado el suizo Andreas Manz, experto en nanotecnología, que desarrolló un dispositivo de unos pocos milímetros capaz de realizar complejos tests médicos en unos minutos.

En la categoría de Investigación, el físico francés de origen polaco Ludwik Leibler se ha hecho con el galardón, gracias a su trabajo en el campo de la innovación para la industria del plástico. Leibler es responsable del desarrollo de unos polímeros, los “vitrimers”, que son tan rígidos como maleables, dependiendo de la ocasión. Sus descubrimientos abren el camino a materiales que se reparan a sí mismos, con todas las aplicaciones que tiene para campos como la medicina.

La holandesa Laura van’t Veer se ha llevado el premio en la categoría de Pymes, por su trabajo sobre el cáncer de mama

En lo que se refiere a los nominados en Pymes, la holandesa Laura van’t Veer y su equipo del Instituto Holandés del Cáncer (NKI) han sido destacados por el jurado. Su prueba para determinar el alcance que puede tener el cáncer de mama en fases iniciales es un sistema que permite evitar la quimioterapia a las mujeres afectadas por esta enfermedad que no tienen riesgo de complicaciones y metástasis.

La simpática pareja formada por el austríaco Franz Amtmann y el francés Philippe Maugars -ambos con marcado acento, cada uno de su país- es un ejemplo de la cooperación entre científicos europeos. Ellos han participado en la creación de la tecnología de Near Field Communication (NFC), que permite, por ejemplo, pagar acercando el móvil o la tarjeta de crédito a un terminal de punto de venta, algo que ha revolucionado sectores como el tecnológico y el bancario. El NFC es una de las grandes revoluciones del siglo XXI, motivo por el que han recibido el premio en la categoría de Industria.

Por último, en el apartado de Países No Europeos, los japoneses Sumio Iijima, Masako Yudasaka y Akira Koshio han sido destacados por su patente sobre los nanotubos de carbono, moléculas cilíndricas que solo pueden ser vistas a través de microscopios y que son el compuesto más duro conocido por la humanidad, además de conducir la electricidad 1.000 veces mejor que el cobre.

Hacia la patente europea

A lo largo de la gala y de los encuentros previos entre periodistas y organización, la necesidad de crear una patente europea ha sobrevolado las conversaciones. “Después de 40 años de discusión, ha llegado el momento de que los gobiernos, la Unión Europea y la Oficina Europea de Patentes saquen adelante este proyecto”, ha afirmado la comisaria Bienkowska durante la inauguración de la gala.

Por el momento, 7 países han firmado un acuerdo para poner en marcha la iniciativa, entre ellos Francia, pero todavía queda camino por andar. España no se ha subido a este autobús, ni parece que quiera comprar el ticket.

Más bien, está siendo un palo en las ruedas de la EPO. España interpuso dos recursos, que han sido recientemente desestimados, ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, ambos en contra de la patente única europea. Para oponerse se esgrimió que el español debería ser una de las lenguas en las que se registran las invenciones, y no sólo el francés, el inglés y el alemán, extremo que la oficina europea rechaza.

“Entiendo la posición de España, pero creo que hay que tener en cuenta las razones económicas”, ha defendido el presidente de la EPO.