Un demoledor informe elaborado este año por Zsolt Darvas y Olga Tschekassin para el prestigioso think tank Bruegel, con sede en Bruselas, ha hilado todo un abanico de estudios recientes con la intención de que, puestos en conjunto, ayuden a crear una visión global sobre qué ha ocurrido en el Viejo Continente a resultas de las políticas de recorte del gasto y las ayudas a la banca y qué consecuencias puede tener para la ciudadanía europea del futuro.

“Cuando los jóvenes pasan por un largo periodo de desempleo después de graduarse, que es precisamente el momento en que el trabajador debe adquirir sus primeras habilidades laborales, pueden minar sus carreras para siempre, lo que no solo crea una generación perdida sino que tiene efectos demoledores en las tasas de fertilidad”. Esto se debe al retraso de la decisión de tener hijos provocado por “el incremento de la incertidumbre sobre los ingresos”. A esta conclusión llevarían las investigaciones empíricas de Janet Currie y Schwandt (2014) y de Michaela Kreyenfeld y Gunnar Andersson (2014), que encontraron un efecto causal negativo entre el desempleo y la fertilidad.  

“Cuando los niños crecen en familias en las que los padres no trabajan durante largos periodos de tiempo o trabajan de forma irregular, sus condiciones de vida empeoran pero también sus oportunidades en comparación a niños cuyos padres trabajan. Esto se debe a que una casa sin empleo puede ser incapaz de hacer una inversión adecuada en educación de calidad y preparación y por ello las oportunidades de los niños de participar en el futuro en el mercado de trabajo es probable que se vean afectadas negativamente”. La OCDE realizó un estudio en 2012 cuya conclusión era que los hijos de familias con un estatus superior tenían un desempeño educativo mejor de media.

La crisis ha generado una burbuja de estudios cada uno de los cuales se ha centrado en un aspecto concreto de la realidad. Zsolt Darvas y Olga Tschekassin han unificado en un informe para el prestigioso think tank Bruegel, con sede en Bruselas, un amplio abanico de estos estudios recientes con la intención de que, puestos en conjunto, ayuden a crear una visión global sobre qué ha ocurrido en el Viejo Continente a resultas de las políticas de austeridad y qué consecuencias puede tener para la ciudadanía europea del futuro.

La moraleja principal del informe (titulado Pobres y bajo presión: el impacto social de la consolidación fiscal en Europa) es clara. A Europa se le ha ido la mano y los riesgos para el futuro son altos. Se recortó demasiado para cuadrar las cuentas, cuando recortar solo el gasto genera mayor desigualdad que buscar fórmulas basadas también en los ingresos; permitió que los países del Norte, pese a su superávit y sus mayores niveles de competitividad, acelerasen sus propias políticas de austeridad obligando a los del Sur a redoblar el esfuerzo; se otorgaron a la banca más ayudas de las que necesitaba, drenando fondos que podían haberse destinado a mitigar el impacto de la crisis en una parte creciente de la sociedad que sufría sus peores efectos; y se realizaron reformas que han colaborado a que se reduzca la parte de los ingresos que se destina a salarios.

Los riesgos de solo usar la tijera

En 2013, Laurence Ball (entre otros) analizó para el FMI el impacto distributivo de 173 medidas de consolidación fiscal en 17 países de la OCDE llevadas a cabo entre 1978 y 2009. La conclusión de tan extensa recopilación fue que “la consolidación fiscal habitualmente afecta a la distribución de la riqueza al incrementar la desigualdad, reducir la participación de los salarios en los beneficios y aumentar el paro de larga duración”. Además, encontraron un patrón en la composición del ajuste fiscal que demostraba que las políticas basadas únicamente en recortar del gasto tienen, de media, mayores efectos de concentración de la riqueza que los ajustes que se apoyan en los ingresos.

Jaejoon Woo (entre otros) en 2013 corroboraron estas tesis también para el FMI. Pero además buscaron alternativa. “Encontraron que, en un contexto de fuerte caída del gasto, una fiscalidad progresiva con objetivos definidos en beneficios sociales y subsidios puede ayudar a revertir algunos de los efectos adversos de la austeridad en la distribución de la riqueza”.

Recortes en educación y paro, el lastre para el futuro

Mientras se tomaban medidas que no hacían sino incrementar y prolongar el desempleo, no se cuidaba la generación llamada a ser el futuro de los países afectados por las medidas de austeridad. Era más fácil recortar en educación y ayuda a las familias y la infancia, que tocar el sistema de pensiones. “Intencionadamente o no, ha habido una redistribución del gasto social destinado a familias y niños hacia los pensionistas” comenta el informe de Bruegel recordando que, por el efecto de envejecimiento de la población, el gasto en pensiones “creció por encima del resto de gasto para protección social en todos los países durante la crisis. (…) Las ayudas a la familia y a la infancia se redujeron de forma sustancial: en torno al 19% en los tres países intervenidos, 14% en los países bálticos y 10% en Italia y España” aunque reconoce que “el gasto en prestaciones por desempleo puede haber ayudado a mitigar el impacto adverso del paro en aquellos países en los que ha alcanzado las tasas más altas.

“El gasto en educación también se redujo de forma significativa en los países más vulnerables, lo que también afecta de forma adversa a los jóvenes”, añade.

Todo esto se une a que en Europa se ha dado “un continuo incremento entre 2008 y 2013 en el porcentaje de niños por debajo de 18 años que viven en casas en las que no hay ningún empleado, con incrementos especialmente pronunciados en los países periféricos del área del euro, donde las tasas se han más que doblado”.

El exceso en las ayudas a la banca

“Los grandes esquemas de ayuda al sector financiero han drenado recursos en muchos gobiernos de la UE, obligando a incrementar los ajustes, lo que de nuevo deprimió la economía y tuvo consecuencias adversas especialmente para los pobres”, comenta el informe.

Basándose en un estudio de Matt Darvas entre otros (2014), que utiliza a su vez el Panel de Ayudas Estatales de la Comisión Europea, se recoge que “la Unión Europea como conjunto recapitalizó y adquirió activos del sector financiero entre 2008 y 2012 por casi 600.000 millones de euros, lo que equivale al 4,6% del PIB de la UE. Además, los gobiernos dieron garantías y medidas de liquidez que alcanzaron 906.000 millones desde 2009 (7,7% del PIB), de los que 535.000 millones (4,1% PIB) aún estaban vivas en 2012. La ayuda al sector financiero fue muy alta en Irlanda, Grecia, Bélgica, Chipre y España; pequeña en otros como en Finlandia, Hungría, Suecia e Italia e inexistente en ocho países (Bulgaria, República Checa, Estonia, Lituania, Malta, Polonia, Rumanía y Eslovaquia)”.

En el punto álgido de la crisis, la ayuda pública se debió a preocupaciones de estabilidad. “Sin embargo, analizando la reestructuración de ocho bancos de diferentes países entre 2008 y 2013, Hans-Joachim Dübel llegó a la conclusión en un estudio de 2013 de que “en todos los casos, una parte significativa del apoyo fue innecesario, se desperdició en detrimento de los contribuyentes. Estos ocho casos demostrarían que incluso aunque el argumento de la estabilidad financiera tenga sentido, la reestructuración de la banca se pudo y se debió hacer con un coste menor para los contribuyentes, lo que habría dado un mayor margen de acción fiscal a los gobiernos para otros fines”.

Y pensar que todo empezó por la banca.

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