El británico sumó este domingo el Récord de la Hora a su impresionante palmarés, pero su influencia va más allá de sus logros sobre la bicicleta. Su carácter, sus gustos musicales y su estética ‘mod’ lo convierten en lo más parecido a una estrella del rock dentro del mundo del ciclismo.

Pocas imágenes hay más estéticas en el mundo del deporte que el conjunto que forma el contrarrelojista adaptado a su bicicleta. Y quizá el mejor ejemplo que haya en el ciclismo actual sea Bradley Wiggins, como este domingo mostró en el Lee Valley Velopark londinense, donde fulminó (bajo las reglas UCI actuales) el Récord de la Hora (54,526 km). Pero ‘Wiggo’ va más allá de ser un ciclista elegante. Su estética ‘mod’, su carácter de estrella del rock y su gusto por la música le incluyen en ese grupo de deportistas que influyen en la sociedad mucho más que por lograr la excelencia en su disciplina.

Él mismo contó en un artículo en thequietus.com que apenas tenía 10 años cuando el ‘The Queen is dead’ de The Smiths llegó a sus manos. A los pocos segundos, tras esa cita de la película ‘La Habitación en forma de L’ que abre el disco y los primeros efectos que distorsionan la voz de Morrisey, había captado totalmente su atención, convirtiéndose en un fan obsesivo del grupo.

Wiggings by Team Sky

Su afición por la bicicleta llegó poco más tarde, aunque ya la llevaba en los genes. Nacido en Gante, Wiggins llegó a Inglaterra con dos años de la mano de su madre, separada de su marido y padre de Bradley, un ‘pistard’ australiano tan buen ciclista como mal bebedor. Y, aunque no supo mucho de él en su infancia, heredó la misma pasión por las bicicletas. Su fascinación al ver cómo Chris Boardman se colgaba el oro en Barcelona 1992 le hizo seguir los pasos de su progenitor.

Su afición por el ciclismo y por la música siempre han ido de la mano. A la vez que se colgaba oros en los velódromos de Atenas 2004 y Pekín 2008, transmitía la actitud arrogante pero atractiva para medios y aficionados que desprendía otra de sus referencias musicales, Liam Gallagher, cantante de Oasis. Temas como ‘Rock and Roll Star’ le inspiraron, sobre todo con lo que vendría después.

El ‘boom’ de la ‘Wigginsmanía’ en Inglaterra se produjo en 2012, año olímpico donde el deporte capitalizó la vida de los ingleses. Su triunfo en el Tour de Francia y su posterior oro en Londres 2012 lo convirtieron en héroe nacional. La reina Isabel II le nombró ‘Sir’ y todo el mundo quiso montar en bicicleta como él, pero también leer su biografía, saber qué música escuchaba, qué le gustaba, qué bebía… algo que, sobre todo de esto último, los tabloides ya se encargaron de dar numerosos detalles de sus fiestas y gusto por los licores. Ni en su casa de Port de Pollença en Mallorca, reducto de tranquilidad de Wiggo y santuario ciclista británico desde que apareciera por aquellas tierras el mítico Sean Kelly, estuvo a salvo de las cámaras de los paparazzis.

Pero aquella fiebre también ayudó a conocer su gusto por coleccionar guitarras (Epiphone Sheraton, Fender Stratocaster, la Epiphone Casino de la que se enamoró al verla tocar a Lennon…) y por motos (Vespa PX125 o la Lambretta GP150 que aparece en Quadrophenia…) que tan bien casaban con su estética ‘mod’ y su adoración por bandas como The Who o The Jam. Algo que no desaprovecharon marcas como Fred Perry para convertirle en su imagen. Cuando se le preguntó qué era lo mejor que le había pasado en ese 2012 mágico, respondió: “Subir a tocar con Paul Weller ‘That’s entertainment”.

El nacimiento de sus hijos calmó su agitada vida, aunque no evitó que acabara alejándose del ciclismo de carretera, ese que ha terminado despreciando por la continua sombra del dopaje. No así en el velódromo, donde ayer volvió a escribir una página histórica mientras tiene los Juegos de Río 2016 entre ceja y ceja, el próximo y quizá último gran reto de un Wiggins consciente de que, gracias al ciclismo, se ha acercado a su otra gran aspiración, ser una estrella del rock.