Una vez pasada la fiesta de la democracia y esas cosas, vamos con la resaca de la democracia que, como todas, siempre deja un sabor agridulce. Es como esas resacas de calimocho que te dejan la cabeza hecha unos zorros y el estómago dando vueltas. No, no son mariposas eso del estómago, son los ganchitos que te has zampado. Venga, no demos más vueltas y empecemos a repasar cosas.

La primera. El PP es ganador. Bueno, ganador. A ver. El PP siempre ha sido caballo ganador y las medias tintas las lleva fatal. Es como un niño caprichoso que anhelaba una cosa y cuando la consiguió pues sólo quería conservarla a toda costa. Algo así como un mando intermedio de cualquier multinacional que tiene que justificar el sueldo y se dedica a putear a sus compañeros y subordinados para demostrar que es imprescindible, incluso recurriendo a las malas artes y la mentira como fórmula para mantenerse mientras los demás se dan de hostias. Y no miramos a nadie, Señora Aguirre Gil de Biedma, con mi anterior afirmación.

Pero de vez en cuando hay cosas de justicia poética porque los jefes se dan cuenta que el niño es malo y evitan la patada hacia arriba (año 2011, elecciones), relevándole de funciones e incluso despidiéndole. Primer caso: Castilla y León, Castilla-La Mancha, Valladolid, Valencia, Madrid, Sevilla… Sitios en los que no va a gobernar con casi total seguridad (de aquí al día 13 de junio alguien nos puede dar una sorpresa, que ríanse ustedes de los maletines en las últimas jornadas de Liga de Fútbol). Entonces el niño sólo tiene dos opciones: pataleta y llorar en una esquina o reconocer sus errores y hacer propósito de enmienda. Lo segundo sería lo ideal, dado que se sacudirían muchos complejos como el de “Aznar es el mejor presidente de la democracia” o “Rodrigo Rato es el mejor ministro de economía de la historia”, que viendo los polvos, pues así están estos lodos. Y, por supuesto, Tamayazo y esas cosas. Pero, sobre todo, porque podrían hasta servir para darse cuenta que España© no es monopolio de unas solas ideas y que lo de “con nosotros o el caos, que también somos nosotros” es cosa del pasado.

La segunda: más de 12 millones de personas no han votado a pesar de estar llamadas a las urnas. Un 35% de abstención, ni más ni menos. Es decir, un tercio de nuestra ciudadanía ni está ni se la espera. Y para mí sigue siendo un dato doloroso, por cuanto un tercio de la población puede decidir sin problema alguno el destino de los otros dos tercios. Y eso me da mucho miedo porque dudo si puede ser un analfabetismo funcional o directamente una opción. Y sí, un voto puede cambiar muchas cosas en elecciones tan apretadas como éstas.

La tercera cuestión es un poco más escabrosa. En este monopolio de religión que se ha montado Pablo Iglesias con sus adláteres ha hecho una escabechina bastante peliaguda a la izquierda. Desarrollo la idea.

Podemos es poco más o menos que una religión y como tal religión tiene sus cosas, entre las que está el hecho de que no pueda usarse el nombre en pos de ser considerado hereje (aunque aquí el rollo era no quemar la marca, en fin). Bueno, eso ha hecho que mucha gente no supiera cuál de las marcas era la correspondiente a votar y al final se ha ayudado a la fragmentación de la cosa ésta del voto, algo habitual en un país con escasa tradición democrática y que, además, es bastante analfabestia funcional en esa materia de meterla en caliente. La papeleta, claro, entiéndase.

Pero, eso sí, a la hora de atribuirse el triunfo al hip-hopero Pablo Iglesias no se le caen los anillos de reconocer que la victoria de Manuela Carmena (y otros, que siempre hay más gente), pues es suya y nada más que suya, que Podemos lo puede todo, incluso aunque no se llame Podemos en otros sitios y sea Ganemos, Leganemos o lo que toque ser en cada sitio. Vamos, que espero que dentro de diez años su tesis doctoral/estudio sociológico/libro en el que cuenten cómo fueron capaces de manipular a una sociedad entera (no sólo a los propios, que los desnortados de derechas que creen que esto va a ser el caos de Stalin son peores que aquéllos) sea un best-seller y lo tengamos hasta en la sopa.

Una sensación particular

Es muy triste que en este juego de la democracia que hemos vivido ayer la única alegría que gente como yo ha tenido haya venido del lado de la derrota de otros. Sí, me alegro de la derrota de León de la Riva en Valladolid (quizá no tanto como el hecho de quitarnos a alguna concejala muy ególatra de cultura del medio) o que el PP no haya revalidado la victoria en Castilla y León.

Eso es muy muy triste. Por eso necesitamos que de aquí a diciembre todos, propios y ajenos, de derechas y de izquierdas, de no derechas y de no izquierdas, nos devolváis la ilusión a quienes nos hemos quedado huérfanos políticos en los últimos años, a esas personas (que somos muchas más de las que imagináis) que hemos perdido la fe en este terruño pero que a pesar de todo seguimos apegados a él para intentar que las cosas cambien, tanto a nivel profesional como a nivel personal e incluso a nivel político.

Tenemos más moral que el Alcoyano, pero nos habéis hecho tanto daño que nos hemos borrado casi del todo. De vosotros depende que volvamos a pintar algo.

Y, sí, es vuestra última oportunidad. No os lo diré más.

No volveré a alegrarme de la derrota de nadie. Ilusionadnos con vuestras victorias. Y que no haya más resacas, que lo siguiente va a ser la úlcera de la democracia.

Y todos sabemos cómo han acabado esas úlceras por aquí, sólo hay que saber leer.