No he necesitado sacar de la maleta, ni la corona de ajos, ni los crucifijos… He sobrevivido a un fin de semana en Transilvania y he amanecido, a los pies de los Cárpatos, sin rastro de mordiscos en el cuello. La Transilvania vampírica y romántica, que evocan las películas de Drácula, poco tiene que ver con esta verde y tranquila región rumana. Una postal bucólica, salpicada de cabañas de madera, castillos medievales y praderas con rebaños de ovejas. Ni rastro de murciélagos.

Por David Vega | @davidvegamadrid

La primera parada de este road trip ha sido la fortaleza de Bran (El Castillo de Drácula) después de un viaje por carreteras nacionales, con mil y una curvas, desde Bucarest. Por la ventanilla, hemos visto los extensos bosques de abetos, que albergan la mayor reserva de osos pardos de Europa, y los puestos ambulantes -de fresas y miel casera- que se suceden a lo largo de la carretera.

Castillo de Bran: Visita a la casa de Drácula

El Castillo de Bran (Castillo de Drácula) es uno de los monumentos nacionales de Rumanía y parada obligada para cualquier viajero. Una imponente fortaleza medieval, con una arquitectura muy singular, construida por los caballeros de la Orden Teutónica en el siglo XIII. A los pies del castillo nos encontramos un pequeño lago rodeado de casas transilvanas tradicionales.

El ‘morbo’ es el atractivo turístico más poderoso de este castillo. La leyenda dice que allí estuvo viviendo Vlad Tepes (‘Vlad El Empalador’), el personaje en el que está inspirada la famosa novela de Bram Stoker, aunque se desconoce durante cuánto tiempo. Algunos historiadores apuntan que el príncipe de Valaquia permaneció allí tan solo unos días, cuando los otomanos invadieron Rumanía y le encerraron en las mazmorras de la fortaleza. Vlad es un héroe nacional en Rumanía. Su rostro aparece pintado en los souvenirs de todos los puestos turísticos. Todo un icono pop.

La leyenda dice que el castillo vivió Vlad Tepes (‘Vlad El Empalador), aunque se desconoce durante cuánto tiempo. Algunos historiadores apuntan a que pasó allí tan solo unos días, encerrado en sus mazmorras.

Subimos las empinadas escaleras de piedra para acceder a la fortaleza y allí nos perdemos por un laberinto de pasillos y salas secretas. Un escenario que sirvió de inspiración a Stoker para el castillo de su novela, a pesar de que el escritor irlandés jamás pisó suelo rumano. El castel alberga también una exposición de instrumentos de tortura medievales. Unos juguetitos que le encantarían al bueno de Vlad Tepes.

La población de Bran vive de Drácula. Alrededor del castillo se extiende un mercadillo con decenas de puestos con todo tipo objetos relacionados con los vampiros. Colmillos de mentira, crucifijos, máscaras y hasta ataúdes. Tampoco faltan los vendedores de salchichas y olorosos quesos caseros, tan típicos de esta región.

Brasov, la joya de los vampiros

Brasov es una de las joyas de Transilvania. Esta bonita población está situada en un entorno privilegiado, a la orilla de los Cárpatos y muy cerca de los majestuosos castillos de Rasnov y Sinaia. Unas enormes letras blancas colocadas en lo alto de la montaña, al más puro estilo Hollywood, dan la bienvenida a los viajeros.

Paseamos por la avenida principal, abriéndonos paso entre edificios barrocos y ancianas vendiendo flores, para llegar la Plaza del Consejo, el rincón que acumula el mayor número de selfies de los turistas. Muy cerca de allí nos topamos con la Iglesia Negra, principal referencia de la arquitectura gótica en Rumanía. Su nombre se debe a un incendio, provocado por los soldados austriacos en 1689, que causó graves desperfectos en el templo.

Sibiu, corazón medieval de Transilvania

Esta ciudad medieval está situada en la Depresión de Civin, a escasos kilómetros de las montañas de Fagaras, y es uno de los destinos más recurrentes para los amantes del esquí. La villa, con un gran ambiente universitario, fue fundada por los colones sajones en el siglo XXI. La influencia germánica impregna la Plaza Grande y todo el casco viejo (dividido en Ciudad Alta y Ciudad Baja) que cuenta con elegantes edificios barrocos de los siglos XVII y XVIII.

Mateu Damnita en Flickr

Catedral ortodoxa de Cluj-Napoca, parada obligada

Cluj-Napoca es una de las mayores poblaciones de Transilvania, pero no es la más turística. De todos modos, es imprescindible aparcar el coche allí, durante unas horas, para admirar su catedral otrodoxa. Un templo moderno, construido en 2001, y decorado con un espectacular mosaico de cristal de Murano.

Si viajas a Bucarest, no te puedes perder…

  • Vista guiada al Parlamento. Este mastodóntico edificio (340.000 m2), conocido también como el Palacio del Pueblo, es el segundo más grande del mundo después del Pentágono. Se empezó a construir en 1983, bajo la dictadura de Ceaucescu, y desde el balcón principal se puede admirar el Bulevardul Unirii, principal calle del centro de la ciudad, formada por bloques de edificios al más puro estilo soviético.
  • Degustar el codillo en Caru cu Bere. Esta taberna del siglo XIX, ubicada en la calle Stavropoleos, ofrece, como especialidad, el codillo típico de Rumanía. No falta la música tradicional rumana, en directo, todas las noches. Un placer para los cinco sentidos.
  • Terrazas en Centru Vechi (Casco Viejo): El ambiente nocturno de Bucarest es espectacular. Durante esta época del año, el casco viejo se llena de terrazas que ofrecen todo tipo de propuestas musicales, desde jazz en directo, hasta dance o hip hop rumano.

Cómo llegar a Transilvania…

En nuestro viaje, volamos primero desde Madrid a Bucarest. El primer día visitamos la capital rumana y, en la segunda jornada, alquilamos un coche para viajar por carretera hasta la región de Transilvania. Finalizamos nuestro ‘road trip’ en el aeropuerto de Cluj-Napoca, donde cogimos el vuelo de regreso a España. De todos modos, el itinerario también se puede realizar al revés, de Norte a Sur, empezando en Cluj-Napoca y finalizando la aventura en Bucarest.