Apenas un año antes de su asesinato, Juan Pablo II había propuesto el nombramiento de un administrador apostólico con la misión de relegarle en la archidiócesis de San Salvador . Tres años después del crimen, en su primer viaje a Centroamérica, el mismo Papa lo definió como un “celoso Pastor a quien el amor de Dios y el servicio a los hermanos condujeron hasta la entrega misma de la vida”. Superadas las muchas trabas que, por presiones políticas y mala fe lo habian retrasado, Óscar Arnulfo Romero va a ser finalmente beatificado este sábado como primer paso para su canonización. El acto tendrá lugar en la Plaza del Salvador del Mundo, en San Salvador, en presencia de más de 300.000 personas, delegaciones de casi 60 países, 1.200 sacerdotes y cinco cardenales.

“Que este Cuerpo inmolado y esta Sangre sacrificada por los hombres, nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de Justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos, pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros…”. Justo en ese momento se interrumpió bruscamente la homilía que ese 24 de marzo de 1980 pronunciaba el arzobispo Óscar Arnulfo Romero en la capilla del hospital de La Divina Providencia de San Salvador. La causa de la interrupción fue un bala de calibre 22 disparada por un francotirador. De inmediato, todos los dedos apuntaron, como autor intelectual del crimen, a un antiguo jefe de la Inteligencia y fundador del partido ultraderechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), Roberto D’Aubuisson.

Tal como recordaba recientemente la hermana del líder ultraderechista, el carácter de Roberto D’Aubuisson había cambiado radicalmente a los 17 años, cuando su madre decidió alistarlo en la Escuela Militar para apaciguar su rebeldía. El siguiente paso en su carrera militar fue la muy tristemente célebre Escuela de las Américas en Panamá, la Masía (o Lezama, como gusten) de los mercenarios de Estados Unidos durante la Guerra Fría.

El autor del crimen, Roberto D’Aubuisson, era un “fanático anticomunista”, según su propia hermana

“Ahí lo convirtieron en un fanático anticomunista. Desgraciadamente para él, el comunismo era todo, cualquier tipo de organización o líderes sociales. En esos momentos todo le era sospechoso”, explicó María Luisa D’Aubuisson, esta misma semana, a la periodista salvadoreña Laura Bernal, del diario digital Contrapunto.

El “gran amigo” de D’Aubuisson en los años setenta, recuerda su hermana, era el sacerdote Fredy Delgado, “un gran activista del partido ARENA y quien le informó de todos los sacerdotes comunistas que había en la iglesia” y que se convertían, de esa manera, en objetivos militares para ARENA y para su organización paramilitar (ORDEN). “Sea patriota, mate a un cura”, coreaban los hombres de D’Aubuisson sin ningún temor a las consecuencias.

En el caso de Romero, el punto de inflexión se produjo en marzo de 1977 con el asesinato del sacerdote Rutilio Grande. Como relata Douglas Marcouiller en su libro El sentir con la Iglesia de Monseñor Romero (2004), Óscar Anulfo Romero fue designado arzobispo de San Salvador el 22 de febrero de 1977, en pleno auge de la tensión política y de la violencia. Romero era por entonces un hombre muy conservador cuyo nombramiento generó fuertes recelos entre los sectores progresistas del clero, entre los que destacaban el arzobispo Luis Chávez y el obispo auxiliar (y sucesor suyo tras su asesinato) Arturo Rivera Damas.

El 5 de marzo de 1977, la Conferencia Episcopal salvadoreña redactó una carta en la que condenaba las violaciones de los derechos humanos y reclamaba reformas sociales. El objetivo de los obispos era que la carta se leyeran en las misas del domingo 13 de marzo, pero Romero rechazó la iniciativa el 12 de marzo por considerarla “inoportuna” y “parcial”. Esa misma tarde, fueron asesinados el jesuita Rutilio Grande y dos compañeros suyos en el momento en que iban a oficiar misa.

