Como todo el mundo sabe, la difteria ha regresado a España y amenaza, de forma absurda, la vida de un niño de seis años, víctima del autismo espiritual de los seguidores de Andrew Wakefield y otros gurúes de la cruzada New Age contra la triple vírica y otras vacunas.

La difteria causa cada año la muerte de 1,5 millones de niños en los países pobres, pese a ser una enfermedad para la que existe una vacuna, según datos de Médicos sin Fronteras (MSF). Exactamente lo mismo ocurre con la meningitis, una infección bacteriana que mata a casi un millón de menores todos los años y cuya vacuna depende de unas multinacionales farmacéuticas que tienen la malsana costumbre de negociar en secreto los precios de los medicamentos.

En junio de 2012, el gobierno de la Comunidad de Madrid, por entonces presidido por Esperanza Aguirre, eliminó la vacunación antineumocócica de la cartera sanitaria pública, que figuraba hasta entonces en el calendario sistemático infantil.

La decisión formaba parte de su proyecto de Ley de Medidas Urgentes de Modificación Presupuestaria destinado a ahorrar cerca de 1.000 millones de euros y cumplir con lo establecido por el Estado para las comunidades autónomas.

La medida fue duramente criticada tanto por la Asociación Madrileña de Pediatría de Atención Primaria (AMPap) como por la Sociedad de Pediatría de Madrid y Castilla-La Mancha (SPMyCM), que advirtieron de que esta decisión obligaría a las familias a destinar un gasto superior a los 300 euros y podría incrementar las infecciones graves y la mortalidad infantil.

 

 

Lo relatado ha ocurrido en un país de la Europa occidental desarrollada en el que, con crisis financiera o sin ella, existen grupos (con sus respectivos sacerdotes) dispuestos a asumir el lujo de rechazar los avances del llamado “cientifismo” en nombre de una combinación de pensamiento mágico y teorías vitalistas surgidas a finales del siglo XVIII, en la misma época en que Jenner sentó las bases de la futura erradicación de la viruela y, por supuesto, mucho antes de los experimentos de Pasteur.

En el resto del mundo, la incidencia de las enfermedades, el entorno sociosanitario, la disponibilidad de las vacunas y los remilgos religiosos o místicos que rodean a las campañas de inmunización son diferentes, pero la aspiración natural de todo ser humano a vivir el mayor tiempo posible y a proteger a sus hijos es la misma.

Por las mismas fechas del citado recorte de Esperanza Aguirre, la ONU se vio obligada a suspender una campaña de vacunación contra la polio en Pakistán a causa del asesinato de varias trabajadoras implicadas en ella. Varios grupos islamistas, de forma especial los talibán, habían expresado su oposición a estas campañas de inmunización y habían denunciado que las vacunaciones formaban parte de una “conspiración occidental” para espiar y estirilizar a los musulmanes, una acusación alimentada por la, efectivamente, falsa campaña de vacunaciones que había organizado la CIA en Abbottabad (Pakistán) para capturar al fundador de Al Qaeda, Osama bin Laden.

El asesinato de vacunadores en Pakistán y Nigeria fue instigado por fanáticos religiosos

Pakistán había registrado hasta 20.000 casos de polio (una enfermedad que puede causar parálisis o muerte a las pocas horas de la infección y que se transmite fácilmente de persona a persona) en 1994, pero las campañas de vacunación habían conseguido reducir la cifra a 56 en 2012 en este país y erradicar la enfermedad en el resto del mundo, a excepción del citado Pakistán, Afganistán y Nigeria.

Precisamente en Nigeria se registró, más o menos por la misma época, otra oleada de asesinatos de participantes en una campaña de vacunaciones contra la polio. En este caso, los instigadores habían sido tanto los islamistas radicales de Boko Haram en su combate contra  la “medicina occidental” como las declaraciones de clérigos fanáticos musulmanes que habían relacionado las inmunizaciones con el auge de la esterilidad y el sida.

