Toca pegarnos. Pero con nobleza. Hablemos de boxeo. Seguro que ya sabes que este fin de semana se celebra el combate del siglo de este año. Voy a reconocer para empezar que, aunque no llego a los límites del libro de estilo de El País, no soy buen aficionado al este deporte [olímpico, por cierto]. Probablemente porque no lo conozco demasiado. Supongo que nos pasa a todos. No nos gustan las cosas por desconocimiento. Conozcámoslo mejor.

Del boxeo hay una cosa que me hipnotiza: todo lo que se mueve alrededor de una pelea. Quedo boquiabierto con el speaker que presenta los combates, la honorabilidad canosa del árbitro, el glamour de las primeras filas, la pasión de las últimas, el lenguaje de los narradores y la épica de los cronistas, las apuestas, los entrenadores en la esquina, la lona manchada, la publicidad, el dinero, las cuerdas, las miradas… Y los perdedores.

Si lo piensas bien, los perdedores casi siempre son los propios boxeadores, aunque ganen su combate. La fama del boxeador dura lo mismo que la luz del flash que le llevará a la portada del día siguiente. Puede que los poetas conviertan en eternos los brazos de estos gladiadores, pero es la foto fija la que es inmortal: el ganador levantando los brazos. El boxeador detrás de esa foto sigue siendo de carne y hueso.

Así que hoy, este blog sobre secundarios de la Historia, va de boxeadores. Y seguro que ya sabes que hay mil historias sobre ellos, y muy conocidas, así que es difícil quedarse con una.  Voy a pedir perdón a los buenos aficionados a este deporte, que son muy exigentes, porque seguro que pueden recitar de memoria las siguientes aventuras. Y pido también perdón a los propios boxeadores. Principalmente por si alguna vez el destino me coloca en un ring contra ellos.

Empecemos con los candidatos a boxeadores menos conocidos que merecerían un reconocimiento mayor. Hace menos de un año, en el blog de Eduardo Casado en 20minutos, leí algo sobre un tal Mario D’Agata (1929-2009). Este italiano tuvo una característica que le hacía diferente a sus rivales: era sordo.  Sordo de nacimiento, lo que al parecer le llevó a tener una infancia difícil [los niños son muy crueles] que desembocó en muchas peleas callejeras. De ahí, al ring de un gimnasio. Y se le dio bien. Debutó como profesional en 1950 y cuando todo parecía que iba rodado, con giras internacionales incluidas, un incidente con su manager en Australia acabó con un balazo en su pecho [cosas de representantes codiciosos]. Se recuperó y regresó por todo lo alto. Victoria tras victoria se convirtió en campeón de Europa y pronto llegó su gran noche. El 29 de junio de 1956 peleó por el campeonato del mundo en el Estadio Olímpico de Roma delante de más de 30.000 ruidosos italianos a los que no podía oír.  El franco-argelino Roger Cohen cayó a la lona en el sexto asalto y D’Agata se convirtió en el primer campeón del mundo sordo de la historia del boxeo.

Como curiosidad, ya que no podía oír la campana final de cada asalto, se inventó un sistema de luces para indicarle cuándo tenía que volver a su esquina. En la pelea en la que posteriormente perdió el campeonato, ese sistema eléctrico falló y sufrió quemaduras por las chispas que saltaron al cuadrilátero. El boxeador sordo murió en 2009 a punto de cumplir los 80 años.

Muchas veces pienso que aquellos secundarios que destacamos en este blog deberían tener su propia película. Nuestro siguiente secundario ya la tiene, y con Willem Dafoe como protagonista  nada menos. La película se llamó ‘El triunfo del espíritu’ y en ella [spoiler] aparecían muchos nazis.  Estaba basada en la vida del boxeador griego Salamo Arouch (1923-2009). Nuestro secundario, además de ser griego, era judío [ya estás viendo el conflicto, ¿verdad?]. El caso es que nació y creció en Tesalónica y empezó a boxear desde muy pequeño. Contaba sus combates por victorias pero la guerra se cruzó como un lobo en un bosque.