El punto de inflexión se produjo en marzo de 1977, cuando, tras el asesinato de un sacerdote, leyó personalmente una carta sobre derechos humanos que él mismo había prohibido

La reacción de Romero fue inmediata: se trasladó a la parroquia de Aguilares, a la que pertenecían los fallecidos, y él mismo leyó personalmente la carta de la Conferencia Episcopal en la misa del domingo, según recuerdan los Comités Óscar Romero. El 1 de julio del mismo año subió al poder el general Carlos Humberto Romero y el arzobispo Romero se negó a acudir a ninguna ceremonia oficial, incluida la toma de posesión, si no se abría una investigación sobre la muerte de Rutilio Grande y sus dos compañeros.

Aquello fue también el comienzo de la tensión entre Romero y el Vaticano, en plena “cruzada” contra la Teología de la Liberación. Mientras el arzobispo de San Salvador denunciaba al “gobierno manipulado por un capital intransigente” y defendía el derecho de la Iglesia a despertar de “la conciencia crítica del pueblo”, el obispo salvadoreño Marco René Revelo (quien durante un sínodo en Roma había denunciado el auge del “Partido Comunista y los grupos de extrema izquierda maoísta” en el seno de la Iglesia de su país) fue designado obispo auxiliar de San Salvador por el propio Vaticano.

Desde entonces, tal como explica el ya citado Douglas Marcouiller, Romero se convirtió en el sostén para los familiares de presos políticos y desaparecidos. En su homilía de 30 de abril de 1978, Romero denunció, en referencia a la reciente muerte de dos policías, “la maldad del sistema en lograr el enfrentamiento de pobre contra pobre” y condenó a “ese dios Moloc, insaciable de poder, de dinero, que con tal de mantener sus situaciones injustas no le importa la vida ni del campesino, ni del policía, ni del guardia, sino que lucha por la defensa de un sistema lleno de pecado”.

Roberto D’Aubuisson

Romero viajó al Vaticano en mayo de 1979. Durante su estancia en Roma, las fuerzas de seguridad dispararon contra manifestantes frente a la catedral de San Salvador y causaron 25 muertos. Sólo después de muchos esfuerzos, el arzobispo consiguió una audiencia con Juan Pablo II,  pero “el nuevo Papa no se mostró con él tan comprensivo como su predecesor”, Pablo VI, tal como recuerda el vicario general y fiel colaborador de Romero, monseñor Ricardo Urioste.

Durante el encuentro, monseñor Romero entregó al Papa (tal como él mismo cuenta en su diario) los informes de cuatro comisiones extranjeras que habían llegado a El Salvador para estudiar la situación del país.

En 1979 tuvo una entrevista con Juan Pablo II que “no fue del todo satisfactoria”, según sus palabras

El Pontífice, al ver los documentos, “se sonrió viendo que era un volumen muy grueso y que no habría tiempo de ver”, pero el arzobispo le explicó que su objetivo era “que tuviera una idea de cómo criterios imparciales bosquejan la situación de injusticia y de atropello que hay en nuestro país”. También le informó, con detalle del asesinato del padre Octavio Ortiz, un joven sacerdote ordenado por el propio Romero que había muerto a principios de 1979 tras un ataque de las fuerzas gubernamentales contra el centro de ejercicios espirituales de San Salvador El Despertar.

En su respuesta, según el diario de Romero, el Papa confesó que era “muy difícil una labor pastoral” en ese ambiente político y le “recomendó mucho equilibrio y prudencia, sobre todo, al hacer las denuncias concretas”. “Aunque mi impresión no fue del todo satisfactoria, a primera vista, creo que ha sido una visita y una entrevista sumamente útil ya que ha sido muy franco y yo he aprendido a que no se debe esperar siempre una aprobación rotunda, sino que es más útil recibir advertencias que pueden mejorar nuestro trabajo”, admitió Romero en su diario.

