Este experimento (financiado más que sobradamente por una de las campañas de Kickstarter más exitosas de todos los tiempos ) parte de una base muy sencilla: nos gustan los ochenta, así que vamos a aglutinar en media hora la mayor cantidad posible de referencias, homenajes, guiños y parodias a un sector de la cultura pop de la época -el cine de acción y los videojuegos por encima de todo-. Usemos la tecnología actual que nos permite -ah, las ironías de la nostalgia- estropear la imagen y simular interferencias de VHS y problemas con el tracking, y corrupciones en el sonido propias de las teles de tubo. Usemos también la manipulación por ordenador para conseguir lo que nunca estuvo al alcance de Swcharzenegger, Stallone y Van Damme: que los héroes se comporten, literalmente, como en una máquina recreativa, un comic o un episodio olvidado de una serie de dibujos animados de sábado por la mañana.

 

Esa es la intención de Kung Fury, estetizar hasta lo irreal lo que creemos que fueron los ochenta (porque los ochenta no fueron así; fueron infinitamente más cutres, pasivos, estáticos y auténticos, a su manera). Como guiño a aquellos tiempos tiene un peligro: usar Kung Fury como sustitutivo (“así deberían haber sido los ochenta”) o como recuerdo falseado (“así fueron en realidad los ochenta”). Pero una vez se aceptan sus limitaciones y se encajan sus logros en su lugar exacto, es fácil determinar por qué Kung Fury es tan fascinante: no, en los ochenta no existió ninguna película en la que un Thor gigante salido de un mundo de amazonas con UZIs con las que liquidan a dinosaurios que tiran lásers por los ojos ayudan a un policía que hace kung fu y viaja en el tiempo a derrotar a Hitler, el Kung Führer. La cuestión, la magia es que esa película nunca existió, pero ahora sí existe.

Kung Fury juega demasiadas veces a masajear acríticamente al espectador (¿Hitler como supervillano bufo?… solo llega con tres décadas de retraso a lo que ya hizo el videojuego que, de paso, inventó la acción en tercera persona), pero cuando da en el blanco, funciona como un cañón: por ejemplo, en el delicioso plano secuencia de combate contra decenas de nazis que homenajea a los arcades de combate lineal primigenios, como Kung Fu Master o Vigilante. Al final, es en momentos como estos cuando Kung Fury encuentra su identidad: al hacer del refrito de referencias un lenguaje propio y el guiño, más que una palmadita en la espalda para iniciados, se convierte en una reformulación del pasado que busca algo nuevo. De acuerdo, la mayoría de las veces a ese logro se llega por casualidad pero, diablos, es tan divertido cuando lo consigue…