El boxeo provoca en David Remnick una incómoda sensación de culpa. Le parece indefendible moralmente. Le reconoce valores, sí, pero no cree que sean exclusivos ni que no puedan aprenderse practicando otros deportes en los que el daño es un accidente y no el objetivo. Difícilmente puede aprobar algo que no dejaría practicar a sus hijos. Y sin embargo, confiesa que un buen combate le divierte. Por si fuera poco, es autor de ‘Rey del mundo’ (1998, editado en España doce años más tarde), quizá la biografía más celebrada sobre el legendario Muhammad Ali . Una obra maestra en un campo en el que la gran literatura no es precisamente escasa.

Cuando Remnick aprendió a leer, a principios de los sesenta, los periódicos estadounidenses tenían ojos para tres deportes: béisbol -el único que conserva ese estatus-, carreras de caballos y boxeo. Entre quienes escribían sobre éste último estaban dos de sus referentes: A. J. Liebling y Gay Talese, cuyo libro ‘The Kingdom and the Power’ (1969), sobre los entresijos de ‘The New York Times’, encaminó sus pasos al periodismo. Y no le ha ido mal. Desde 1998, Remnick dirige ‘The New Yorker’, una de las revista emblemáticas de la prensa de calidad y de las consideradas pioneras del Nuevo periodismo. Cuando Tom Wolfe formuló este concepto en 1973, citó como piedra fundacional un artículo escrito por el propio Talese una década antes; no un artículo cualquiera, sino uno sobre boxeo: ‘Joe Louis: el rey de la mediana edad’ (1962), que retrata la vida corriente de este excampeón en su tercer matrimonio, alejado de los rings:

—Joe, si boxearas en la actualidad, ganarías el doble que en los viejos tiempos gracias al dinero de la televisión y todo eso.

—En mis tiempos conseguí cinco millones, acabé arruinado y debiendo al gobierno un millón en impuestos. Si peleara hoy y ganara diez millones, seguiría arruinado y debería al gobierno dos millones en impuestos.

Más allá del espectáculo que acontece en el ring, el foco en estos relatos suele apuntar al hombre, a menudo roto tras un violento viaje con el mismo origen y destino -la miseria- y una breve escala en el éxito y la opulencia . “El boxeo nunca ha sido un deporte de clase media”, escribe Remnick en ‘Rey del mundo’; “es un juego para pobres, para jugadores de máquinas tragaperras, para unos chicos que se lo juegan todo a cara o cruz, que ponen en peligro su salud a cambio de una probabilidad infinitesimal de riqueza y de gloria”.

La literatura no es coartada

El relato de Talese sobre Joe Louis forma parte de su trilogía obligada sobre boxeo junto a otros dos textos también publicados en ‘Esquire’: ‘Alí en La Habana’ (1996), que relata el viaje silencioso del mito para conocer a Fidel Castro, y ‘El perdedor’ (1964), el más conocido y demoledor de los 37 artículos que dedicó a Floyd Patterson. Las tres piezas toman prestadas técnicas literarias -a eso se denominó Nuevo Periodismo- y pueden encontrarse en ‘El silencio del héroe’, uno de los libros imprescindibles del cuadrilátero junto a ‘El combate’ de Norman Mailer o ‘El Más Grande (Mi propia historia)’, firmado por el propio Ali y Richard Durham.

Para Remnick, la fantástica producción editorial sobre el boxeo no debe esgrimirse como coartada moral: también se ha escrito mucho y bien sobre la guerra y no por ello le parece sensato ir al frente. “Yo soy el mayor criminal en esto”, confesaba hace años en una entrevista. “Veo la belleza del boxeo, he leído y disfrutado su literatura… Es incómodo, porque nos divierte mucho. Esa es la paradoja”.

De Ali le atrajo ante todo el trasfondo social y político de los temas que confluían en su figura, como Vietnam o la segregación racial

El director de ‘The New Yorker’, un hombre en debate consigo mismo, lo tendría complicado para ser tertuliano en España. Comenzó su carrera cubriendo fútbol americano para el ‘Washington Post’, del que fue corresponsal en Moscú durante los últimos años de la Unión Soviética. Allí se gestó ‘La tumba de Lenin’ (1993), por el que ganó el premio Pulitzer. Si algo le atrajo de Muhammad Ali no fue sólo la poesía y la épica que le rodeaban, sino ante todo el trasfondo social y político de los temas que confluían en su figura, como Vietnam o la segregación racial. “Durante decenios, el boxeo fue uno de los grandes espectáculos norteamericanos; y, por el hecho mismo de su despojamiento, de ser una pelea con los puños, sin raquetas, ni bates, ni pelotas resultaba fácil aplicarle las metáforas de la lucha, sobre todo de la lucha racial”.

Ahora que el boxeo ha menguado hasta convertirse en un “suceso marginal”, Remnick avisa de que “todos estos símbolos colgados a la espalda de dos hombres que se dan de puñetazos en un ring pueden parecer vagamente ridículos”. No traten por tanto de buscarlos el próximo sábado, cuando Floyd Mayweather y Manny Pacquiao, las dos mayores figuras de los últimos años, peleen al fin en Las Vegas. Era el combate más deseado y ha batido todos los récords: más de 250 millones de dólares de bolsa, 300 millones en pago por visión, 74 millones en entradas… Sólo nos queda conocer el ganador y cuántos millones deberá Mayweather al gobierno en impuestos. De momento, no parece una historia digna de ‘The New Yorker’, sino más bien un tema para ‘Forbes’.