Hace tiempo se preguntaba a un reposado político de la transición, a la sazón vicepresidente del Gobierno, por qué no se animaba a intentar escalar a la primera posición del escalafón. Su presidente ya estaba más que cuestionado y con un pie fuera del cargo.

Por Tito

Su respuesta fue tajante en dos direcciones. La primera era la de los sentimientos. “El presidente es mi amigo y estoy en política por él y para él“. La segunda, ante la insistencia de los presentes, fue más pragmática: “todo político debe, por encima de todo, saber cuáles son sus limitaciones en este difícil arte de lo público, pues no es lo mismo ser segundo que primero y viceversa“.

Efectivamente la historia nos ha dado magníficos segundos que al ascender han fracasado estrepitosamente. Por lo general, y con excepciones contadas, este ha sido siempre el caso.

Hoy nos enfrentamos a una de esas transiciones: tenemos un presidente en plena salida, obsesionado por seguir a base de números. Estos a veces dan el resultado deseado, aunque sea haciéndose trampas en el solitario.

Olvidado al arte político, se ha centrado en lo económico como única tabla de salvación, dejando en manos de su segundo todo lo demás. La comunicación y la administración del Gobierno pasa a una mujer de gran valía que se enfrenta a grandes retos. Pero es la segunda. Su labor como tal es más que correcta, y es excelente a la hora de utilizar cualquiera de los medios a su alcance para mantenerse al margen del juego destructivo que asola su gobierno y su partido. Nunca es responsable de nada que pueda dañar su pulcra imagen de trabajadora incansable a favor de todos los ciudadanos.

Realmente dudo que cuente, tanto entre los suyos como en la ciudadanía, con apoyos suficientes para ocupar la primera posición, pero intentarlo lo intentara. Esperemos que la historia se equivoque y nos depare una experiencia mejor que la última que vivimos. Rubalcaba fue un magnífico ministro y un magnífico escudero, pero resultó un primero desastroso… para alegría de la oposición.