Albert Rivera busca el cuerpo a cuerpo con Rajoy y le espeta que su proyecto “no lo van a frenar generando miedo los que dan pánico”. Celebra una cena cena-mitin junto a 400 militantes para poner el broche a su primera gran campaña nacional, que pretende redondear el domingo consiguiendo 1.500 ediles y representación en todas las autonomías que renuevan sus parlamentos.

Ciudadanos gusta de los actos familiares. Ha pasado su primera gran campaña nacional sin tratar de llenar un auditorio exorbitante, pese a que ya cuenta con más de 22.000 afiliados. Lo suyo son los ambientes cálidos, los eventos donde los asistentes se sienten partícipes y salen con una inyección de adrenalina e ilusión. Y de ahí, a seguir trabajando para continuar sumando adhesiones a la causa, porque este es un proyecto “a largo plazo”.

Así fue también el cierre de campaña, una cena similar a la que hace 15 días supuso el pistoletazo de salida del ‘tour naranja’ en Madrid, en el mismo céntrico hotel, con el mismo Rioja y un menú similar a base de verdura, carne y postre de chocolate. Pero esta vez con Albert Rivera, que el jueves 7 lo pasó en su Barcelona natal. El suyo es un hiperliderazgo absoluto, como pocas veces se ha visto en nuestra democracia. No se presenta en estas elecciones, pero es la cara más presente en los carteles, el político más entrevistado y uno de los que más se ha movido, con 22 actos en 13 provincias.

El hiperliderazgo del presidente del partido es un arma de doble filo para Ciudadanos

Esta circunstancia es un arma de doble filo: tiene la parte buena de que el partido es una piña en torno a él y que su capacidad de seducción ante la audiencia nunca parece menguar, pero la contrapartida es el riesgo de que se perciba que no hay vida más allá de Rivera. Por eso ha dedicado la campaña en cuerpo y alma a vender que tiene “un equipazo”, ponderando de manera especial a su alcaldable barcelonesa, Carina Mejías, a sus candidatos valencianos, Fernando Giner y Carolina Punset, y a los que ayer fueron sus anfitriones y teloneros, los madrileños Begoña Villacís e Ignacio Aguado.  

“Gracias por venir a esta boda. Yo formalmente no me he casado nunca pero debe de ser algo muy parecido a esto”, comenzó su intervención anoche, inusualmente corta. Las nuevas formas de hacer política no sólo han renegado de los macromítines, también de la costumbre de apurar hasta el final en el cierre electoral. Anoche, a las once y media Rivera ya había terminado su crítica al bipartidismo y a Podemos y la venta de su proyecto político, su archiconocido “cambio sensato”.

Más de 400 incondicionales se desplazaron para cenar con él, a razón de 30 euros el cubierto, entre ellos buena parte de su núcleo duro. El vicesecretario general, José Manuel Villegas; el secretario de Organización, Fran Hervías; el secretario de Comunicación y arquitecto de estos innovadores actos, Fernando de Páramo; o la portavoz en el Parlamento andaluz, Irene Rivera, estuvieron presentes en el lanzamiento final de Villacís y Aguado.

Paseos entre plato y plato y gritos a lo ‘300’

“No sé si al final entraremos en el Ayuntamiento con siete o con ocho concejales y si en la Asamblea lo haremos con 20 o 21 diputados, lo importante es que entraremos, igual que en el resto de autonomías y en cientos de municipios”, declaraba antes de los discursos un miembro de la dirección a este cronista. Sus estimaciones eran modestas, una cura en salud, a la que añadió la apuesta de alcanzar los “1.500 concejales”.

También Rivera habló de los “cientos” de ediles que obtendrán y lanzó un aviso a los que el domingo se autoproclamarán vencedores: “esto va de votos y cuando uno pierde votos, pierde; y cuando uno gana votos, gana”. Así, seguro que el vencedor es su partido.

Especialmente indignado se mostró con las últimas críticas que Mariano Rajoy le ha dedicado, alertando a los españoles de su presunta inexperiencia y frivolidad, del riesgo que se corre apostando por una opción recién nacida a nivel nacional. “Por suerte los españoles ya han tomado nota de lo que tienen que tener cuidado”, son ellos los que han dado “miedo con sus políticas” y su proyecto, su “ilusión”, “no la van a frenar generando miedo los que dan pánico”.

Rivera responde a Rajoy que lo que da miedo a la gente son “sus políticas”

Rivera y los suyos se esfuerzan por mantenerse accesibles pese al cambio de estatus demoscópico sufrido en unos meses. Ayer, se pasearon por el restaurante entre plato y plato para saludar a militantes y periodistas y pararse a intercambiar impresiones. Una actitud distendida sólo alterada eventualmente por las mesas de los jóvenes que, como en toda boda, de vez en cuando se hacían notar. Sobre todo entonando el que han adoptado como grito de guerra, ese “¡Au, au, au!” de la película ‘300’ popularizado en su día por Arbeloa.

Las corbatas naranjas, los pines corporativos en la solapa, los comentarios sobre los pactos postelectorales y las sonrisas se encontraban en cada rincón de un auditorio repleto. Unos centenares más se quedaron fuera, según apuntó Villacís en su discurso. El patrón habitual en un partido que no quiere ni oír hablar de otra cosa que no sean auditorios modestos.

La campaña ha terminado, la suerte está echada y solo queda tratar de arañar los últimos votos, cada uno en su entorno. Pase lo que pase, “seguiremos trabajando en la misma línea, con los mismos valores”, dijo Aguado. Persiguiendo el “sueño” que Rivera, parafraseando a Luther King y a sí mismo, asegura perseguir: “Un país que vuelva a sentirse orgulloso. Hemos elegido soñar”. Continuará.