Mariano Rajoy no ha perdido nunca ocasión de expresar su amor por el deporte rey. Cuando el país estaba a punto de solicitar el rescate del sistema financiero, el presidente compareció en Moncloa, afirmó que todo estaba resuelto y admitió que se iba volando a la final de la Eurocopa. Sin embargo hoy, a pocos días de que se celebren unas elecciones claves para su futuro político, no es la situación económica lo que le ataca por la espalda. Es el fútbol. “¿Tú también, fútbol, hijo mío?”, pensó el banderilleado presidente ayer cuando el opio del pueblo decidió abandonar la jeringuilla.

¿Sus reivindicaciones? Muchas y muy complicadas, pero se resumen en lo siguiente: Ángel María Villar, amo y señor de la Real Federación Española de Fútbol, quiere que su cortijo siga exactamente como él lo dejó, sin que nadie venga a exigirle cuentas. Que entre el dinero público y él no tenga que justificar para qué se emplea. Que el dinero de las quinielas siga siendo una tarjeta black. Los futbolistas quieren que Hacienda deje de indagar en las sociedades que utilizan como pantalla para que los ingresos que consiguen por los derechos de imagen no contabilicen como salario. Los clubes viven en la disonancia cognoscitiva, enfrentados como están a ellos mismos. Para ellos, poco ha cambiado: los más grandes quieren ser tratados como tales y los más pequeños creen que con algo más de dinero podrían tratar a los gigantes de tú a tú, como sucede en otros mercados.

Mi compañero de Expansión Ignacio del Castillo siempre ha dicho que las operadoras de telecomunicaciones son gigantes económicos y enanos políticos, mientras que las televisiones son todo lo contrario. Pues bien, el fútbol es la madre de todos los gigantes. Rajoy soporta así la banderilla que, en realidad, iba dirigida al presidente de la Liga, Javier Tebas. ¿Tiene margen para quitársela? Difícilmente. Los reales decretos no son globos sonda. Pueden encontrarse soluciones de aquí a la jornada que iba a enfrentar a Atlético y Barcelona. ¿Quizá todo esto se deba a que el presidente, como buen madridista, prefiere alargar todo lo posible el alirón azulgrana? 

Cada vez que el Gobierno ha cedido para tranquilizar a los clubes y a sus aficiones, lo ha hecho bajo la premisa de que el votante no perdona la escasez balompédica. Forges hoy lo retrata espléndidamente en su viñeta de El País: “Qué horror, votantes pensando tres días enteros”, dice un atribulado Rajoy.

Pero en realidad no dejo de preguntarme qué pasaría si en lugar de dar por hecho que los españoles asociarán su voto a lo que suceda con el fútbol, el Gobierno se mantuviese firme en la decisión que ha tomado y confiase, por una vez, en la inteligencia del pueblo al que gobiernan. Atrévase a soñar, presidente, que somos personas que sólo nos entretenemos con el deporte y no drogadictos capaces de cualquier cosa si se nos bajan Cristiano Ronaldo o Leo Messi de la chepa. No somos el Renton de Trainspottin. Al menos no siempre.

¿Trainspotting?

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos baratos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes fútbol?