En casos como los de Airbag , no siempre es deseable madurar. Cuando tus referentes son los Ramones , el surf, el cine de monstruos de los años cincuenta, Los Nikis , el skate o Star Wars , una repentina gravedad artística puede interpretarse como una pose presuntuosa o, simplemente, fuera de lugar.

Cuatro años después de Manual de montaña rusa, el nuevo trabajo de Airbag trae esa inevitable suavización en las propuestas más ásperas del grupo, ya incapaz de alcanzar las alucinantes velocidades de temas como Familia de subnormales todo locos, que sonaba en su obra maestra Mondo Cretino. Es decir, y aunque los Ramones siempre están ahí, empapando de punk melódico cada acorde de Airbag, el resultado está más cerca de unos Buzzcocks o hitos del rock independiente como Weezer que de los Descendents.

Pero eh: aunque por aquí siempre hayamos sido más del espídico frenesí de unos Intronautas o unos Vegetales que del ramalazo nuevaolero y tranquisurfista que los temas de Airbag están adquiriendo desde su estupendo Alto Disco, aunque Airbag quieran ser nuestros Weezer… demonios, es que no tenemos a nadie más que pueda aspirar a ese trono.

Hay momentos de Gotham en los que la maquinaria de Airbag se agarrota (una racha de tres o cuatro canciones en la segunda mitad del disco en la que las letras, los temas y los riffs se difuminan y confunden), pero es justo reconocer que todo lo que hace grande al trío de Estepona está aquí: desde el petardazo inicial de Hijos de Hawaii (una de las mejores odas a la inmadurez bien entendida, tan propia del grupo) al soberbio guiño cinéfilo de Matar a Bill, pasando por el primer single Ladrones de cuerpos o la clasicaza Marcas en la hierba, con metáforas que brillan con el indiscutible sello Airbag. De acuerdo, los tiempos de recalcitrante ultrarramonismo de Marta no es una punk no volverán, pero Airbag sigue buscando un sitio propio en el complicado escenario del pop español, y solo por eso y por lo eternamente adolescente de su propuesta, deberían contar con más apoyo incondicional.