Dice Wikipedia que un periscopio sirve para observar por encima de las cabezas de la gente en medio de una multitud. Ya sé que sus definiciones son cuestionables a veces, pero en general van a misa. En este caso concreto, suscribo el aserto al ciento por cien. Y añado que me parece, asimismo, un brillante hallazgo el uso militar que se hizo del chisme en bastantes guerras para fisgonear las trincheras enemigas sin que a uno le volaran la cabeza.

Es, justamente, lo que me propongo al poner este encabezamiento a la pequeña maldad con la que me cito, en este día de cada semana, con los lectores de SABEMOS: picar como una avispa y salir volando en zigzag como una juguetona mariposa. Lo mismo que Alí el Grande.

Voy a empezar estos breves con un mensaje exhortando al sosiego a quienes, seguidores entusiastas del actual partido del Gobierno, exudan alborozo por el resultado de las elecciones británicas. Piensan que, aquí como allí, los ciudadanos recobrarán la sensatez en el minuto final, reconocerán los méritos de la gestión económica ejecutada tras el desastre Zapatero, y  renovarán en las urnas la confianza que brindaron el 22 de mayo del 2011.

Pienso que se equivocan. Sólo es una modesta opinión, pero la digo y la explico. Verán, creo que esa estrategia funcionaría como un tiro si las próximas elecciones fueran generales, y no para elegir mandamases en las regiones y los municipios. ¿Cuál es la diferencia? El hartazgo de los electores, que, sospecho, no van a desperdiciar la ocasión de pasar una factura barata por tanto cachondeo.

Hay cantidad de gente quemada, aunque muchos reconozcan el acierto global de la política económica. Pero, después del exhibicionismo corrupto de estos años, no están dispuestos a que el PP salga del cenagal oliendo a primavera,  vencedor, y aquí paz y después gloria. Saben que estas elecciones no definirán la administración de España como país, pero sí pueden servirles para sacar la vara de fresno y marcar los traseros de Génova y La Moncloa con unas estrías que escuezan largo tiempo y avergüencen a morir a quien se las mire en el espejo. Muchos de ellos pensarán que, de aquí a noviembre, tiempo habrá de dar una vuelta a la “marca España”,  la macroeconomía, el déficit público, la prima de riesgo y otras vainas que muy pocos entendemos aunque todos sepamos que son importantes. Pero lo que ahora esos cabreados quieren es que no se vayan de rositas.

Me cansé de decírselo a una importante jerarquía del Gobierno: en estas elecciones, lo emocional primará sobre lo racional, porque, siendo importantes, no son decisivas. Y le sugerí: “aceptad vuestras responsabilidades, al menos in vigilando, en las rapiñas realizadas desde vuestras filas, pedid disculpas y demostrad un claro propósito de enmienda”. Considerando cómo está la oposición, hasta podrían triunfar.

El español medio respeta el coraje, pero no creo que soporte un ludibrio tan prolongado, y hasta sádico. Le puse como ejemplo cuando González se empeñó en su referéndum sobre la OTAN: 15 días antes del voto, el “sí” estaba diez puntos abajo; cara a cara, me dijo: “voy a reconocer mi error y a ganar ese referéndum”. En un mitin de alucine en el Palacio de los Deportes de Madrid pidió disculpas, rectificó y arrasó.  Es un problema de nísperos.

Pero, ¡ojo!, no le ocurre sólo al PP. El espectáculo de cobardía del PSOE, sobre todo en Andalucía, es de los que incitan a borrarse y bajar el periscopio durante una buena temporada.