Todos los ciudadanos británicos, salvo los miembros de la Cámara de los Lores y otros casos excepcionales, como los presos convictos o los tramposos electorales, podrán acudir este jueves a las urnas para decidir el gobierno que regirá su país en los próximos cinco años.

Los británicos son muy aficionados a sus tradiciones, y cuanto más originales, mejor. Una de esas tradiciones es, precisamente, la del día de la semana en que se vota

Hasta 1918, las elecciones generales podían celebrarse en días diferentes, a criterio de cada distrito, pero ese mismo año se decidió concentrar los comicios en un solo día. En 1935 se dio el gran salto: desde entonces, todas las elecciones generales se han celebrado los jueves, salvo excepciones (como ocurrió en los comicios de 1978 en el distrito escocés de Hamilton, en el que se decidió no votar un jueves a causa del comienzo del Mundial de Fútbol de Argentina).

¿Hay una causa para ello? La hay, y también es muy británica. Tradicionalmente, el día de la paga en Reino Unido ha sido siempre el viernes, y por tanto, el viernes (y por extensión, el sábado) era el día de la visita a los pubs, en los que no sólo se corría el riesgo (evidente) de emborracharse, sino que el trabajador-ciudadano-votante podía exponerse a las presiones de un sector tan tradicional y, por tanto, conservador (tory) como el de los cerveceros.

Los británicos votan siempre en jueves, a salvo de borracheras y de sermones

El domingo, otro día potencialmente útil para votar, las presiones podían venir de los muy liberales clérigos de la llamada Iglesia Libre Presbiteriana de Escocia.

El sábado era el día habitual de votación en los Consejos de Distrito Urbanos y Rurales, pero cuando éstos fueron abolidos en 1972, se dejó de votar el sábado. Tanto sus sucesores, los actuales Consejos de Distrito, como los Consejos Parroquiales optaron finalmente por el jueves, un día lo suficientemente alejado tanto de las influencias cerveceras como de los proselitismos presbiterianos. Y así quedó para siempre.

Ciertamente, en la actualidad ya no existe ningún motivo real para que el jueves siga siendo el día de la votación, pero se mantiene por tradición, una excusa tan británica y válida para otros fósiles políticos del Reino Unido, como la peluca que luce el speaker de la Cámara de los Comunes, los curiosos nombres con que se sigue denominando a los ministros de Hacienda (Chancellor of the Exchequer) o Justicia (Lord Chancellor) o la existencia de ministros sin cartera tan pintorescos como el Canciller del Ducado de Lancaster y el Lord Guardián del Sello Privado.

En 2011, el Parlamento aprobó una ley por la cual todos los comicios se han de celebrar el primer jueves de mayo cada cinco años, una pauta que sólo puede alterarse si el Gobierno pierde una moción de censura o si lo autorizan dos tercios de los parlamentarios.

Pues bien. Este jueves, el primero de mayo de 2015, los británicos que lo deseen volverán a depositar su “equis” (o su “carita sonriente”, ya que cualquier señal es válida en el sistema electoral de Su Graciosa Majestad) junto al nombre de sus candidatos favoritos en sus respectivos distritos.

Las perspectivas de mayoría absoluta son muy escasas

De acuerdo con el sistema mayoritario que rige en las Islas desde 1948 (First-past-the-post), el número de diputados coincide exactamente con el número de distritos electorales, que puede variar en función del tamaño de su población, a razón de unos 60.000 habitantes por distrito. En estos comicios se elegirán 650 diputados, 533 en Inglaterra, 59 en Escocia, 40 en Gales y 18 en Irlanda del Norte. Si las perspectivas se cumplen, todo apunta a que, al igual que en 2010, el resultado de estos comicios será la constitución de un nuevo “Parlamento colgado” (hung Parliament), la expresiva denominación con que los británicos se refieren a la falta de mayoría absoluta.

A lo largo de los 25 días de campaña electoral, el conservador y actual primer ministro David Cameron se ha aferrado al discurso (tan familiar en España) de la necesidad de un “gobierno estable”, mientras el laborista Ed Miliband se ha presentado abiertamente como el candidato de los “trabajadores”.

El liberal-demócrata Nick Clegg, por su parte, se ha dejado querer por los dos grandes y se ha ofrecido como la alternativa necesaria para evitar un “desastroso gobierno en minoría” expuesto a los ultraderechistas del UKIP, a los nacionalistas escoceses del SNP o a los unionistas norirlandeses del DUP.

Aunque suene a tópico preelectoral al uso, los comicios de este jueves se presentan cruciales para afrontar temas de primer orden tanto en Reino Unido como en el conjunto de Europa. Por una parte, la recuperación económica ha empezado a tocar techo y Cameron no ha sido capaz de cumplir su objetivo de acabar con el déficit del Estado. Pese a ello, y a fin de desactivar a los laboristas, el Gobierno conservador sigue insistiendo en que incrementará la inversión en el Sistema Nacional de Salud (NHS).

La economía, la permanencia en la UE y Escocia planean en estos comicios

Por otra parte, el debate electoral sigue imbuido de temas de fuerte calado político, como el más que anunciado referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea, previsto para 2017 (y que se presenta como un incómodo guiño al UKIP), o el auge de los nacionalistas escoceses, potenciales aliados de los laboristas en caso de necesidad y que, después del fiasco del referéndum independentista del pasado mes de septiembre, se han aferrado a temas como el armamento nuclear o los recortes sociales.

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