Más de 200 fotografías de Paul Strand (Nueva York, 1890-Orgeval, Francia, 1978) se exponen en la gran retrospectiva sobre este autor, poco conocido en España, organizada por la Fundación Mapfre hasta el 23 de agosto, en Madrid.

La exposición abre también sus puertas en internet y en esa galería virtual se puede encontrar toda la información sobre el autor y su obra, así que me ahorro comentarios. Mejor leer lo que han escrito especialistas más formados que yo, buscar en Google o, directamente, entrar en El Confidencial y disfrutar del texto escrito por Peio H. Riaño. Este concluye con una frase que describe la última etapa vital del fotógrafo y que a mí me resulta emocionante: “En París encuentra refugio para seguir la vida propia de las cosas”.

La vida propia de las cosas, ¿qué será eso? Con esa pregunta rondándome por la cabeza acudí al espacio de la Fundación Mapfre, en una de esas deliciosas visitas guiadas que organizan para periodistas y expertos en arte a las que, de vez en cuando, me invitan. Vaya por delante que mis conocimientos de arte son los propios de alguien moderadamente culto y sensible, nada más.

Justo al traspasar el umbral de la sede de la Fundación en la calle Bárbara de Braganza, según se entra a la izquierda, me encontré con un tablón de metal donde los visitantes pueden compartir sus opiniones en papelitos que cuelgan de vistosos imanes rojos. “Ayer me despidieron del trabajo. Esta exposición me ha dado ánimos para empezar desde cero. ¡Estimulante!, ¡Maravillosa!, Gracias”, escribió alguien con una hermosa caligrafía.

Puede que esa expresión tan entusiasta respondiera, más que a la calidad incuestionable de la muestra, a la inicial euforia de quien abandona una rutina penosa y encara el futuro con renovada esperanza. El caso es que tuiteé la imagen y pensé que quizás esa fuera parte de la vida propia de las cosas.

Más tarde también fotografié y tuiteé obras de Paul Strand que me impresionaron, imágenes que hice mías al pasarlas a través del filtro formado por la cámara de mi smartphone y mi mirada, imágenes que hice de otros al compartirlas en la red. Fotografías de rostros, de sombras enjambradas en una ciudad vertical, de personas posando para parecer personas, de puertas, de trenes, de hongos, de no sé.

Al salir, aturdido, volví de nuevo mi vista al tablón situado junto a la puerta, ahora a mi derecha, y sonreí. La humanidad es un hermoso paisaje y los paisajes se vuelven humanos cuando un humano los contempla. Ya en la calle, abriéndome paso entre la gente con mi camisa hawaiana de fuerza, pensé en que no era mala cosa pasar la vida contemplando la vida propia de las cosas. Cosas como a las que Paul Strand dotó de vida, cosas como ese papel colgado en un tablón, cosas como las cosas a las que aludía Peio H. Riaño y que han dado título a este texto.

Cosas que hacen la vida más llevadera.

 

 

 

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