“Me llamo Alfonso y aunque no lo parezca ya estoy de pie”. Esta frase es el comienzo de una anécdota con la que el propio Alfonso Rus explica siempre cómo fueron sus primeras reuniones en el PP valenciano.

Tal y como lo cuenta Rus, los dirigentes del partido habían enviado a un especialista en marketing político para ordenar a los alcaldables valencianos que cambiaran sus vestuarios, vehículos y complementos de manera que respetaran la elegancia que se espera de un político del PP, pero sin caer en la ostentación de las marcas de lujo. Al oír esto último Rus levantó la mano y tras ganarse a la audiencia con aquel chiste sobre su baja estatura, explicó al experto que él tenía un Rolex y un Ferrari y que no pensaba cambiarlos porque si lo hiciera sus electores pensarían que entraba en política sólo porque se había quedado sin dinero. Con un simple chiste sobre sí mismo, Alfonso Rus Terol (Xàtiva, 1950) había logrado imponer sus condiciones a un partido en el que aún no era nadie. La pauta se repetiría a lo largo de toda su carrera.

La anécdota retrata a la perfección al personaje en el que supo convertirse un Rus que hasta el día de ayer era un auténtico intocable en la política valenciana, uno de esos políticos de vieja escuela que arreglan las cosas con comidas en caros restaurantes y cambiando favor por favor con sus interlocutores. Pero si el alcalde de Xàtiva sabía moverse bien en la siempre peligrosa trastienda del poder político, se manejaba aún mejor en su parte pública. El presidente del PP Valenciano, hoy suspendido de militancia, cuenta con una naturalidad frente al micrófono que rivaliza con la de la mismísima Esperanza Aguirre. Sabe manejar a la prensa y comparte con la política madrileña la capacidad de desmarcarse públicamente de la postura oficial del partido mentando en voz alta los males de su formación. La diferencia es que mientras Aguirre sabe controlar sus silencios, Rus es famoso por su verborrea incontrolable.

El presidente de los populares valencianos es conocido en las redes por haber llamado burros a sus votantes, por aconsejar a las personas con discapacidad que usasen cuerdas para subir las escaleras, o por anunciar que la noche electoral se celebraría en el PP con champán y mujeres. Lejos de pasarle factura, estos excesos verbales han ido paralelos a una carrera fulgurante; hace 20 años que Rus acumula cargos de forma imparable: es alcalde de Xàtiva desde 1995, presidente del PP Valenciano desde 2004, presidente de la Diputación de Valencia desde 2007 y diputado en las Corts Valencianes desde 2011; una escalada de poder que ha sido frenada en seco por unas grabaciones que convierten a Rus en la figura más incómoda de la historia para el Partido Popular de la Comunidad Valenciana. Palabras mayores en una formación que ha tenido que gestionar escándalos como las escuchas telefónicas de las conversaciones entre Camps y Álvaro Pérez (alias “El Bigotes”), o con los juicios de Carlos Fabra.

10 horas de grabaciones

Con estos antecedentes no es de extrañar que cuando la edición valenciana del diario El Mundo —cuyo periodista Juan Nieto Ivars lleva desde hace meses destapando serias irregularidades en la gestión de las empresa de Diputación—  anunció que Esquerra Unida había puesto en manos de la Fiscalía Anticorrupción 10 horas de grabaciones realizadas a Alfonso Rus sin que él lo supiera, saltaran todas las alarmas en la sede del PP. Si teniendo el micrófono delante el presidente de los populares valencianos ya había sido capaz de crear una tormenta mediática al justificar con un “porque es mi amigo” la polémica petición de indulto para el ex-alcalde de Torrevieja, ¿qué no podían incluir 10 horas de escuchas de Rus relajado sin conocer que le están grabando?

El primer avance de estas grabaciones no ha defraudado. Los primeros audios que se han colgado en  la Cadena Ser ya recogen a Alfonso Rus contando billetes, hablando de cómo organizar la adjudicación de unas VPO “para que no nos maten” y afirmando que trabaja “como la madre que me ha parido”. Rus ya había puesto la venda antes del golpe explicando que como empresario que es no es de extrañar que se le grabe contando billetes y que daría explicaciones pero sólo cuando pasen las elecciones.  Ayer a Rus se le acabó el tiempo: el mismísimo Alberto Fabra, presidente autonómico del partido y candidato a la Generalitat, envió a los medios el escrito en el que pedía al Comité de Garantías del PP nacional la suspensión de militancia de Alfonso Rus.

El último pulso de Rus

Y es que a pesar de que el PP valenciano dió incialmente la cara por Rus a nadie se le escapaba que el aparato del partido iba a hacer toda la presión posible para buscar su salida. La presencia de Rus ya era incómoda para Alberto Fabra antes de que se destapara el escándalo, pero a puertas de elecciones la situación era insostenible. Rus respondió como se esperaba de un hombre acostumbrado a imponer sus condiciones y, cuando la oposición ya celebraba su dimisión, utilizó a la Diputación de Valencia para comunicar su intención de mantenerse en sus cargos, no dejando al PP más opción que comenzar a tramitar su expulsión.

Sobre todo porque parece confirmado que lo más grave de las grabaciones está por llegar. Esquerra Unida guarda oficialmente silencio como han pedido desde la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, encargada de la investigación, pero la información se va colando poco a poco en los medios valencianos. Amaños de contratos, ambiciones políticas, incluso comentarios sobre el poco control de las instituciones valencianas son algunas de las highlights que apuntan quienes han tenido ya acceso a las grabaciones. Un escándalo demasiado grave que se agranda al considerar que es la punta del iceberg de la investigación sobre una serie de irregularidades dentro de las empresas de la Diputación de Valencia que es definido ya como «saqueo» entre la población.

El fin de una forma de hacer política

Para el PP valenciano la salida de Rus hubiera sido un alivio en cualquier momento de la legislatura, pero tan cerca de elecciones era una urgencia. El escándalo es mayúsculo y amenaza no sólo los resultados en Valencia, sino también los de noviembre, puesto que la oposición tendrá munición para varios meses.  

El control de daños de los populares les llevará, previsiblemente, a presentar la salida del presidente de la Diputación como una prueba más de cómo la antigua forma de hacer política, esa en la que los alcaldes cierran tratos en reuniones a puerta cerrada que siempre acaban con un par de puros para celebrarlo, no tiene cabida ya en el nuevo PP Valenciano.  Después cruzarán los dedos a la espera de ver cuanta factura pasan las grabaciones que salgan a la luz.

Inocente o culpable, nadie duda que Rus encarna como pocos las antiguas prácticas de la política española, y son esos mismos modos los que irónicamente han acabado con él. Rus cometió el error de olvidar que la primera regla de la política es que todos guardan un archivo con los pecados del otro por si tienen que utilizarlos en el futuro.

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