La filosofía lo-f i está en tiempos internáuticos más viva que nunca: buscando la inmadurez, frescura e inmediatez que, quizás, no volverá nunca a la música, grupos que tienen más posibilidades para difundir su música que nunca antes fuerzan los sonidos opacos, la mínima sofisticación y un sonido abrasivo y sin pulir. La baja fidelidad no es un movimiento acotado ni organizado, no tiene líderes ni evoluciona en una sola dirección, pero existe continuamente para recordarnos que, por cada single cristalino, sobreproducido y pegajoso de Taylor Swift o La Casa Azul hay una brea de grupos pobretones, minúsculos, irreductibles y ruidosos reivindicando el poder sanador y subversivo de una buena muralla sónica.

Rule es el debut en formato LP de SROS Lords, un trío de Detroit que, tras arrancar en 2010 como una banda con una formación más o menos convencional (bajo, guitarra, batería y teclado), se han reformulado como trío sin bajista. El ruido que generan no se ha reducido lo más mínimo, sin embargo, y su primer disco es una avalancha de acoples, distorsión y ruido negro perfecto para ambientar una fiesta garajera en el infierno. Influenciados por todo el marasmo de grupos americanos post-grunge (ellos se definen, con toda la razón del mundo, como hijos bastardos del Surfer Rosa de los Pixies y del Atomizer de Big Black), el grupo ha dejado atrás el sonido de punk levísimamente psicodélico de su single de debut, Evil Spawn, para zambullirse con este Rule en un horror cacofónico, estimulante y caótico.

SROS Lords fusionan de forma espontánea el hardcore y el garage con algunos sonidos que beben del metal extremo gracias a la severa distorsión que aplican a temas como Baby Centipede, Cocaine o Slow death, que rara vez pasan de los dos minutos. La introducción de los teclados, lejos de añadir una pátina pop a los temas, les suma otra capa de guarrería melódica, en una estupenda espiral de confusión auditiva. La guinda del disco es Bury me alone, una muestra de ingenuo y ridículo synth-pop que cierra el Rule y que demuestra que SROS Lords, como tantos otros proyectos de punk lo-fi, no desatan el Ragnarök sónico sobre nuestras cabezas porque pueden, sino porque quieren.