Entre finales de abril y principios de mayo, cuatro civiles fallecieron durante un ataque aéreo en el barrio de Al Ferdos, en la ciudad siria de Alepo (norte), y otros siete, entre ellos cuatro niños y una mujer, perdieron la vida durante otro bombardeo de las fuerzas gubernamentales contra un centro escolar de Saif al Dawa, en la misma provincia.

Estas informaciones, procedentes del Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, forman parte de la trágica letanía de un conflicto armado cuyas víctimas hace tiempo que han dejado de ser noticia. En todo caso, en estos dos incidentes destaca un elemento común en particular: el proyectil utilizado.

Se trata de la llamada “bomba de barril”, un dispositivo improvisado, fabricado con contenedores de petróleo, bombonas de gas, tanques de gasolina u otros envases y rellenado hasta los topes con material explosivo y metralla.

La ventaja de estas bombas tan primitivas, que recuerdan a los Blockbusters (revienta-manzanas) que utilizaban las fuerzas británicas durante la Segunda Guerra Mundial, es que permiten apelmazar hasta 500 kilogramos de explosivos sin que se pierda impacto en el momento de la detonación, a diferencia de los proyectiles convencionales, cuyo peso está formado en un alto porcentaje por carcasa y alerones.

Las fuerzas del régimen de Bashar al Assad han encontrado en este tipo de bombas un recurso muy eficaz para atacar escuelas, hospitales, mezquitas y mercados abarrotados. Según un informe de Amnistía Internacional (AI), titulado La muerte está por todas partes: Crímenes de guerra y abusos contra los derechos humanos en Alepo y hecho público este mismo martes, los ataques con bombas de barril causaron en 2014 la muerte de más de 3.000 civiles en la provincia de Alepo y de más de 11.000 en el conjunto del país desde 2012.

Las bombas de barril están elaboradas con bombonas o contenedores rellenados con explosivos

Sólo el pasado mes de abril, según activistas locales citados en el informe, se registraron 85 ataques con bombas de barril en Alepo, que causaron la muerte de al menos 110 civiles. El Gobierno no ha reconocido ni una sola víctima a causa de estas operaciones. El pasado mes de febrero, Al Assad negó, en declaraciones a la BBC, que sus tropas estén utilizando este tipo de armamento. “Es solo un cuento para niños”, aseguró. “Eso es como hablar de ollas de cocina”, añadió, riéndose. “No tenemos ollas de cocina. Lo que tenemos, como cualquier ejército regular, son bombas, misiles, balas”.

Por esas mismas fechas, la otra gran organización internacional de derechos humanos, Human Rights Watch (HRW), denunció los “cientos de ataques indiscriminados” perpetrados por las fuerzas del régimen con “armas improvisadas, como bombas de barril”, que “han tenido consecuencias devastadoras entre la población civil, con miles de personas muertas y heridas”.

En estas circunstancias, según el informe de Amnistía, la población de Alepo se está viendo obligada a “llevar una vida subterránea” en sótanos o búnkeres “para escapar del bombardeo aéreo constante con el que las fuerzas del Gobierno castigan las zonas en poder de la oposición”.

“No tenemos sol ni aire fresco, no podemos subir fuera, y siempre hay aviones y helicópteros sobrevolando el cielo”, declaró un médico cuyo hospital, al igual que otros, tuvo que trasladarse bajo tierra. “Siempre estamos nerviosos, preocupados, mirando al cielo”, explicó un maestro de Alepo.

Éstos son algunos de los testimonios recogidos en el informe de Amnistía de entre los supervivientes de ocho ataques con bombas de barril. “Había niños sin cabeza y pedazos de cuerpos por todas partes. Es como uno se imagina el infierno”, declaró un operario de una fábrica local tras un ataque contra el barrio de Al Fardous en 2014.

La población asegura que no tiene “sol ni aire fresco” a causa de los ataques aéreos

“Las bombas de barril son las armas más terribles y dañinas”, afirmó un cirujano local. “Vemos politraumatismos, intestinos fuera del cuerpo, muchas amputaciones: un catálogo de horrores”, añadió.

Uno de esos ataques se produjo en junio de 2014, cuando una bomba de barril cayó en un mercado abarrotado del barrio de Sukkari en el momento en que 150 personas hacían cola para recibir alimentos procedentes de la ayuda humanitaria. Un testigo afirmó que el ataque iba dirigido contra la población civil: “Mataron al del puesto de helados, al que vendía bocadillos, al del puesto de juguetes. Los mataron a todos”, denunció.

“Hace más de un año, la ONU aprobó una resolución en la que se pedía el fin de los abusos contra los derechos humanos y en concreto los ataques con bombas de barril, asegurando que habría consecuencias si el gobierno no cumplía”, ha recordado Philip Luther, director del Programa Regional para Oriente Medio y el Norte de África de Amnistía Internacional. “Actualmente, la comunidad internacional ha vuelto la espalda a la población civil de Alepo, mostrando su fría indiferencia ante una tragedia de derechos humanos que va en aumento”, ha denunciado.

Imagen | Restos del colegio de Saif al Dawa/http://www.syriahr.com/