Las divisiones irracionales de la grada son tan viejas como el fútbol. Pese a ganar el Balón de Oro, que ningún otro español ha conquistado, Luis Suárez fue víctima de un extraño pulso con Kubala en el Barcelona. Un libro trata ahora de recuperar su figura para la memoria colectiva.

 

Parece uno más. Casi nadie repara en ese señor de gafas modernas, rostro arrugado y escaso pelo que entra al Camp Nou con una bolsa blanca de plástico en la mano. Hace unas semanas, el día en que David Beckham celebró sus 40 años, él cumplió justo el doble. Su mito sólo es perceptible entre los más veteranos -de su edad o un poco más jóvenes-, aquellos que al escuchar su nombre piensan en él antes que en un delantero uruguayo.

Luis Suárez Miramontes, natural de La Coruña, fue el primer jugador del FC Barcelona que ganó el Balón de Oro, y el único español que lo ha conseguido. Historia viva en azul y grana. Y sin embargo, medio siglo atrás, los rectores del club, como los turistas que hoy abarrotan el estadio, también creyeron que aquel hombre era uno más. No hacía falta esperar a las nefastas consecuencias para advertir que dejarle marchar era un error histórico, pero justo eso, contarlo en perspectiva, ha hecho ahora Gil Carrasco en ‘Luisito’, una reivindicativa biografía cuyo subtítulo no puede ser más claro: ‘El Balón de Oro que el Barça no supo apreciar’. El autor desea “hacer justicia” y “recuperar la carrera de un futbolista extraordinario para la memoria general azulgrana”. O de cualquier color, se puede añadir.

Suárez está considerado uno de los mejores jugadores de la historia del Barça, pero en su día no gozó del cariño unánime del Camp Nou, dividido de forma irracional en kubalistas y… kubalistas. Pese a ser ocho años más joven y jugar en una posición completamente distinta, a Suárez se le consideraba culpable de que ‘Laszi’, el gran ídolo, jugara cada vez menos. “Los que eran de Kubala, o sea todos, iban contra mí”, explica Suárez en el libro. “La gente me paraba por la calle y me decía: ‘Yo no soy de los que te silban’. Y yo les decía que, si ninguno me silbaba, ¿cómo es que todo el estadio lo hacía?” Y eso que la relación entre ambos nunca fue mala. El propio Kubala, tras verle con el Deportivo, pidió su fichaje en su precario español: “Importantísimo fichar ese 10. Lo tiene todo. Visión de juego. Sabe cambiar pelota. Muy bueno”. Era 1954.

Los primeros entrenadores de Suárez en el Barça sólo pensaban en hacerle engordar y boxear

El talento de Luisito no parecía suficiente para sus entrenadores. El primero, Sandro Puppo, pidió someterle a una cura de engorde. El siguiente, Franz Platko -el de la oda de Rafael Alberti-, le mandó a fortalecer su musculatura en un gimnasio con un punching ball; Suárez le replicó que había ido a Barcelona para jugar al fútbol. Explica Gil Carrasco que ninguno de los dos técnicos, ni tampoco el tercero, Domènec Balmanya, vieron la verdadera dimensión del diamante que tenían entre manos. Sí lo hizo Helenio Herrera: “Recordad: si no sabéis qué hacer con la pelota, dádsela a Suárez”, decía en sus charlas. El mítico H.H. le consideraba el heredero directo de Alfredo Di Stéfano: disciplinado, de vida ejemplar y gran organizador de equipos aunque de vez en cuando se echara un cigarrito a escondidas. Una vez le hizo jugar pese a estar lesionado, con un argumento irrebatible: “Un pie de Suárez vale más que dos de otro”.

 

“Che, gallego…”

Quienes conocen a Luis Suárez aseguran que es un impagable contador de anécdotas. Con Di Stéfano tiene unas cuantas, y casi todas empiezan con Don Alfredo susurrándole: “Che, gallego…”. Recordaba Suárez que, en un acto organizado por el Real Madrid para celebrar el Balón de Oro a Luis Figo, en 2000, Di Stéfano se le acercó en medio de tanto foco y tanta farándula, impensable en su época, y le susurró: “Che, gallego, parece que nosotros nunca ganamos nada…”. Hace medio siglo no sólo no había gala, sino que el premiado ni siquiera salía en la portada de ‘France Football’. Andrés Mercé Varela, corresponsal en Barcelona, fue a verle después de un entrenamiento; le dijo que el ganador de ese año era él, y que le iban a hacer una entrevista. Incluso el trofeo era un balón mucho más pequeño y discreto que Suárez acaba de donar al Museo del Barça. Del gol de su vida, ante el Ciudad de Zagreb, no queda constancia documental. Recuerda, y dan fe los cronistas, que arrancó desde su campo y dribló a casi todo rival que le salió al paso. Cree que fueron siete. “Entonces el juego era más vistoso, más arriesgado, más de genios que de atletas”, confiesa a Carrasco. Presume además de no haber cabeceado jamás una pelota, porque esa parte del cuerpo la usaba sólo -y siempre- para pensar.

 

Al mudarse a Barcelona, compartió piso con otros tres jugadores y montó una empresa para fabricar y vender jerseys

Aunque proliferan los párrafos ‘molestos’ (alineaciones, resultados), no hay duda de que el autor de ‘Luisito’ ha hecho los deberes: hablar con el protagonista, con quienes le trataron y hasta con quienes pudieron hacerlo. Incluso busca las huellas de Suárez allí donde se instaló a su llegada a Barcelona, con 19 años. En una casa propiedad de la viuda de un militar vivió junto a otros tres jugadores. Con uno de ellos, el portero Goicolea -suplente de Ramallets-, montó una empresa para fabricar y vender jerseys en su tiempo libre. Tras el entrenamiento matinal, la comida y las dos horas de siesta, atendían a los clientes o iban en moto vendiendo por la ciudad. A Les Corts iba en tranvía, hasta que se compró un Renault Dauphine.

Cuando el Inter de Milán hizo una oferta de 25 millones de pesetas, en las oficinas del Barça pensaban que era una broma. Era una locura, lo nunca visto. Aunque el club estaba en pleno proceso electoral, los dos candidatos -Enric Llaudet, que resultó ganador, y Jaume Fuset- dieron luz verde a la venta. Si Suárez nunca ha comprendido la animadversión de parte de la grada, tampoco llega a entender lo rápido que le empaquetaron. El Barça necesitaba dinero porque acababa de invertir mucho en el nuevo estadio. Ni siquiera esperaron a la final de la Copa de Europa de 1961, la primera que jugó en su historia. Nada más perder el título contra el Benfica (3-2), el secretario técnico del Inter, Italo Allodi, se le llevó de Berna a Milán en coche. El Inter le iba a pagar casi tres veces más. Con su nuevo equipo se sacó todas las espinas que se le habían ido clavando durante sus seis años en Barcelona: fue dos veces campeón de Europa y un auténtico Dios en la ciudad, en la que todavía reside. Mientras, el Barça, sin él y sin Kubala, fichó jugadores que hoy nadie recuerda. Pasó 14 años sin ganar un solo título importante. Al menos, consiguió pagar el Camp Nou. Por eso, Luis Suárez siempre dice que una tribuna del estadio es suya. Aunque muchos le vean hoy junto a ella y ni siquiera le reconozcan.