En 1943 los nazis tomaron Tesalónica y diezmaron a la población judía. Salamo Arouch y toda su familia fueron encerrados en el campo de exterminio de Auschwitz. Allí le tatuaron su nuevo nombre: 136954. Cuando los soldados nazis descubrieron que era boxeador, le hicieron pelear contra otros prisioneros para divertimento de las tropas alemanas. Eran peleas crueles, sin reglas. Algunos prisioneros se decían boxeadores porque pensaban que podía ser una salida, que vivirían mejor. No era así. Los perdedores quedaban tan débiles que eran ejecutados directamente o llevados a la cámara de gas. Arouch, sí que era boxeador, y de los buenos. Sabía que cada pelea era sobrevivir o morir. Y ganar era condenar al rival. Según su propio testimonio, sobrevivió a más de 200 combates.

Si quieres conocer más datos sobre Salamo Arouch deberías ver la película, que se inventa unas cuantas cosas para darle todavía más drama [los productores de Hollywood no saben dónde parar], o también puedes leer su obituario del New York Times, ya que nuestro secundario murió en abril de 2009 con 86 años.

Por cierto, Arouch puede que se el más conocido, pero no es el único boxeador relacionado con los nazis que esconde una gran historia. En el magnífico blog de Guillermo Clemares ‘La Aldea Irreductible’ me encontré con la historia de Johann Trollman (1907-1943). Él era un gitano que boxeaba en los primeros años de la Alemania nazi [¿ves otra vez el conflicto?]. No sólo era bueno, si no que se convirtió en Campeón de Alemania, aunque sólo fuera durante seis días. Sé que quieres más detalles.

Antes de los 20 años ya había conseguido fama gracias al ring. Su rápido juego de pies y sus movimientos en el cuadrilátero le hacían destacar en la lona y era bueno, tanto que el 9 de junio de 1933 se enfrentó a un tal Adolf Witt por el título alemán. Ganó claramente, pero los jueces anunciaron un empate. Ante las protestas y la agresividad de las gradas [no tanto por la justicia deportiva y más por las apuestas, supongo] las autoridades nazis tuvieron que reconocer la victoria del joven gitano. Trollman lloró de alegría al conseguir el título.

Pero pasadas las horas y enfriados los ánimos llegaron las críticas para el boxeador gitano. Le acusaron de bailar demasiado y definieron sus movimientos de pelea como “afeminados”. Y por supuesto también se indignaron con sus lágrimas. No era propio de un campeón de boxeo, no representaba los valores arios, sentenciaron. Así que seis días después de la pelea se le desposeyó del título.

Pronto se programó un combate de nuevo con el cinturón en juego, pero se le avisó que se tenía que comportar en el ring. “Nada de ese comportamiento contrario a lo ario”.  El 21 de julio de 1933, con el título de la Alemania nazi en disputa, Johann Trollman apareció en el ring con el pelo teñido de rubio y con harina por todo su cuerpo. Ante el estupor de su rival, el boxeador del régimen Gustav Eder, nuestro secundario se plantó en el centro del cuadrilátero y no se movió. Encajó lo mejor que pudo todos los golpes hasta que cayó a la lona en el quinto asalto.  Perdió, pero ganó.

Su carrera profesional acabó ahí, pero iba a seguir peleando. La persecución hacia los gitanos se incrementó en los años siguientes. Al principio, no los consideraban enemigos como a los judíos pero no podían permitir que desvirtuasen la raza. Trollman fue esterilizado como otros muchos de miles de gitanos. Empezada la guerra, en 1939, y en unas de esas contradicciones de la vida, combatió con el ejército nazi en el frente del este. En realidad era la única forma de evitar la muerte de su familia.  Herido de guerra, volvió a Berlín en 1941 donde fue detenido por la Gestapo al año siguiente. Los gitanos ya eran oficialmente enemigos. Fue internado [obligatoriamente, claro] en el campo de concentración de Neuengamme. Él quería pasar desapercibido, pero el comandante del lugar, que había sido juez de boxeo [también es casualidad] le reconoció y le contrató [obligatoriamente, claro] para entrenar a sus tropas.  Aquí la historia se complica. Como las autoridades vieron que tenía mucho valor como entrenador, pero que su salud se estaba resintiendo [es lo que tiene estar encerrado en un campo de concentración nazi], decidieron fingir su muerte y trasladarlo con otro nombre al campo vecino de Wittenberge, donde se vivía mejor [o se vivía, sin más].  

