Este artículo contiene numerosos spoilers del final de Mad Men, la gran serie de Matthew Weiner. Si no has visto los últimos episodios, aléjate.

 
Un vampiro que siempre cae de pie, que se alimenta de su propia tragedia y que banaliza una y otra vez su propia redención a cambio de dinero. Un Dorian Gray que utiliza los anuncios como un espejo oscuro para no envejecer. Así es Don Draper y así nos lo han contado durante las siete extraordinarias temporadas que nos ha dejado Mad Men. La serie ha terminado, pero sabes que lo que Draper representa siempre vivirá.
 
En el penúltimo episodio, el autor dibujó una trama sólida y emotiva, y nos explicó por fin a qué vino mantener a Betty ‘Birdie’ Draper inflándose y desinflándose durante los últimos años, Era sólo para matarla y, más difícil todavía, para conseguir que nos sintiésemos mal por ello.
 
Pero en el último capítulo Weiner regala a sus fans una bonita despedida, personaje a personaje, y la enmarca en un nuevo capítulo de la subtrama californiana de Draper. A quienes pensaran que la escena de los títulos de crédito reflejaba un suicidio final, nuestro apolíneo ejecutivo les recuerda que, en él, esa caída es simbólica y casi ritual. Es el ciclo del eterno retorno de Dick Whitman. Cada cierto tiempo, el suelo se hunde bajo sus pies y necesita recuperar asideros. Para conseguirlo, lo pone todo en duda y patas arriba y viaja a California para encontrarse a sí mismo. Y, como le dice Stan a Peggy, no hay de qué preocuparse. Draper siempre volverá con energías renovadas para sentado cómodamente en el sofá con su cigarrillo. Y siempre con una vecina/camarera/secretaria/dueña de grandes almacenes a tiro.
 
No hay sorpresas en las despedidas.  Estaba todo muy cantado. Con Betty moribunda, Sally, la hija de Don tendrá que hacer de madre de repuesto para unos hijos de padre ausente.  Kiernan Shipka termina la serie como una de las mejores actrices que han pasado por ella.
 
Roger Sterling (yo pensaba que iba a palmar), instalado en un Movember perpetuo, se casa con la madre de Megan, aprende francés y se prepara para morir a una edad más avanzada de la prevista. 
 
Pete Campbell recupera (recompra) a su familia y vivirá con la felicidad de quien sabe que no sólo no podrá nunca compararse a Draper, sino que no merece la pena intentarlo. Stan y Peggy viven una declaración de amor conjunta, tontorrona, sentimental y muy falsa que los fans del personaje aplaudimos con las orejas. Habla con el corazón el día que más importante era para ella hacerlo.
 
Joan Harris abre su propio negocio, consciente de que en McCann, a diferencia de Peggy (que tiene demasiado talento como para ignorarlo), jamás obtendrá el crédito que cree merecer. Todavía tiene que demostrarse mucho a sí misma y está dispuesta a rechazar a su prejubilado cachas para conseguirlo.
 
Salvatore Romano no vuelve a aparecer por última vez, Harry Crane es más idiota a cada día que pasa, la secretaria de Don tiene un momento realmente tierno pero inmerecido y Allison Brie parece tan feliz que, siquiera por una vez, se parece a nuestra Annie de Community.
 
Mad Men, como los Alcántara en su momento, presentan un mundo que viajó desde la oscuridad hacia la luz, desde los ginecólogos que fumaban en la consulta hasta los hippies y el amor libre. 
 
Os echaremos de menos, publicistas locos. Nuestra vida ha sido un poco mejor gracias a vosotros.
 
Cantemos por última vez el himno de los mad mennies (minuto 2:34)…