No voy a escribir sobre propuestas programáticas, tampoco sobre comunicación pública. Prefiero dedicar estas líneas a ojos, gestos, bocas, tonos de voz, arrugas en la piel. Los de Manuela Carmena, Ángel Gabilondo y Luis García Montero, candidatos cuya sola presencia, más allá de posicionamientos ideológicos, infunde dignidad a la política nacional, tan crispada y pueril.

Pertenecen a formaciones distintas pero los tres han decidido dar un paso al frente en una situación de urgencia nacional, en la que la actividad política ha sido sometida a un juicio sumarísimo por parte de la opinión pública y publicada. La indignación arrasa un paisaje de estatuas vencidas sobre legajos que contienen viejas certezas emborronadas, y no hay agua para sofocar tanto fuego. Sin embargo, estos candidatos aportan destellos de luz al negro paisaje formado por los restos humeantes de una España descorazonada.

Confieso que no he leído sus programas, que no tengo ni idea de los planes de Carmena para mejorar una ciudad –mi “Madriz”- de la que hui y en la que ya no puedo votar, que desconozco las propuestas de Gabilondo o Montero para la Comunidad. Pero me fio de ellos, me gusta que no me griten ni insulten mi inteligencia cuando hablan, que sus apariciones ante los medios hagan que muchos consultores de marketing político se den a la bebida; que titubeen, que a veces no sepan qué decir, que su capacidad oratoria sea la justa para hacerse entender, que no ofrezcan titulares obvios ni tuits ingeniosos.

No es poco una mirada limpia, tras unos años en los que los programas electorales se han elaborado con suave tisú de mentiras, un delicado tejido con el que algunos gobernantes han tratado de disimular la inmundicia con la que tiznaban las expectativas de futuro de nuestros hijos.

No es poco una sonrisa franca, en estos tiempos tan propicios para ortodoncistas que liman colmillos y blanquean las manchas dejadas en el esmalte por pantagruélicas comilonas y noches de puterío. Fiestas pagadas por muchos ciudadanos que no pueden conciliar el sueño, inquietos  ante la posibilidad de perder su casa o empleo.

No es poco un balbuceo de inseguridad, fruto de la reflexión, en medio de esta loca carrera por lanzar descabelladas ocurrencias que sacien la sed de polémica de un público que apenas distingue una pantalla de plasma de la ventana de su salón. Una audiencia, un mercado, un  segmento de población, un “target” que ya ni manda sobre el mando de su televisor.

No es poco una arruga en la piel, en medio de esta exaltación de la juventud regeneradora. Como si no hubiera jóvenes viejos, de ideas marchitas y esqueleto encorvado por el peso  de una mochila llena de prejuicios.

No es poco no causar la misma vergüenza ajena e indignación que provoca el cinismo de otros candidatos que, habiendo alentado, por acción u omisión, prácticas mafiosas en el desempeño de la labor pública, tienen la desfachatez de erigirse como abanderados de “una nueva era” en la política.

No es poco poder escribir estas líneas sin pedir el voto para ninguno de estos candidatos, haciendo uso de una libertad de expresión que ellos -con muchos otros- contribuyeron a llenar de valioso significado en este país. Incluso en un tiempo en el que “libertad” era una palabra que solo pronunciaban en voz alta delincuentes y poetas.

No es poco tanto.