Allí los prisioneros, a pesar del cambio de identidad, también le reconocieron y le animaron a pelear con uno de los jefecillos del campo, un antiguo criminal llamado Emil Cornelius. Se trataba de un kapo, un prisionero con privilegios y servidor de los mandos [servil, que se entienda], que trataba fatal al resto de prisioneros. Trollman, evidentemente, ganó la pelea pero Cornelius se vengó. Primero le forzó a trabajar duramente todo el día en los peores lugares del campamento, y finalmente, le asesinó golpeándole con una pala. Trollman acababa de cumplir 36 años.   

En 2003, siete décadas después, sus herederos recibieron el cinturón de campeón alemán en un gesto de desagravio.

Estas historias son tan imponentes que ridiculizan incluso a los grandes campeones del mundo del boxeo. Tienen demasiados galones para ser secundarios en este humilde blog, así que para escoger al elegido de esta semana simplemente voy a buscar al peor boxeador de todos los tiempos. Y es más fácil de lo que piensas. Existe una base de datos en la que escrupulosamente contabilizan todos los combates de la historia. Se llama www.boxrec.com y aunque no lo creáis no soy el primero en buscar al tipo con más derrotas [morbosillos somos].

Hay dos destacados. El campeón de los perdedores se llama Reggie Strickland, un americano de Cincinatti con 276 derrotas en 363 combates. Llegó a pelear nueve veces en un mes e incluso tres peleas en cuatro días. Si has escrito alguna vez en Twitter la frase de “no importa las veces que caes y sí las que te levantas”, éste es tu hombre.

Sin embargo, hay otro al que he tengo más cariño y va a ser nuestro secundario de hoy: Peter Buckley (1969- ). Es tan secundario que es el segundo con más derrotas en un ring. Ni siquiera consiguió retener ese título. Sin embargo, por porcentaje de derrotas, supera al amigo Strickland. Buckley perdió 256 veces de las 300 veces que se subió a un ring, un insuperable 85% de combates perdidos, por el 76% de Strickland.

La historia de nuestro Peter se puede resumir en pasión por el boxeo. A él le encantaba pelear en un ring. Si le llamaban a última hora por una baja inesperada, ahí estaba él dispuesto para el noble arte. Y no empezó mal, ganó 11 de sus primero 20 combates pero luego llegó la lona. Derrota tras derrota. Él lo seguía intentando, con terquedad, pero sólo consiguió engordar la estadística de los desastres. Eso sí, sabía encajar los golpes y no le hacían mucho daño así que podía volver a pelear.

Erre que erre consiguió hacerse un nombre. A él le encantaba lo de pelear y lo de ganar ya era secundario. Estaba enganchado al cuadrilátero. Cuando salía a correr por las calles de Birmingham sus vecinos le aplaudían a su paso. Allí, en la ciudad en la que nació el Heavy Metal [lo dicen porque Black Sabbath y Judas Priest son de Birmingham, pero también Duran Duran, UB40 y el cantante de The Vamps] supieron reconocer el valor de la derrota.

Peter Buckley anunció que se iba a retirar después de su pelea número 300. Toda la ciudad se volcó con él. Iba a ser un gran acontecimiento que iba a traspasar fronteras. Aquí tienes la previa que firmó Quique Peinado [el barbas de la tele] en Marca. Le eligieron un rival con el que no había perdido la única vez que se enfrentó a él, un tal Matin Mohammed. Tampoco le había ganado, fue combate nulo, pero por lo menos habría opciones de victoria para el viejo Buckley.

El 31 de octubre de 2008 había un lleno total en el Aston Villa Leisure Centre de Birmingham para ver su último combate. La despedida deportiva de una de las figuras más queridas de la ciudad.  “El boxeo me ha dado muchas cosas: una casa, un coche, buenas vacaciones… Mi mujer y mi hija viven bien. Pero no boxeo por dinero. El boxeo evitó que entrara en la cárcel. Mi hermano, que ya murió, entraba y salía constantemente. Tengo dos sobrinos en prisión y muchos amigos de la infancia acabaron ahí. El boxeo me sirvió para respetar a los demás y respetarme a mí mismo”, declaró antes de la pelea.

Y ganó.

Da para una película, ¿verdad? Pues no corras a comprar los derechos, que ya hay un proyecto cinematográfico sobre su vida. Por lo menos, así lo anunció Variety en 2011 aunque no se ha vuelto a saber mucho sobre el tema.

D’Agata, Arouch, Trollman, Buckley… Luchadores más allá del boxeo, sin duda. Y como dijo Bertolt Brecht antes de que existiera Twitter: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay hombres que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.  Y yo añado: “Nuestros secundarios imprescindibles”.