La Final Four de la Euroliga se disputa este fin de semana en Madrid, cuyo baloncesto está dividido por una rivalidad asimétrica: no hay equipo que motive más al Estudiantes que el Real Madrid, pero éste reconoce como grandes adversarios al Barcelona o al Maccabi, no a sus vecinos. El escritor Guillermo Ortiz, antiguo estudiante del Ramiro, ahonda en más de medio siglo de pique.

“Ah, pero, ¿ha habido una rivalidad con el Estudiantes?”, responde socarrón Lolo Sainz cuando le preguntan por el vecino. El histórico jugador y entrenador del Real Madrid cuenta que, cuando era joven y estaba echando unas canastas con unos amigos en una plaza del barrio de Prosperidad, se les acercó un directivo del Estudiantes para ofrecerles ser socios. Según su relato, algunos aceptaron y a él le dieron el carnet con el número 3, que le hubiera permitido ser presidente sólo unos años después, tras la dimisión del fundador, Antonio Magariños. La anécdota aparece recogida -y desmontada- en Historia de una rivalidad, el libro en el que Guillermo Ortiz repasa la historia y los encontronazos de ambos clubes desde su fundación.

La del baloncesto madrileño es una rivalidad nostálgica, que remite a un tiempo en el que la NBA era inaccesible, los clubes no cambiaban medio equipo cada verano y se nutrían de sus canteras (en el caso del Real Madrid, el plural incluye la suya y la del Ramiro de Maeztu). A falta de enfrentamientos directos con títulos en juego (cuatro finales de Copa en los sesenta y setenta), esos encontronazos suelen tener nombres propios: de Fernando Martín al ‘Chacho’ Rodríguez, pasando por Alberto Herreros o Felipe Reyes, casi todos los capítulos del libro llevan el nombre de un “desertor”. Ortiz, furibundo seguidor del Estudiantes como dejó claro en su anterior obra Ganar es de horteras, envidia sin rodeos la conciencia de legado del Real Madrid: “El Estudiantes, tanto el club como la memoria colectiva, cuida muy mal a sus exjugadores. El Madrid presume siempre de Di Stéfano, Puskas, Gento, Brabender, Luyk, Corbalán… El Estudiantes siempre vive en su época y cada generación tiene que empezar de cero”.

El “equipo de patio de colegio”, como le gusta llamarse, vivió su primera etapa de éxito en los años 60, cuando se consolidó como alternativa a los clubes profesionales: Joventut, Picadero, KAS de Vitoria… Sólo pagaba a sus jugadores primas por desplazamiento y compensaciones de estudio. En 1967, cuando una canasta de Emilio Segura dejó al Real Madrid sin Liga -la única que no ganó Pedro Ferrándiz en 14 años como entrenador-, el Joventut envió como agradecimiento una afeitadora eléctrica para cada miembro de la plantilla.

Juan Martínez Arroyo, al que Ferrándiz reprochaba que era el único fichaje estudiantil que se le había resistido, rechazó la oferta porque no tenía tiempo para jugar dos partidos por semana si quería acabar la ingeniería

El Estudiantes tardó mucho en dar el salto al profesionalismo, así que no puede sorprender la huida de jugadores que ni siquiera tenían contrato, sólo una ficha federativa. Cuando Vicente Ramos anunció al presidente, José Hermida, que se iba al Madrid en 1968, éste sólo le pidió que no descuidara los estudios. Juan Martínez Arroyo, al que Ferrándiz reprochaba que era el único fichaje estudiantil que se le había resistido, rechazó la oferta porque no tenía tiempo para jugar dos partidos por semana si quería acabar la ingeniería.

La segunda era dorada ocupó buena parte de los noventa y el principio del siglo XXI. Estudiantes ganó dos Copas (1992 y 2000), se clasificó para la Final Four (1992, el mayor éxito de su historia) y le disputó -y de qué manera- una final de la ACB al Barça (2004). Durante unos años, el pique con el Madrid dejó de ser una disputa vecinal. Jugaban de tú a tú y muchos partidos acababan con victoria del pequeño. Desde aquello ha pasado poco más de una década, pero parece una vida: “El Estudiantes ahora no existe para la afición del Madrid”, reconoce Ortiz.

Narrativas artificiales

La rivalidad del baloncesto madrileño interpreta a su modo la ley del embudo: ancha para unos, estrecha para otros. “El Madrid vive de los grandes éxitos, especialmente los del pasado, y el Estudiantes se conforma con pequeñas victorias, a veces difíciles de entender para los demás”, escribe Ortiz. Cree que los dos han construido narrativas artificiales sobre sí mismo y sobre el contrario: puro desdén madridista hacia el vecino pesado, eterno agravio estudiantil por culpa del vecino rico. Ambas sobreviven, pero mientras que una sigue más vigente que nunca, la otra chirría ahora que no existe una rivalidad directa y ninguno de los dos cuenta demasiado con la cantera. “Los jugadores están poco o nada identificados con la ciudad. En el caso del Estudiantes, ese punto de odio sigue existiendo en la afición pero no en los jugadores, porque no lo han mamado”.

Ortiz cree que este sentimiento -”un punto de odio”- ya no existe en el vestuario blanco: “Ahora es sólo un pique, pero antes sí lo había en los jugadores, aunque no estuviera en la narrativa. Les daba rabia que los aficionados del Estudiantes les insultaran y encima tuvieran fama de simpáticos. Ningún jugador del Madrid reconoce que el Estudiantes le jode; quizá sólo Juanma Iturriaga”. Al exjugador, ahora periodista, se le atribuye una frase lapidaria: “Yo no quiero que el Estudiantes descienda; quiero que desaparezca”.

Imagen | Flickr – Tomas Cuba