Así y todo, y sin querer abusar de las comparaciones (aqui no se mata), no nos dejemos engañar: lo que, en países como Pakistán o Nigeria, los satisfechos occidentales vemos como simple “fanatismo”, “superstición” o “atraso”, en nuestro propio mundo lo llamamos “naturopatía”, “homeopatía” u otros términos más presentables en los salones de la alta sociedad

La habitual tendencia conspiranoica de los acólitos de las campañas contra las vacunas, que ven intereses de las farmacéuticas en todo lo que les opone, choca con la postura de organizaciones y activistas de todo el mundo que se enfrentan constantemente a las multinacionales precisamente para defender la extensión de las vacunaciones, sobre todo en esos países en los que los padres no se pueden permitir el lujo de “decidir libremente” sobre la salud de sus hijos.

En los países pobres, las vacunas infantiles son 68 veces más caras actualmente que en 2001

Es el caso de Médicos sin Fronteras, que el pasado mes de abril lanzó la campaña mundial La vacuna más justa  (A Fair Shot) para instar a las compañías farmacéuticas GlaxoSmithKline (GSK) y Pfizer (la misma empresa que en 1996 ensayó un fármaco contra la meningitis en Kano, en el norte de Nigeria, que causó la muerte de 11 niños e incapacidades graves a otros 200) a que reduzcan hasta los cinco dólares por niño el precio de la vacuna neumocócica en los países en vías de desarrollo y revelen lo que cobran a cada país por la vacuna.

En enero de este año, MSF publicó su informe sobre los precios de las vacunas, La mejor vacuna: por un acceso sin barreras a vacunas asequibles y adaptadas, que demuestra que “en los países más pobres, proporcionar el paquete completo de vacunas a un niño es 68 veces más caro en la actualidad que en el año 2001”. Además, el documento revela que muchos estados no pueden pagar las nuevas vacunas debido a su alto precio, y pone como ejemplo el “precio desproporcionado” que tiene la vacuna contra el neumococo, “responsable de la muerte de alrededor de un millón de niños cada año”.

El informe advierte también de que una de las razones (también esgrimidas por la Organización Mundial de la Salud, OMS) por las que la vacunación se ha encarecido tan considerablemente es la escasa información disponible sobre los precios de las vacunas, “lo que obliga a muchos países en desarrollo y a los organismos humanitarios a negociar con las empresas farmacéuticas desde una posición muy débil, sin ninguna forma de comparar los precios”.

Algunos países incluso tienen que firmar cláusulas de confidencialidad “que les impiden revelar la suma que pagan por las vacunas” y en al menos 45 países no hay información sobre el precio de la vacuna contra el neumococo. “Este secretismo y la falta de transparencia sobre el modo en que las empresas fijan los precios impiden a los gobiernos tener una oportunidad justa de proteger a sus hijos con una vacuna asequible”, advierte la organización.

Las farmacéuticas fijan los precios de las vacunas en secreto, lo que debilita la posición negociadora de gobiernos y organismos internacionales

“Se ha llegado a una situación irracional donde algunos países de ingresos medios pagan más por la vacuna neumocócica que los países ricos”, denuncia MSF. Por ejemplo, Marruecos paga 63,70 dólares y Túnez 67,30 dólares por la vacuna de neumococo (PCV) mientras que para Francia tiene un coste de 58,40 dólares. Los precios que paga Marruecos y Túnez son aquellos que se sufragan en hospitales e instituciones públicas; el precio de Francia es el coste de manufacturación, antes de entrar en la red de distribución al por mayor y al detalle.

“Se dan casos en los que algunos países llegan a afrontar costes que duplican y triplican los precios asumidos por otros estados: Sudáfrica paga casi tres veces más que Brasil”, asegura la organización.

Los equipos de MSF vacunan cada año a millones de personas, en gran parte como respuesta a los brotes de enfermedades como sarampión, meningitis, fiebre amarilla y cólera. MSF también facilita apoyo a campañas rutinarias de inmunización en proyectos de salud materno-infantil. Sólo en 2013, los programas de la organización suministraron más de 6,7 millones de dosis de vacunas y productos inmunológicos.

 Imagen | http://www.contralameningitis.org/