Tras el golpe de Estado de octubre de 1979 y del intento de Romero de ponerse en contacto con la llamada “Junta Revolucionaria de Gobierno” (una alianza de demócratas cristianos y militares apoyada por Estados Unidos), el arzobispo constató en enero de 1980 que la represión incluso había aumentado dramáticamente tras la muerte de numerosos manifestantes de izquierdas a manos de las fuerzas de seguridad delante mismo de la catedral.

Mural del Centro Monseñor Romero

Por ello, por esas fechas envió una carta de protesta contra el presidente de Estados Unidos (y futuro Premio Nobel de la Paz) Jimmy Carter para protestar por el posible envío de ayuda militar al gobierno salvadoreño. “En caso de ser cierta esta información periodística, la contribución de su gobierno en lugar de favorecer una mayor justicia y paz en El Salvador, agudiza sin duda la injusticia y la represión en contra del pueblo organizado, que muchas veces ha estado luchando porque se respeten sus derechos humanos más fundamentales”, decía la carta, leída durante una homilía en febrero de 1980.

Romero viajó de nuevo al Vaticano en enero de 1980, pero la visita sirvió para poco más que recibir un “abrazo muy fraternal” del Papa

El acto final de Óscar Arnulfo Romero fue su histórica homilía del 23 de marzo de 1980, equiparable en todos los sentidos al “He tenido un sueño” de Martin Luther King. “Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

 

 

Al día siguiente, tal como revela el Informe de la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas sobre El Salvador, publicado en 1993, el mayor D’Aubuisson ordenó el asesinato de monseñor Romero por considerarlo como “una de las máximas expresiones del comunismo”.  El informe no impidió que el fundador de ARENA (fallecido a causa de un cáncer en 1992, con sólo 47 años) llegara a la presidencia de la Asamblea Constituyente y facilitase el camino para que su compañero de partido Alfredo Cristiani fuera elegido presidente del país en 1989.

”Él nunca se arrepintió de nada y no se lo pregunté”, asegura María Luisa D’Aubuisson, quien con el tiempo se ha convertido en una de las mayores defensoras de la memoria de monseñor Romero y en una de las impulsoras de la fundación que lleva el nombre del asesinado.

El proceso de beatificación estuvo bloqueado durante 15 años por presión de los sectores conservadores

El pasado mes de febrero, el Papa Francisco aprobó un decreto por el que se reconocía que Romero había sufrido el “martirio” por “odium fidei” (“odio a la fe”), lo que permite su beatificación sin la necesidad de que haya habido un milagro. La decisión del primer pontífice latinoamericano de la historia permitía superar las reticencias de los sectores más conservadores de la Iglesia, que siempre habían visto a monseñor Romero como un ariete de la odiada Teología de la Liberación.

En vísperas del 35 aniversario del asesinato, el presidente del Consejo Pontificio de la Familia y postulador de la causa de beatificación de monseñor Romero, el arzobispo italiano Vincenzo Paglia, denunció, también en febrero, las numerosas trabas que habían atrasado la beatificación a causa de las presiones de la “derecha política” y los embajadores de El Salvador ante la Santa Sede. La beatificación (cuyo proceso comenzó en 1990) estuvo literalmente bloqueada durante quince años en los archivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe por la presión de varios cardenales latinoamericanos, a pesar de que el propio presidente de la Congregación, el cardenal Joseph Ratzinger (el actual papa emérito Benedicto XVI), había avalado la ortodoxia de las doctrinas del salvadoreño, según ha explicado monseñor Jesús Delgado, el antiguo secretario personal de Juan Pablo II.

Por su parte, Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de San Egidio, el movimiento católico que apoyó y financió la causa de Romero, declaró recientemente que el religioso centroamericano había sido víctima de una campaña denigratoria en el seno mismo del Vaticano liderada por dos cardenales ultraconservadores tan influyentes como los colombianos Alfonso López Trujillo y Darío Castrillón Hoyos.

 

Imágenes| Youtube y Carlos Rodríguez Mata, para el Centro Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana en Flickr